Con el lápiz detrás de la oreja

He pasado los últimos veintidós años de mi vida entre diapositivas y libros de texto, entre recreos (en los comienzos) y pausas para fumar (más adelante, cuando veía echarse el humo a mis compañeros de la facultad); y, en el fondo, éste va a ser el primero en que no empiece un curso en algún lado: en el parvulario, en el colegio, en el instituto o en la universidad. Lo estoy, si acaso, dejando; pero no está siendo fácil. A fin de cuentas, uno echa de menos demasiadas cosas: las fiestas de bienvenida, las expectativas recobradas (que aún no se han empezado a frustrar, como siempre termina sucediendo), el discurso inaugural; y, por supuesto, ese invariable sermoncillo de mis profesores, esa réplica que repetían cansinamente todos los años, esgrimida por un docente nuevo cada vez: «¡Mareschal, parece usted un verdulero! Quítese eso de la oreja. ¡Ya!». Y, claro, a Mareschal le tocaba recogerse, hacer caso y no protestar; pero, desde entonces, siempre me pregunté cuál era el problema que había con eso de ponerse un lápiz en la oreja: algo sumamente pacífico que, por otra parte, sólo parecía molestar.

Paradójicamente, no recuerdo en qué momento empecé a llevar el lápiz así; sólo sé que, cuando fuera, respondió a un instinto natural: pura ergonomía. Lo que sí recuerdo, sin embargo, son algunas de las circunstancias en que fui impelido por usar el hueco de las patillas como almacén de material escolar. Por ejemplo: está aquella vez, en el instituto, en que una profesora de Historia se escandalizó porque iba a entrar así «vestido» al salón de actos, donde estaba todo el claustro y, además, el director. Está esa otra vez en que un profesor de Historia del Derecho, en la facultad, se quejó porque todos los alumnos estábamos perdidos, y, claro, cómo iba a dar clase él si hasta el chaval de la primera fila (¡Primera fila!) tenía un bolígrafo apoyado en la oreja, ¡cómo diablos se iba a concentrar! Y ya luego está la anécdota con Pedro Piqueras, al que íbamos a entrevistar y, antes de nada, cuando ya estábamos a punto de sentarnos, otro profesor (de Periodismo, esta vez) me miró fulminantemente, tratando de enfocar un punto exacto entre mi cráneo y uno de mis lóbulos temporales; y, claro, ya sabíamos todos lo que tendría que hacer Mareschal. (Artículo completo en Frontera D)

Limpiar las calles de Madrid

Dicen por ahí que la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, y su flamante vicepresidente liberal, Ignacio Aguado, quieren ponerse a limpiar las calles de la capital y alejar, así, al dichoso coronavirus del centro; y yo creo que lo dicen, además, en el sentido más camorrista del término. Limpiar, en el fondo, también puede encontrar sinónimos en los conceptos hurtar, robar e, incluso -y sobre todo en Argentina y Uruguay-, asesinar; pero yo no estoy hablando de eso, claro. Al fin y al cabo, lo que pretende hacer Ayuso es, precisamente, prevenir con su clasismo segregador de siempre los hurtos, robos y asesinatos que, afortunadamente, no se cometen en Madrid, pero que ella debe de pensar que realizan los habitantes de Fuenlabrada, Usera, Alcobendas o Carabanchel en sus ratos libres; y quiere hacerlo, encima, poniendo al virus de testigo, de excusa, de antifaz. Porque la limpieza de las calles a la que el gobierno autonómico aspira es ciertamente desproporcionada, y ya se sabe: siempre se termina echando lejía donde uno cree que huele mal, pero hay veces en que es uno mismo quien arrastra el mal olor por todas partes y atufa a los demás.

