El cine que salvó a Sartre

A todos nos corresponde un lugar en el mundo. Un sitio al que acudir cuando nos hayan prohibido el resto, donde las luces se apaguen y no nos lleve demasiado tiempo encontrarnos. Da igual el que sea, en realidad, siempre que cumpla con los requisitos más profundos del ser humano y consiga hacernos felices; pero es inevitable que, de entre todas las posibilidades, solo podamos quedarnos con una.

Decía el poeta Rainer María Rilke que la verdadera patria del hombre está en la infancia. Es en ella donde aparecen las primeras pasiones, los primeros intereses, las tempranas aficiones que nos encaminarán hacia el futuro. Es en la infancia, a su vez, donde amanece la vocación y el talento de algunos, como fue el caso del propio Rilke, que siempre creyó que su destino sería escribir una gran obra; o el caso del pintor Rafael, que desde pequeño se sintió tan atraído por los colores que la primera vez que vio al Papa en persona no le hizo el más mínimo caso, pues no podía apartar la vista de sus llamativos ropajes. Como estas, otras historias le sucedieron a otros niños ordinarios que, tras el desempeño de sus no menos ordinarias obligaciones, acabarían convirtiéndose en Bach, en Rousseau o en Molière; y sus experiencias, compiladas bajo el título de L’Enfance des hommes illustres, serían las encargadas de acompañar al jovencísimo Jean-Paul Sartre a través de su juventud. (artículo completo en Esquire)

Interrogatorios, o cuando Dashiell Hammett y Carlos Barral acabaron en el banquillo

Pocas cosas sientan peor que una mala pregunta. Esas que se formulan con malicia y doble sentido, que no hacen otra cosa que perjudicar y confundir al que escucha. Esas que tienen la intención de fastidiar, para que nos entendamos, y que surgen en el momento menos oportuno, como cuando te has dado de bruces contra el suelo y a alguien se le ocurre cuestionar si te has hecho daño. A nadie le gustan, en realidad; y, si existen, es por el placer que supone dar una buena respuesta.

Da igual quién seas, la cantidad de series policíacas que hayas podido ver, lo confiado que te creas: siempre va a haber alguien que te saque de tus casillas con una pregunta comprometida, como cuando tu jefe te pide los informes atrasados o tu novia deja caer que pronto será vuestro aniversario. Todos somos vulnerables, hasta Dahiell Hammett, padre de la novela negra norteamericana y antiguo detective privado, que sobre el tema tenía que saber un poquito. Su caso, desde luego, fue curioso. (artículo completo en Esquire)

Entrevista al fotoperiodista Pablo Cobos (Audio)

Pablo Cobos Terán (Málaga, 1985) es un fotoperiodista freelance que acaba de regresar de cubrir una de las mayores contiendas de Oriente Medio. Desde principios de año ha estado inmortalizando la ofensiva del Ejercito iraquí en Mosul, que combate contra el Estado Islámico con el fin de recuperar los territorios arrebatados por el mismo. En esta entrevista, realizada conjuntamente por María Vallejo y Alfonso Mareschal, nos cuenta -entre otras cosas- cómo ha sido su experiencia ante el conflicto, la dureza de los ataques de ISIS y las dificultades que entraña volver a casa. Sigue leyendo

La derrota de Hillary Clinton, o cómo darle la vuelta a una apuesta segura

Jamás pensé que alguien como Donald Trump podría llegar a convertirse en el presidente de los Estados Unidos. Bueno, tal vez lo sospechara un poco. Al final, con los ecos del Brexit y la fragilidad de las encuestas; pero nunca creí capaces a los norteamericanos de nombrar presidente a alguien como él. Qué se le va a hacer, hay países a los que les gusta apostar a lo grande y que tienen cierta predilección por el rojo. La ruleta política es así de arriesgada.

Por mi parte, yo daba como ganadora a Hillary Clinton. En cierto sentido lo hacía porque sí, como un acto de negación ante la posibilidad de que Trump alcanzase el poder, al igual que debió de ocurrir en alguno de los Swing States en los que ganó la candidata demócrata. Apoyaba a Clinton porque no había nadie mejor en la carrera presidencial, supongo. Y mientras lo hacía, preparaba un artículo dedicado a su victoria electoral: entrevistas, fechas, logros que he tenido que reconducir o desechar a tenor de los resultados.

El artículo en cuestión hubiese empezado con una frase del cineasta Michael Moore, que en 1996 escribió un libro titulado Downsize This! Random Threats from an Unarmed American y que incluía un capítulo dedicado a su amor prohibido por la que en aquel entonces era la Primera Dama de los Estados Unidos. La idea se contextualizaba dentro de la primera campaña presidencial de su marido, Bill Clinton, y venía a decir que, desafortunadamente, al no concurrir ella como candidata, lo que tendrían que hacer muchos demócratas como él sería conformarse con votar a su esposo. Decía que ya llegarían tiempos mejores, pero que por el momento el mundo aún no estaba preparado para Hillary. Sigue leyendo

El debate a cuatro y el pabellón de afásicos de Oliver Sacks

En la década de los ochenta, el neurólogo y escritor Oliver Sacks describió la reacción de un grupo de afásicos que veía por la televisión un discurso de Ronald Reagan. Los sujetos, que debido a su trastorno no eran capaces de entender las palabras del presidente, no pararon de reír durante toda la retransmisión; pues, a pesar del déficit que sufrían, eran especialmente sensibles a los gestos y a la expresión corporal del político. Ya lo afirmaba Nietzsche: «Se puede mentir con la boca, pero la expresión que acompaña a las palabras dice la verdad». Y ni las muecas ni los tonos falsos son capaces de esconderla.

Después del debate electoral de anoche, cargado de elementos visuales tan acusadores como las cartulinas de Albert Rivera, no puedo evitar preguntarme cómo hubiesen reaccionado los mismos pacientes del pabellón de afasia de Sacks; partiendo de que a ellos es imposible convencerlos o engañarlos mediante argumentos. ¿Hubiesen estallado en carcajadas con alguno de los candidatos o hubieran acabado desconcertados? Sigue leyendo

Alexiévich, Holan y el silencio

En 1948, cuando el Partido Comunista alcanzó el poder en Checoslovaquia, el poeta Vladimír Holan decidió emprender su particular viaje hacia el exilio. Ningún otro destino era posible; al fin y al cabo, cuando prohíben tu obra y te condenan al olvido en tu propio país, la única opción es huir de los demás o hacerlo de ti mismo. Ante este dilema, el artista es el único que puede encontrar una solución prudente y, como tal, Holan prefirió encerrarse en su casa durante quince años a abandonar su patria para siempre. Desde allí se enfrentó al muro de la censura y escribió un total de cinco novelas -que acabaría destruyendo- y diez libros de poemas. Gracias a ellos, se convertiría en “el más importante de los poetas checos” y demostraría que «Todo, hasta el mismo silencio tiene algo que callar», como rezaba uno de sus versos.

La verdad es que hay pocas voces mejores que el silencio. Su musiquilla engancha, se queda detrás de la oreja y reaparece en los momentos más importantes, como cuando estás solo o te gustaría estarlo. Es un eco del pasado, que nos recuerda que en algún momento la vida hará mutis y no podremos evitarlo. La gente está acostumbrada a enmudecer frente al ruido, que no es sino un grito desesperado por la calma; pero ante el silencio no se suele reaccionar, aun escondiendo los secretos que esconde. Sin duda, hay que ser valiente para romperlo. Sigue leyendo