No quiero llamarlo Carpe Diem


Y cada vez que el narrador intentaba, seca ya la fuente de su inspiración, dejar la narración para el día siguiente, y decía: “El resto para la próxima vez”, las tres, al tiempo, decían: “¡Ya es la próxima vez!” Lewis Carroll, A través de la tarde dorada (fragmento de Alicia en el país de las maravillas)

Porque, tal y como escribió Jonathan Nolan en su relato Memento mori«¿Quién quiere ser uno de esos pobres diablos que viven en la seguridad del futuro? (…) Lo único que importa es el momento. Este preciso momento que se repite un millón de veces». Como el tópico literario, la puntualidad -inscrita en un conjunto de circunstancias mayores- es fundamental; si no, podríamos encontrarnos en la tesitura de no vivir a tiempo, de haber llegado tarde a muchas cosas. Por ejemplo a aquel fin de semana de 1939 en el que Onetti, desesperado y sin tabaco, escribió su primera novela, El pozo; a la Tabaquería de Pessoa, a la Derrota de Rafael Cadenas… Tres obras que encumbran los sueños incumplidos y la vida en torno a ellos. Dos poemas y una historia que valen la pena de sus protagonistas, así como sus enseñanzas y desengaños.

En Derrota, la voz poética, que sufre por más de cuarenta y cinco motivos diferentes, acusa que llega tarde a todo; como el Conejo Blanco de Lewis Carroll, pendiente siempre de su reloj de bolsillo… Pero, «¿no es mejor nunca que tarde?» Como sugería Neruda en su Libro de las preguntas.

La época de las vanguardias (s. XX) rompió con la retórica clásica y modificó los cánones literarios impuestos hasta el momento. La obra de Neruda se contextualiza en ella, pero podríamos entender la pregunta poética como una interpretación posmoderna de la retórica romántica (aplicada, por ejemplo, por Goethe), barroca (Calderón de la Barca) y renacentista (Shakespeare) -y por ende, clásica (Horacio)-. Malentender el tópico, y llevarlo a sus antípodas; aprovechar el momento que nunca existió, porque nunca también es una fracción de tiempo permanente.

No obstante, no pretendo hacer una lectura nihilista de la vida; más bien trato de justificar lo contraproducente que resulta llegar tarde. “Morir a tiempo: eso es lo que Zaratustra enseña. Pero, quien no vive nunca a tiempo, ¿cómo va a morir a tiempo?” Escribía F. Nietzsche. Dejar para mañana es un error y, probablemente, el comienzo de un ciclo infinito; es sobrevivir, demorarse…

En definitiva, no contemplo la tardanza, que es a veces conformista y cobarde; y a todas luces inoportuna. Tanto en la vida real, como en la vida irreal -a la que llamaremos literatura-. Pío Baroja decía que: “si quieres ser escritor en España, vete a Madrid y ponte en cola”. Pero ni se te ocurra retrasarte, porque la vida, en muchas ocasiones, oscila entre ahora o nunca. Como la de Federico García Lorca, que jamás llegó a ver publicado Poeta en Nueva York por llegar tarde al despacho de su amigo y editor José Bergamín; donde, sin encontrarse con él, dejó el manuscrito original y una nota que decía: He estado a verte y creo que volveré mañana”. Mañana fue nunca, ya que dos días después se montó en un tren dirección a Granada, donde fue asesinado el 18 de agosto de 1936.

Yo, que considero haber llegado tarde a muchas cosas, admito que el tópico literario (que solo aparece de forma explícita en el título) es complicado; pero más complicado es el tiempo, su paso, su efecto; su recurrencia en la literatura, en la vida, en la muerte… Por eso “Aprovecha el día, y confía lo menos posible en el mañana” (Carpe diem, quam minimum credula postero; Horacio).

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2 comentarios en “No quiero llamarlo Carpe Diem

  1. Un interesante artículo Alfonso, una comparativa que se complementa y al final se convierte en un criterio completo, que pone en evidencia lo que el sistema es, los intereses y las luchas que no buscan precisamente el bien de todos sino romper y dividir, que siempre es más fácil a la hora dominar y controlar. Es una mezcla donde el protagonismo no lo tiene nadie, cada cual intenta contrarrestar el del otro y luego no queda nada, sino el reflejo de un estado de ánimo poco comprensible.
    Rechazar un premio por un trabajo bien elaborado y digno de resaltar, lo oscurece cuando se renuncia al galardón, esa forma social de valorar y aceptar lo que hacemos. La Cultura no está sobrada de estímulos, y todos son pocos para hacerla más participativa y social en el estadio de lo cultural.
    Me gustan tus artículos y creo que encierran una fuerte madurez y personalidad que provoca entusismo e interés en el lector. Al menos a mí me lo parece. Un saludo.

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