Flirteratura o cómo leer más te puede ayudar a ligar mejor


En palabras de Raymond Carver, Chéjov prefería, «como era habitual en él, el flirteo al matrimonio». Era un hombre «lento de acción en materia amorosa», tal y como lo describe en su relato Tres rosas amarillas, pero a su vez un alma frágil y encarecidamente humana. Con su esposa, Olga Knipper, antes de casarse mantuvo una relación de tres años en la que no faltaron las separaciones, los inevitables malentendidos y -sobre todo- las cartas. Tampoco faltaron los cuentos, pues fue en ese intervalo cuando Chéjov publicaría uno de sus relatos más conocidos: La dama del perrito.

Todos los cuentos de Chéjov pretenden aproximarse a la vida real evitando los lugares comunes de la literatura. De este modo, La dama del perrito no corresponde a la típica historia de amor que comienza con un encuentro apasionado, sino más bien lo hace a través de una conversación frívola y azarosa sobre un perrito blanco de Pomerania. «No muerde» dice ella. «¿Le puedo dar un hueso?» contesta él; cuando en realidad lo único que les interesaba a ambos era medirse mutuamente, sopesar su grado de compatibilidad. ¿A quién no le ha pasado esto alguna vez: preguntar por una cosa para saber la verdad sobre algo totalmente diferente y usar las letras como pretexto?

El verano pasado conocí a una chica bajo estas mismas circunstancias. Le gustaba leer y por aquel entonces diseccionaba las páginas de Notre-Dame de París, de Victor Hugo. En esos momentos yo había leído poco y mal, y para colmo no sabía ligar; sin embargo, pude defenderme -no sé muy bien cómo- citando a Scott Fitzgerald e invitándola a una cerveza. Fue una buena noche. No solía hablar de literatura y acababa de darme cuenta de que era algo que me gustaba. Tal vez ella también.

Al día siguiente busqué en la biblioteca de mi casa una colección de las obras completas de Victor Hugo con Nuestra Señora de París en ella. La idealización jugaba un papel importante, más aún que el propio recuerdo y casi el mismo que la novela: si era buena, «no me extrañaría enamorarme de ella» -como diría cierto personaje de Hemingway-; si resultaba decepcionante, todo habría acabado. Mientras tanto, estaba ante una noche que podría alargar durante más de 500 páginas, moldear, imaginar a mi gusto… Pero volví a verla y empezamos a hablar sobre otros autores.

Azorín nos recordaba en sus Cursos abreviados de filosofía que hace un par de siglos, en España, se creía que las causas del carácter de los pueblos se encontraban en el suelo y cielo de un país. Los libros, si acaso han llegado a formar parte del carácter de uno, también son fáciles de determinar bajo estos factores: hay libros noctámbulos e insomnes, como también los hay vespertinos o madrugadores; libros para leer en la playa, en la cama, en un día lluvioso; obras escritas con cuatro copas de más, con una fiesta en Long Island a las espaldas o con un desengaño a cuestas. Hay momentos para hablar de poesía, de teatro y de novelas, y tal vez nunca sepas cuál es el correcto. Por eso, si te pones nervioso cuando conoces a alguien, si no te gusta bailar o te cuesta crear el momento perfecto, un consejo: lee más. Todo en esta vida se aprende, incluso a ligar, que solo son seis o siete frases hechas aprendidas de memoria para romper el hielo. El resto es uno mismo y lo que pueda llegar a ofrecer; así que ofrece lecturas ganadoras.

Primera regla: Nunca se te ocurra hablar sobre escritores abstemios en la barra de un bar, trae mala suerte. Es más interesante hablar sobre Juan Rulfo -que fue un bebedor de los buenos- y hacerte el gallito de oro diciendo que eres todo un experto en la mitad superior de sus obras mayores, que es como hablar de la hegemonía entre el núcleo irradiador y la seducción de los sectores aliados en Twitter: nadie sabe a lo que te refieres exactamente, pero suena demasiado bien. Además, un buen partido no te preguntará cuáles has leído, sino cuántas veces cada una; especialmente Pedro Páramo, que es la que te justifica. Y quizás no tengas una buena respuesta, pero para entonces ya estarás más cerca de tu objetivo; aún así, sabiendo esto, yo empezaría a releerlo.

Segunda regla: Identifícate con una obra y tráetela aprendida de casa. No de forma literal, ¡ni se te ocurra lanzarte con un soneto en la primera cita! Hablo más bien de un personaje, una forma de pensar, de expresarse. Si has sufrido en la friendzone podrías comentar Fiesta, de Hemingway; si has experimentado un desengaño, Bioy Casares escribió En memoria de Paulina para ti. Anna Karenina de Tolstói, cualquier novela de Jane Austen, un cuento de Raymond Carver, un poema de Bukowski… Puede funcionar.

Tercera regla: Si quieres ser escritor, díselo. Si has aplicado bien las dos primeras tendrás algo que hacer; si no, dile simplemente que te gusta escribir, tómate una copa y empieza de nuevo.

Una cosa quiero dejar clara: con este artículo no garantizo el menor éxito, como tampoco prevengo del más estrepitoso fracaso. Tal vez ese perrito blanco de Pomerania al que te acerques muerda y no haya feeling. En ese caso, «Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor» como diría Beckett, que murió felizmente casado.

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