Sobre los malos despertares


(Texto original publicado en Neupic)

No hay despertares buenos o malos: todos son peores. Aunque sean voluntarios a las siete de la tarde de un sábado sin resaca, que es cuando Roberto Bolaño amanecía en su casa de Girona para emprender sus largos paseos rimbaudianos. Despertar es como tener jet lag y el jet lag no es otra cosa que «una máscara de la desaparición», «una sensación de estar y no estar», como diría el autor chileno. Y es que nunca hubo nada heroico en viajar de Barcelona a Buenos Aires, como tampoco lo hubo en levantarse de la cama a destiempo. O peor aún: temprano. Aún así, existen madrugadores que se empeñan en quitarse años de encima e insomnes que sudan su esfuerzo por atraparlos. La división del sueño y su acumulación originaria no ha traído más que problemas y desigualdades.

El promedio en un hombre adulto es dormir alrededor de ocho horas al día. Con sus rituales, sus pastillas, sus diez minutos de conciliación. Sin embargo, el mismo hombre, que es ceremonioso y puritano al acostarse, rompe con todo cuando a la mañana siguiente abre los ojos y no intenta cerrarlos desesperadamente. Desconocemos que el desvelo también tiene sus fases y sus tiempos; y si no son tres (al menos) las veces que uno ha intentado levantarse antes de lograrlo, no habrá merecido la pena el descanso.

Solo los que hablamos en sueños somos conscientes de lo que decimos. Yo, por ejemplo, soy propenso a despertarme contrarrevolucionario, exaltado, con ganas de gritarle a alguien en la cara que un chiste deja de ser gracioso cuando ofende. Sin saber muy bien por qué y sin saber muy bien cuánto tiempo llevo durmiendo (que bien podrían haber sido horas como meses). Me levanto enfadado cuando me despiertan y me despierto de mal humor cuando me levanto, porque si pudiera me pasaría la vida durmiendo; o por lo menos en la cama como Juan Carlos Onetti.

La literatura es un escudo contra los fracasos y no hay un despertar más oscuro que el de los escritores metódicos, como Stephen King (08:00 a.m.) o Haruki Murakami (04:00 a.m.), quienes -por otra parte- hacen de la vigilia una narración onírica de sus fantasías o pesadillas y, en cierto sentido, escriben para despertarse. No saben que no hay nada más noble en este mundo que el libro pesado y aburrido que te ayuda a dormir.

Al niño que una vez fue Javier Marías la idea de ser escritor le producía un gran desasosiego porque durante muchos años la asoció con Azorín y su cama todavía deshecha a la una de la tarde. Sabemos por sus ensayos que el escritor del 98 no era especialmente madrugador, sino que se despertaba a las once de la mañana tras escuchar el sonido de tres relojes diferentes: uno en el piso de arriba, otro en el piso de al lado y el último en el piso de abajo; como aquel despertador baldío del que nos hablaba Juan Tallón y al que relacionaba con un náufrago ahogándose en el desierto. En estos mismos términos, dormir es un oasis y levantarse es el espejismo. Nosotros tenemos sed y sueño, ¿cómo no vamos a tener un mal despertar?

Juan Carlos Onetti leyendo en la cama

Juan Carlos Onetti leyendo en su cama

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