Los fantasmas de Bioy Casares


«Qué sabios seríamos si sólo conociéramos bien cinco o seis libros» afirmaba Flaubert. Algo que suscribiría cien años después Nabokov en su Curso de literatura europea, y algo en lo que yo mismo podría creer si no creyese ya en demasiadas cosas. Porque por encima del escritor no están sus personajes, como diría Borges enalteciendo a su preeminente Bernard Shaw. Sin embargo, por encima del lector sí están sus lecturas; y qué sabias son las novelas y los cuentos, que sólo cinco o seis ya bastan para conocerse bien a uno mismo.

Bioy Casares, que en su tierna juventud fue conocido por el plagio de algunas obras de Gyp (seudónimo de la escritora francesa Sibylle Gabrielle Riquetti de Mirabeau) con las que pretendía impresionar a una prima suya de la que estaba enamorado, siempre dijo que de todas sus novelas la que mejor le definía era Dormir al sol, mientras el público prefería La invención de Morel o El sueño de los héroes. De todos estos libros, que corresponden al género fantástico o de peripecias y que por lo tanto «no se proponen como una transcripción de la realidad», solo se pueden extraer lecciones a medias, pero suelen ser tan bellas que hasta el dolor queda excluido a un segundo plano.

El relato En memoria de Paulina, por ejemplo, roza ese estado por todos sus vértices. Especialmente en los primeros párrafos, donde la trama se desarrolla alrededor de un amor eterno sin consumar, o acaso incierto; donde la vida no era sino «una dulce costumbre que nos llevó a esperar» y a darlo todo por sentado. «Siempre quise a Paulina», decía el protagonista, «toda la infancia la pasamos juntos» y aún así, «no me atrevía (…) a decirle, en tono solemne: Te quiero. Sin embargo, cómo la quería». Porque Paulina era tantas cosas, como perfección e inmortalidad, que en ningún momento imaginó que aquel limbo pudiese terminar, o que su inmovilismo -del que tanto disfrutó- fuera capaz de desencadenar una tormenta. Sus almas, que ya se habían reunido, que eran una, tomaron por primera vez caminos separados y al volver a verse exclamaron: «Estás cambiada».

Esos primerísimos párrafos de En memoria de Paulina no son sino la historia de un fracaso y una espera, la historia de cómo el talento sin esfuerzo no progresa, o de cómo el arrepentimiento pesa más sobre aquello que jamás hicimos que sobre lo que nunca debimos hacer. Lo demás son laberintos, relecturas, ficciones. El propio Bioy, que escribía novelas cuando era muy feliz y que no gustaba de argumentos trágicos, sitúa a Paulina en una posición permanentemente inasequible para el narrador; la convierte en un deseo lacaniano, insatisfecho. Y el protagonista sufre, como quien le hace caso a Schopenhauer o desobedece los consejos de Saint-Exupéry en Ciudadela: «No confundas el amor con el delirio de la posesión (…) el instinto de propiedad hace sufrir, lo que es contrario al amor». Pero quien algo tuvo, algo recuerda; y el que no tuvo nada se lamenta.

Paulina, Clara, Faustine… mujeres inalcanzables en la literatura de Bioy Casares, personajes que evocan el tiempo perdido, la futilidad del presente, la costumbre de no poder hacer nada. Almas libres a costa de una condena, de un desengaño: no todo lo que creíamos nuestro es para siempre… Y el resto, si acaso queda algo, son nuestros fantasmas.

Adolfo Bioy Casares (1914-1999)

Adolfo Bioy Casares (1914-1999)

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Un comentario en “Los fantasmas de Bioy Casares

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