Pequeña digresión sobre el fracaso

(Texto original publicado en Highway)

Un edificio en obras es desesperante. Algo de lo que salir huyendo porque no puedes leer tranquilamente ni mucho menos recurrir a las cosas que haces cuando no puedes leer, como escribir una autobiografía o componer un disco. Es el mundanal ruido, del que hay que alejarse siempre como del infierno. Son los gritos de tus vecinos mayores, que ya ni siquiera pueden ver la televisión a gusto; y son tus propios gritos rechazando que hacerse adulto sea tan sencillo como esto. Tú pensabas que hacerse adulto era estar solo, como decía Rousseau. Y si tampoco era así, esperabas que por lo menos se convirtiera en otro motivo para la tristeza, porque uno cuando es joven colecciona esos motivos y no programas de infoentretenimiento.

Con dieciséis años no había una nostalgia más grande que la de ir al cine, donde el fracaso acostumbraba a sentarse en el sitio de al lado; ese que te separaba de la chica con la que habías ido a ver una película de Matthew McConaughey. Tú sólo querías hacer manitas con ella y besarla de una vez por todas, pero nunca ocurría nada. Al fin y al cabo qué te iba a suceder a ti, que por aquel entonces ni siquiera aspirabas al éxito. Sigue leyendo

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