Que nadie se engañe: lo que quiere Isabel Díaz Ayuso y su Gobierno no es controlar los brotes sureños, sino que éstos brotes se queden en los barrios más pobres y en los municipios del sur y que no salgan de allí, porque, si no, ¿a quién más podría culpar? Inmigrantes, trabajadores esenciales, obreros; en definitiva, la mano de obra de la capital. ¡Se ha olvidado hasta de las mujeres de la limpieza que viven en Puente de Vallecas pero que trabajan en el barrio Salamanca! Y eso que, en teoría, el desaguisado inicial tenía que ver, como decíamos al principio, con limpiar. Pero, como en casi todo, a Isabel Díaz Ayuso le bailan las ideas.

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Natalia Ginzburg: entre un espejo dorado y las pequeñas virtudes, como la nostalgia

Contaba Natalia Ginzburg (Palermo, 1916 – Roma, 1991), allá por la década de los cincuenta, que en la época en que escribía sus cuentos breves, «con la afición a los personajes bien captados y a los detalles minuciosos, en aquella época vi pasar una vez por la calle un carro que llevaba un espejo, un gran espejo con marco dorado». Según ella, «se reflejaba en él el cielo verde del atardecer, y yo me paré a mirarlo mientras pasaba, con una gran felicidad y la sensación de que ocurría algo importante (…). El espejo sobre el carro me pareció que me ofrecía nuevas posibilidades, quizá la facultad de mirar una realidad más gloriosa y brillante, una realidad más feliz, que no exigía minuciosas descripciones y hallazgos astutos, sino que podía realizarse en una imagen resplandeciente». Así es como lo narra en ‘Mi oficio’, al menos, uno de los once relatos autobiográficos que la escritora italiana recoge y nos regala en Las pequeñas virtudes (Acantilado, 2002). Y, más allá de resultar anecdótico, el hecho tiene una importancia capital; no en vano, a partir de ese momento Natalia Ginzburg dejaría de lado su «obstinada y chismosa búsqueda de pulgas», que es como ella misma llamaba a su obsesión por los detalles, a su propia fijación por lo insignificante, y se centraría en escribir como si, en vez de usar una estilográfica, manejase un espejo de mano: algo capaz de reflejar los rostros ajenos y de hacerlos converger, un elemento con el que todos terminamos sintiéndonos plasmados; capaz, más que ningún otro, de convertir algo tan sombrío como «las relaciones humanas» en imágenes resplandecientes que iluminen nuestro deambular. Porque es así como escribe Natalia Ginzburg, «descubriendo que es bonito que un personaje sea miserable y cómico, a fuerza de comicidad y de conmiseración», y esa es, sin duda, la mejor manera de lograrlo: enfrentándolo con su reflejo, siendo consciente de que, si el lector es capaz de sentirse identificado, habrás logrado tu misión; un poco como Valle-Inclán pontificando aquello de que sólo «los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida (…) sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada». Bueno, deformada sí; pero mínimamente compuesta, que es lo que termina dándole a las cosas un poco de color. Ahora bien, cuando se rompen los espejos, saltan las esquirlas y los cristales pueden acabar hundiéndose en la piel.

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Domingueros

Esta semana, por cuestiones que escapan a mi entendimiento y al continuo marco espacio-temporal en que vivimos, el universo decidió confabularse con Santiago Abascal y sus muchachos y hacer que el domingo, después de tantos años, por fin cayese en sábado. Es, de hecho, uno de los pocos detalles electoralistas que han merecido la pena a lo largo de estos días de cuarentena y confinamiento: ver cómo, con el movimiento limitado y los horarios reducidos, podíamos disfrutar de los planes dominicales un día antes de lo previsto; teniendo, así, la jornada siguiente, enterita, reservada para descansar, y no con el calendario marcado, lleno de compromisos. Fue este sábado, por tanto, de los de comer paella de marisco -no hay plato con un colorido más español, por cierto; ni más dominguero-, de los de ir a misa matutina, desayunar churros con chocolate, ver un telefilme barato a las cuatro de la tarde y salir luego a pasear o a dar una pequeña vuelta con el coche.

