Pequeña digresión sobre el fracaso


(Texto original publicado en Highway)

Un edificio en obras es desesperante. Algo de lo que salir huyendo porque no puedes leer tranquilamente ni mucho menos recurrir a las cosas que haces cuando no puedes leer, como escribir una autobiografía o componer un disco. Es el mundanal ruido, del que hay que alejarse siempre como del infierno. Son los gritos de tus vecinos mayores, que ya ni siquiera pueden ver la televisión a gusto; y son tus propios gritos rechazando que hacerse adulto sea tan sencillo como esto. Tú pensabas que hacerse adulto era estar solo, como decía Rousseau. Y si tampoco era así, esperabas que por lo menos se convirtiera en otro motivo para la tristeza, porque uno cuando es joven colecciona esos motivos y no programas de infoentretenimiento.

Con dieciséis años no había una nostalgia más grande que la de ir al cine, donde el fracaso acostumbraba a sentarse en el sitio de al lado; ese que te separaba de la chica con la que habías ido a ver una película de Matthew McConaughey. Tú sólo querías hacer manitas con ella y besarla de una vez por todas, pero nunca ocurría nada. Al fin y al cabo qué te iba a suceder a ti, que por aquel entonces ni siquiera aspirabas al éxito.

Es curioso ver cómo los grandes periodistas han fracasado en los cines -a excepción de Truman Capote-, aunque tal vez sólo ha habido uno que lo haya hecho de verdad. Ben Bradlee, que fue el mejor director que ha dado The Washington Post, cayó como lo hacen los románticos en 1939, cuando todavía era un chaval como nosotros. Había llevado a una amiga de su hermana, su «primer amor –y un amor para toda la vida- », a ver Amarga Victoria, protagonizada por Bette Davis. Estaba decidido a conseguir un beso –o varios- durante la sesión, y algunos más cuando la dejara en casa. Las cosas parecían irle realmente bien cuando entrelazaban las manos, pero había olvidado que la proyección era un drama y que él había sido siempre un muchacho sensible. El resultado fue un naufragio emocional: antes de que pudiera reaccionar, tras encenderse las luces de la sala, el joven Ben se encontraba llorando incontrolablemente mientras avergonzaba a su cita, que tras llegar a casa llamaría a sus amigas para partirse de risa. Estas reacciones fueron una plaga durante toda su vida, decía, pero al final acabó viviendo de una manera infinitamente feliz.

Mientras Cortázar nos enseñaba a llorar, Ben Bradlee nos enseñaba a hacerlo a oscuras y en silencio en aquellos días en los que la tristeza era húmeda y verde como un Cronopio. ¿Cuántos de estos seres poblarán los cines como en su época poblaron los conciertos de Louis Armstrong? Tal vez ellos tengan la respuesta para hacerse mayor. O tal vez la tengan mis vecinos. No lo sé. A lo mejor hacerse adulto sea escribir en una revista y seguir estando triste; o a lo mejor es escuchar a los del quinto taladrar durante horas. Quizás sea hacer que las cosas valgan la pena, incluyendo las decepciones; pero este escándalo no me deja pensar… y fracasar es desesperante.

 

 

 

 

 

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Un comentario en “Pequeña digresión sobre el fracaso

  1. