¡Por las barbas de Casado!

Cuenta Elvira Lindo en una de sus columnas para ‘Tinto de verano’ (Fulgencio Pimentel, 2016) que, en el mundillo televisivo –donde ella misma trabajó como guionista y actriz en la década de los noventa-, «operarse alguna cosilla aprovechando las vacaciones tenía su aliciente»; sobre todo porque «luego volvía el personal en septiembre y tenía grandes temas de conversación». Que si una se había quitado grasa de las cartucheras, que si otro se había retocado la nariz, que si la reportera de informativos se había agrandado los pechos… ningún cambio pasaba desapercibido en la redacción. Y pobre de aquel que no hubiese sacado tajada de alguna pequeña cirugía; porque, hasta navidades –más o menos-, se quedaba al margen de cualquier tipo de atención.

En política, que es algo que en muchas ocasiones se puede llegar a parecer a una serie de televisión con un guion deficiente y demasiadas temporadas, también ocurre lo mismo. Los líderes de los partidos aprovechan el parón estival para organizar todos los cambios que acometerán en el futuro; o, directamente, son ellos mismos los que se arriesgan a cambiar. Nosotros, los mortales, solíamos darnos cuenta de esas pequeñas metamorfosis en septiembre, cuando reaparecían públicamente y eclipsaban todo lo demás; pero ahora, que en la escena política está tan de moda adelantar –y repetir- acontecimientos, a finales de agosto ya somos plenamente conscientes de esos cambios que, a la vuelta de vacaciones, se irán terminando de instaurar. Y abarcan cualquier cosa. Sigue leyendo

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‘Toy Story 4’: los juguetes en la época de su reproductibilidad técnica

En la última temporada de My Next Guest Needs No Introduction (No necesitan presentación), el periodista norteamericano David Letterman entrevistó al rapero Kanye West y le preguntó, entre otras muchas cosas, por sus recuerdos familiares. Concretamente, Letterman quería saber si el artista seguía teniendo presente el ejemplo de su madre, fallecida en 2007, en el transcurso de su vida cotidiana; y este, además de confirmarlo, aprovechó su respuesta para darle a todo el mundo una lección.

«Ahora mismo sería el momento más feliz de su vida. Con todos los niños corriendo por la casa, y teniendo la oportunidad de comprarles juguetes», comenzó diciendo West. «Recuerdo que mi madre, en su momento, me regaló un oso multicolor. Por aquel entonces, yo estaba muy obsesionado con Takashi Murakami. Coincidió con la grabación de mi tercer álbum, Graduation. Y, cuando me lo compró, me dijo: se parece mucho a lo que hace Murakami, ¿verdad? Pero yo me enfadé y le dije que no lo quería; que no tenía nada que ver. Entonces falleció. Fue un par de semanas después; y lo que hice, inmediatamente, fue poner patas arriba la casa y encontrar ese oso. Y, luego, ponerlo en lo alto de mi colección». Para el que no lo sepa, Murakami es uno de los artistas contemporáneos más importantes del mundo; y, aparte de la emotividad de la anécdota, lo que Kanye trata de enseñarnos es que -a veces- hasta el arte moderno y los juguetes se pueden llegar a confundir. Sigue leyendo

Firmar libros, hacerte mayor

Da igual lo que digan los manuales de Biología o los catedráticos en Psicología Evolutiva de la Universidad: el ciclo vital es una farsa. Sí, como lo oyen: porque llegar a los ochenta años y haberte limitado –exclusivamente- a nacer, crecer, reproducirte y morir es lo mismo que no haber vivido nada. Se trata de algo demasiado sencillo. Cosa de niños, más bien. Y ahí está el problema principal.

Hasta hace relativamente poco, diferenciar la infancia de la madurez era sencillo. Bastaba con algunas experiencias y un par de cifras: la altura, los años y la posición económica. Pero, claro, los chavales de hoy en día miden más que sus padres, aparentan más edad de la que tienen y cobran lo mismo que sus hermanos; es decir, nada. Así que ahora lo único que queda para marcar cierta distancia intergeneracional son los detalles; y, de entre todos ellos, el que mejor puede adaptarse a las circunstancias es la firma personal.

Desde luego, una rúbrica consolidada puede ayudarnos a crecer correctamente. Ya lo escribió Laura Ferrero en su primera novela, Qué vas a hacer con el resto de tu vida (Alfaguara, 2017): «Mi madre nunca tuvo firma. Contaba que siempre esperó a ser mayor para inventarse una bonita, original, pero que nunca encontró el momento. Así, terminó firmando los documentos y las cartas únicamente con su nombre acompañado de una, dos o incluso tres rayas, dependiendo del día». Y, así, se quedó con un carácter infantil, frágil y huidizo: «Su nombre, subrayado. Tres líneas rectas y paralelas debajo de Adriana. Como si tuviera que apuntarlo para que no se cayera». Sigue leyendo

Prólogos, dedicatorias y un primer libro en el mercado: #SoyPeriodista (CEU Ediciones, 2019)

Tal y como afirma Pedro Sánchez en el prólogo de Manual de resistencia (Península, 2019), entre los mandatarios europeos «no resulta frecuente (…) publicar sus memorias al acceder al cargo de primer ministro». Por su parte, lo normal es esperar un par de años, hasta haber perdido casi todos los apoyos y tener, así, algo que contarle al público; pero no se crean ustedes que esto sólo ocurre allí.