Ir recuperando los domingos, a pesar de que en domingos -precisamente- es en lo que se han ido convirtiendo el resto de los días de la semana, sería como ir empezando a recuperar lentamente la normalidad. Paso a paso; o semáforo a semáforo, como dirían los líderes de Vox respecto a las manifestaciones automovilísticas del sábado. En ellas, miles de coches colapsaron las carreteras y autovías, con las ventanillas bajadas para asomar de vez en cuando una bandera de España o el dedo corazón, marcando el ritmo del atasco con el claxon o con sus radiocasetes, como hacían los antiguos esclavos romanos con un tambor en las galeras. Porque, para Vox, todos somos esclavos: del sistema, del Gobierno, de la cuarentena; y ahora, incluso, de nuestro propio coche y de sus respectivos sistemas de ventilación, como el dominguero que se marcha al pueblo durante el fin de semana, en verano, y baja los cristales para saludar a su paso a todos los vecinos de la localidad. Sigue leyendo

Periodistas afilados, ¡envainad!

El domingo pasado, en su Patente de corso semanal, el periodista y escritor Arturo Pérez-Reverte nos contaba cómo había ido viviendo las distintas fases de la cuarentena, cuyas horas muertas había dedicado muy placenteramente a confinarse con su colección de armas antiguas, sobre las que siente verdadera devoción. Según narra, él mismo habría aprovechado estas semanas para quitarles el polvo, sacarles brillo, empuñarlas, desenvainarlas, conocerlas un poco más; en definitiva, conocerlas un poco mejor. Su favorita en tales circunstancias, curiosamente, ha sido un sable de caballería francés de hoja ancha y empuñadura de estribo al que no ha dejado de atender y observar durante el encierro. Al final de la columna, decía: «Dichoso es, por tanto, quien tiene un sable en casa. No como arma, que eso es lo de menos, sino como compañía, evasión y consuelo». Porque, efectivamente, un sable, si se quiere, puede ser mucho más que un sable.

La historia de Pérez-Reverte, inevitablemente, me llevó a otra historia de armamento y campañas militares que leí hace algunos años. Bueno, quizá no fuera exactamente una historia sobre campañas militares, pero sí, desde luego, una hazaña comparable; en palabras del escritor norteamericano Hank Whittemore, «la aventura de un puñado de inconformistas que han revolucionado el mundo de la televisión», la ‘Historia secreta de la CNN’ (Planeta DeAgostini, 1994). No en vano, entre las páginas que diseccionan los comienzos de la primera cadena televisiva con una programación total y absolutamente destinada a las noticias hay varios aspectos de naturaleza marcial, mucha camaradería y un buen capitán de regimiento. Al fin y al cabo, cuando el empresario estadounidense Ted Turner se embarcó en la «aventura» de montar un canal de información 24h. en EE.UU., no todo fue sencillo. (Artículo completo en Frontera D)

Fin de fiesta: crónica de una noche larga antes de salir a pasear

Se lo preguntaron a Leiva en una ocasión: «¿Te fuerzas a vivir cosas sólo para poder contarlas?», y él dijo que no, que ya no hacía eso. «Igual en unos años de mi vida anteriores me adelantaba a la experiencia para tener una canción (…). Pero llega un punto en el que no tengo tantas expectativas», sentenció. Quizá, vivir determinadas situaciones para luego poder contarlas como propias sea una cuestión generacional, algo del pasado, de la juventud, como cuando cantaba con Pereza aquello de: «Bebiendo y bailando, / bailando y bailando, va pasando el tiempo. / No hay nada como las noches de verano. / No hay nada como las ganas que te tengo», donde terminaban dejando claro cuáles eran, y quiénes, sus rincones favoritos de Madrid. Por ahora, esos rincones se han limitado a los espacios más cercanos, a los que se encuentran a menos de un kilómetro de distancia del propio domicilio; pero, poco a poco, volveremos a ir conquistando los demás. Así lo he ido haciendo yo, por ejemplo. Ah, y juro que todo lo que cuento en estas líneas ha ocurrido de verdad, aunque sean cosas que, inevitablemente, me haya forzado a vivir. Sigue leyendo

