Síndrome de Stendhal

Cómo empezar sin darle el pésame a los madridistas. Ya tiene que ser lo suficientemente duro eso del fútbol como para ver que a tu equipo le caen dos goles en el Camp Nou, aun con el taconazo de Benzema, que vio la jugada de la misma forma en que toda jugada quiere ser vista alguna vez en la vida -como Jay Gatsby observando a Daisy Buchanan en El Gran Gatsby– y que acabó convirtiéndose en el único gol merengue. O, mejor dicho, en el único gol de Cristiano, que no está pasando por su mejor momento. Porque si hay algo seguro es que Cristiano jugaba mucho mejor hace unos meses, cuando estaba con Irina.

Si bien es verdad que no me gusta la prensa deportiva ni la prensa rosa, he de decir que me han sorprendido dos artículos que he leído sobre ella: sobre Irina. Uno, de Carlos Malpartida -del que no sé mucho, y al que no recuerdo cómo descubrí-, y otro de Javier Orrico -que tiene un blog en Periodista Digital-. Los dos son textos delicados y devotos que te hacen ver a la modelo rusa con otro criterio, y te hacen escribir con otras manos. Cuando los lees, crees comprender que la belleza es de tez morena y ojos claros; y que Cristiano lo que realmente está haciendo es pagar por sus errores. Sigue leyendo

Hago público

Dime quiénes son tus ídolos y te diré quién eres. O tus enemigos si prefieres, aunque hay ocasiones en las que diferenciarlos resulta imposible. A mí me ocurre, por ejemplo, con Pedro J. Ramírez. Con el Pedro J. de ahora, digo; ese armador que fue arponero, ese tuitero de entreguerras que agradece suscripciones en vez de ensañarse con el debate sobre el estado de la nación; ese director que ahora gasta menos papel, menos caracteres y menos cumplidos, pero que en otra época se encargó de “Crónica de la semana” para ABC, criticó legislaturas, presidentes, y corrupciones; y jamás estuvo amordazado.

El Pedro J. de ahora, repito, no me gusta. Desde que Unidad Editorial -grupo al que pertenece El Mundo- lanzara la plataforma digital Orbyt en 2010, su discurso fue cambiando: se hizo más comercial, menos combativo; ahora que prepara su proyecto en El Español no tiene tiempo sino para una carta a la semana y muchos -pero que muchos- agradecimientos en Twitter. Y este modelo, siento reincidir, a mí no me atrae. O, por lo menos, hasta hace un par de días no me atraía. Sigue leyendo

Vamos por pasos

Siempre quise diferenciar los términos problema y problemática, aunque he de reconocer que hay informaciones que incentivan de una manera especial este propósito. Recuerdo particularmente una de eldiario.es, el 21 de junio del año pasado: Podemos y Syriza acuerdan coordinar acciones en el Parlamento Europeo”. Como titular no sorprendió a nadie, como noticia tampoco; pues todos conocemos las afinidades mediterráneas de ambos partidos, coaligados en contra de la troika y sus medidas de austeridad. Sin embargo, lo que despertó mi interés en aquella publicación fueron las sucesivas comparaciones que surgieron entre Grecia y España. Entendiéndolas equivocadas y ahorrándome matices, llegué a la conclusión de que, si bien es verdad que habían ciertos puntos comunes (como bien era la desafección ciudadana, la mala gestión pública, o la deuda); la situación interna de cada Estado era totalmente distinta en cuanto a magnitud, causas y consecuencias. Concluí, por tanto, que la problemática era común, pero que los problemas particulares, sin embargo, eran diferentes.

Hay que recordar que todo esto pasó en 2014, cuando Tsipras no era más que un candidato. Ahora, en 2015, se enfrenta como Primer Ministro a una legislatura complicada, pues ha sido elegido para corregir los errores griegos. Y son errores de una gran trascendencia. Por eso, y tal y como ha dicho recientemente el prestigioso abogado Antonio Garrigues Walker, comparar España con Grecia es “ofensivo”, y considerar que aquí pueda ocurrir lo mismo que en dicho país “no es serio”. Sigue leyendo