Agujetas


En cierta ocasión le preguntaron a Joaquín Sabina si alguna vez en su vida había ido al gimnasio. «¡Yo soy un caballero! ¿Por quién me tomas?» respondió el cantautor ofendido, fingiendo obstinación; no fuera a ser que le comparasen con Haruki Murakami y su afición por los maratones. Él es un caballero y un canalla a partes iguales; Murakami, por otro lado, es tan trivial como sus novelas. En De qué hablo cuando hablo de correr, por ejemplo, el autor japonés nos enseña que cuando te enfrentas a una carrera de 42 kilómetros «el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional». Sin embargo, en el resto de su obra -y en el resto de contextos- justifica lo contrario: que el sufrimiento valdrá la pena, especialmente si se sufre por amor.

Personalmente, jamás he podido terminar un libro suyo, pero lo que sí he conseguido varias veces ha sido terminar un día de gimnasio. Un primer día de gimnasio, para ser exactos. La constancia -que Larra nos recordaba como el «recurso de los feos»– nunca ha sido mi fuerte, y por eso repito las cosas siempre que no me hayan quedado claras. Creo que todo el mundo hace lo mismo, a la gente le gusta volver a probar aquello que le ha gustado sin saber muy bien por qué: un libro, una película, un deporte… pero a la curiosidad también se le cruzan los obstáculos.

La última vez que hice ejercicio se incluye en una de esas primeras veces en las que tu cuerpo, que «tiene una gran ilusión de inmortalidad» -como diría Hemingway-, fuerza tanto la máquina que se avería. Fue a principios de semana, motivado por no sé qué clase de propósitos (a veces, la carencia de estímulos es la mejor aliada contra la mesura y los buenos resultados), y los excesos cometidos llevan prolongándose cuatro días. No puedo estirar los brazos, incluso me cuesta escribir, y si bien antes dije que termino los días en el gimnasio, sería más realista decir que sobrevivo a ellos. No hay dolor más absurdo que el daño cometido hacia uno mismo ni actividad más nociva que la que te deja inútil, pero ya sabemos que el hombre tropieza… y tropieza muchas veces con el mismo tópico.

Murakami es uno de ellos: cada octubre, cada Nobel de Literatura encabeza las apuestas, y la crítica -como de costumbre- contradice mi criterio y le enaltece como a un “Clásico contemporáneo”. A mí me provoca agujetas, como las campañas políticas o las pesas de 15 kg; como cualquier esfuerzo no habitual. Me cuesta leerle, me cuesta su trasfondo optimista, y si bien encontré una vez a alguien que le equiparaba con Paulo Coelho yo no voy a ser quien le contradiga. Murakami tendrá su público, como las competiciones de culturistas, pero si de algo estoy seguro es de que yo no formo parte de él. Al menos hasta la próxima vez que resuene su nombre, porque hay cosas tan inevitables como saber que «octubre era una de las pocas cosas que llegaban», como diría Gabriel García Márquez en El coronel no tiene quien le escriba.

Haruki Murakami

Haruki Murakami

(Texto original publicado en El Arbitrista)

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2 comentarios en “Agujetas

  1. A mi Murakami no me parece para nada optimista, de hecho su obra maestra, Tokio Blues, es nostálgica y depresiva (aunque no por eso menos hermosa) aunque, claro, ¡yo también soy una fanática del gimnasio!
    Un saludo y por cierto, nada como más ejercicio para acabar con las agujetas.

    • Tal y como yo lo entiendo, Murakami te presenta el caos y el vacío en sus novelas, pero no deja que te conformes con ellos. Por ejemplo, en 1Q84: “¿No te asusta pensar que nunca llegues a unirte con la única persona que amas en este mundo? (…) Tal vez tenga miedo. Pero al menos amo a alguien (…) mientras ame a alguien con el alma, habrá una salvación.” Puede que a mí esta parte me dejara especialmente marcado, es bastante nostálgica, pero no deja de tener una esencia optimista. Al menos eso creo yo.
      Un saludo, seguiré leyendo. Digo, haciendo ejercicio.

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