Aunque Iglesias se vista de seda

Lo peor de la sesión parlamentaria del miércoles pasado no fue que Pablo Iglesias decidiese ir al Congreso de los Diputados con una chaqueta americana. Mucho menos que la prenda fuera de Zara, a pesar de los continuos desplantes del vicepresidente segundo hacia Amancio Ortega e Inditex. Lo peor, sin duda, fue dejarse al aire la etiqueta, colgando del bolsillo solapado con muestras de apacible indiferencia y sin el más mínimo rastro de preocupación. Parece ser que sigue habiendo políticos a los que no les importa absolutamente nada la estética, pero, desgraciadamente para ellos, pocas cosas se salvan ya del zoom de los teleobjetivos o del efecto mediático de cualquier elemento discursivo relacionado con la identidad.

Esto no es algo nuevo en política, desde luego. En 1952, por ejemplo, el candidato demócrata para las elecciones presidenciales de Estados Unidos, Adlai Stevenson, en medio de la carrera por los votos del estado de Michigan, acudió a una convención de su partido en pleno Día del Trabajador. Mientras esperaba para leer su discurso, enfrente de un abarrotado centro de congresos, uno de los fotógrafos presentes, Bill Gallagher, se dio cuenta de un ridículo detalle y, como en el caso de Iglesias, decidió ampliar una de las imágenes que había sacado del protagonista con el zoom de su cámara profesional. Lo que descubrió entonces, lejos de la fachada y la primera vista, fue un pequeño agujero en la suela del zapato del candidato progresista, y lo decidió inmortalizar. Cuentan que Stevenson fue consciente en todo momento de la imagen, pero no movió sus pies y dio paso, así, a una de las fotografías políticas más icónicas de la historia. Al día siguiente estaba en todas las portadas y a la gente no le terminaba de encajar, pues poco tenía que ver aquel boquete con la personalidad aristocrática, seria y presumida del político; pero Stevenson supo sacarle partido y decir que, al contrario que Eisenhower, él era el verdadero candidato de «la gente» y de la sobriedad. Pero, a pesar de lograr vender miles de pines, gorras y camisetas con la imagen del zapato y el orificio, no fue capaz de ganar las elecciones. (Artículo completo en Frontera D)

Bulocracia: no sabe, no contesta

Maldita sea. El CIS se ha puesto a realizar encuestas sobre la percepción ciudadana de la crisis del Covid-19 y, como siempre, se han olvidado de ponerse en contacto conmigo. Hay que ver, Tezanos, con lo fácil que lo tenías para pillarme en casa alguno de estos días… Pero no importa, porque, como buen ciudadano -y amante de las entrevistas-, he decidido invertir una pequeña parte de mi tiempo en revisar el examen corregido, hacerme a mí mismo las preguntas y ver cómo de cerca me encuentro de la facción más ortodoxa del pensamiento hegemónico español.

Por ejemplo, ¿que cuánto me preocupa la situación actual del coronavirus Covid-19? Mucho, como al 58,9% de los españoles. ¿Que si me gustaría tener más información por parte del Gobierno? Por supuesto, como el 54,5% de los encuestados. ¿Que si creo que las medidas adoptadas para combatir la pandemia son necesarias? Muy necesarias, como afirma el 72,6%. Pero, ¡puf!, qué aburrido es ir siempre con el equipo ganador. A partir de la cuarta cuestión decido ponerme del lado de los más desfavorecidos (el 0,1% o 0,2%) y no vuelvo a contestar. N.S./N.C., al menos, hasta llegar al sexto interrogante. (Artículo completo en Frontera D)

Gritos

Todos podríamos vivir en un sitio peor. Sin embargo, no lo hacemos: fin de la historia. Por ejemplo, hace dos años que mis compañeros y yo vivimos al lado de la sede del partido que está al frente del Gobierno -concretamente, nos mudamos el 1 de junio de 2018, el día en que el PSOE logró sacar adelante la moción de censura- y, aún así, a pesar de las constantes manifestaciones y de los gritos de protesta, somos perfectamente conscientes de que podríamos estar viviendo en un lugar peor. Al fin y al cabo, la importancia de habitar cualquier espacio, sea de un modo forzoso o no, reside en saberlo utilizar, y, si no, al menos, en saber sacarle partido. Y si bien es verdad que estamos cerca del bullicio, el barrio es agradable y los vecinos, por lo general, no suelen molestar.