Normalmente, para que un profesional logre publicar unas memorias, o cualquier otra obra de carácter retrospectivo (e introspectivo), es indispensable haber estado durante una buena temporada en la primera línea de fuego. Ya me entienden: si eres cocinero, haber estado al cargo de un restaurante de renombre; si eres cantante, haber llenado el Bernabéu; si eres periodista, haber llegado a director. «Y, sin embargo, estas memorias concluyen justo cuando fui elegido presidente del Gobierno», nos dice Sánchez; admitiendo su descaro y generando expectación. Y, claro, si Pedro Sánchez pudo hacerlo, ¿a nosotros quién nos lo iba a impedir? Me explico:

Resulta que hace unas semanas salió de imprenta un libro maravilloso. Se llama #SoyPeriodista (CEU Ediciones, 2019) y está escrito a cuatro manos por dos profesores de la Universidad CEU San Pablo de Madrid (Mario Alcudia y Esther Cervera), una ex alumna (Elena Ramos) y un servidor (que todavía sigue estudiando). En él se recogen 16 encuentros con diversos periodistas de la talla de Luis del Olmo, Iñaki Gabilondo, Carlos Alsina o Jorge Bustos; y, a pesar de las diferencias con el contenido –a todas luces recomendable-, también podría aplicársele -en algún sentido- el prólogo de Manual de resistencia. A fin de cuentas, ¿qué clase de persona, sin ser el presidente del Gobierno, tendría la desfachatez de publicar un libro con el título de #SoyPeriodista sin haber, siquiera, terminado la carrera? A priori, a un descerebrado; pero, antes de responder, deberíamos preguntarnos: ¿Qué significa, realmente, ser periodista? Sigue leyendo

Bryce Echenique, pico, pala

Dicen por ahí, los abanderados de la psicología popular, que al inicio de todo noviazgo lo fácil aburre, lo difícil atrae y lo imposible enamora. Seguramente, porque ellos nunca fueron el alma de la fiesta y necesitaban justificar sus decepciones de algún modo; pero, quién sabe: a lo mejor los aburridos siempre hemos sido nosotros. Y ellos, simplemente, se limitaban a decir la verdad.

El lado bueno de los refranes es ese: que son «ambivalentes». Se trata de construcciones tan perfectamente acabadas que «a una sentencia le corresponde su opuesta» y «en eso consiste la sabiduría popular, en no equivocarse nunca», tal y como escribía David Trueba en Tierra de campos (Anagrama, 2017). Allí, su ejemplo era sencillo: pues «lo mismo a quien madruga Dios le ayuda que no por mucho madrugar amanece más temprano». Pero, claro: si hablamos de amor, la cosa se complica. Sigue leyendo

Hambre electoral

En un debate electoral, tal y como ocurre en las comidas familiares o en las cenas de empresa, cuando hay hambre –política o alimentaria- se nota. En el mejor de los casos, los distintos candidatos tratarán de comerse entre sí. En el peor, no abrirán la boca para nada; salvo para hablar de ellos mismos y, quizá, beberse un par de copas de coñac. Ya lo había dejado escrito Manuel Vázquez Montalbán en Los mares del Sur (Planeta, 1979): “Una comida entre dos personas termina siendo un doble monólogo. Una tercera persona es la que establece realmente una conversación”. Sin embargo, estas dos últimas noches, aunque fueran cuatro los comensales a la mesa de Radio Televisión Española y Atresmedia –respectivamente-, no existió, en ningún momento, un diálogo fluido. Eso sí, el hambre de victoria llegó a eclipsar, en muchas ocasiones, todo lo demás.

Para ciertos sectores del poder, el apetito y la democracia funcionan de manera parecida. Por ejemplo, tal y como escribe Antonio J. Rodríguez en su última novela, Candidato (Literatura Random House, 2019), para la vieja guardia liberal -aunque podría aplicarse también a otras ideologías del espectro político-, “la enajenación librecambista no es comer productos delicatesen, sino devorar con lujuria productos que están podridos y que saben maravillosamente bien”. Así, las cosas han ido como han ido en los últimos tiempos; y por eso los votantes, ahora mismo, nos estamos recuperando de la indigestión, además de la apatía que suelen generar los grandes excesos. No obstante, la culpa no es unánime. Sigue leyendo

Carlos Tuñón, director teatral: “Al generar experiencias, el espectador aprende algo vital que no podría aprender a distancia”

Se abre el telón. No hay nadie en las butacas; salvo el rey de Dinamarca, que observa la escena distraído, como si él no fuera ya el protagonista de la historia. De hecho, no lo es desde hace tiempo; pero sigue apareciéndose de vez en cuando en los escenarios, para ver qué tal están las cosas. Desgraciadamente, ahora mismo, todo va fatal. Su hermano Claudio, además de asesinarle, le ha robado el trono; su hijo Hamlet vive engañado, al margen de la tragedia, entre la culpa y la rabia. Y, para colmo, el resto de personajes ha dejado de existir, dando paso al público, que interpreta –por grupos- a los más importantes: Ofelia, Horacio, la reina Gertrudis y al propio Claudio; con la ayuda inestimable de los actores de la compañía ‘Los números imaginarios’ y bajo la dirección de Carlos Tuñón (Sevilla, 1985). Esta es, además, la primera experiencia inmersiva de mi vida; y, como tal, mi primera vez como actor. Se cierra el telón y pasamos a otra cosa. Encendemos la grabadora. Dejamos de pensar en el rey de Dinamarca y comienzan las preguntas. Sobre cómo es dirigir una obra como ésta: ‘Hamlet entre todos’, sobre teatro inmersivo, sobre la vida. En esencia, sobre el director de escena Carlos Tuñón, al que llevo debiéndole la publicación de esta entrevista, aproximadamente, un año y medio. Sigue leyendo