Es evidente que hay de todo, pero, como en cualquier otro lado, se cumple aquella ley universal que el sociólogo sueco Ulf Hannerz recogió en 1980, en su monumental ensayo ‘Exploración de la ciudad: hacia una antropología urbana’. Quizá sea pretencioso hablar de esta obra en unas circunstancias como las presentes, cuando lo máximo que podemos explorar son nuestras casas y lo más exótico que alcanzamos a observar, con suerte, es el portal del edificio, a través del cual logramos ver la calle a contraluz y algunos transportes públicos vacíos. No obstante, hubo un tiempo, hace no mucho, en que veíamos muchas más cosas; la principal: gente. Y de eso es, precisamente, de lo que Hannerz nos habla cuando trata de reconstruir una suerte de etnografía de la vecindad, recordándonos lo que, hoy en día, nos hace tanta falta evocar: «Los vínculos más cercanos se establecían generalmente con los vecinos inmediatos», y, siempre, «los que vivían a unas cuantas casas de distancia eran tratados con una cordialidad que disminuía conforme aumentaba la distancia de sus viviendas, hasta el punto de que los que vivían al final de la calle se tenían que contentar con un rápido saludo y la más breve mirada de reconocimiento». Desgraciadamente, la nostalgia del pasado nos ha retrotraído demasiado y nos hemos empezado a embrutecer. Estos días, la cordialidad con que tratamos a nuestros vecinos más cercanos es excesiva, y las breves miradas de reconocimiento que les lanzamos a los que están más alejados son inquisitoriales. A unos les gritamos para saber si todo sigue bien y a los otros, por el contrario, para desearles que les vaya todo mal. O, al menos, eso es lo que parece. Porque los gritos que no se oyen a las ocho de la tarde son, en muchas ocasiones, gritos de reprobación. (Artículo completo en Frontera D)

De la misa, la mitad

Me despierto el Jueves Santo con la radio encendida. Sólo son las nueve de la mañana y ya está el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviniendo en el Congreso de los Diputados. Habla del decreto necesario para ampliar el estado de alarma, y nos advierte: la desaceleración de la pandemia traerá, cuando todo esto termine, una «nueva normalidad». Vaya, pienso. Siembra en mí la duda e, inmediatamente, me levanto, voy a la cocina y me pongo a desayunar. Cuando vuelvo a mi cuarto, quince minutos después y con la radio ya apagada, sigo oyendo voces.

Por norma general, cuando escucho según qué cosas a través de las paredes ya no me sorprendo. Desde que llegué a Madrid me he visto acostumbrado a tener siempre unos vecinos con una serie de convicciones políticas marcadas. En mi primer piso de estudiantes, por ejemplo, compartí tabique con una familia curiosa, una suerte de grupúsculo heteromatriarcal donde las opiniones que imperaban eran, exclusivamente, las pronunciadas por la madre; que era, a su vez, una ferviente seguidora de Podemos. «Dime a quién votas y te diré quién eres», le oí decir una vez. Y, ante el miedo que me generaron esas posibles vías de autodescubrimiento, nunca me atreví a pedirle prestado un poco de sal, o un par huevos, o una simple opinión. Mis vecinos actuales, en cambio, son más moderados. A ellos no les oigo discutir tan vehementemente contra el televisor, sino que se limitan, más bien, a hacerle un caso sepulcral y silencioso. Yo también lo haría, pues -no hay duda- saben lo que ver: el telediario, programas de noticias, la misa de ‘La 2’ y un porrón de películas antiguas, según llego a entender a través de los diálogos que filtra el gotelé. Sigue leyendo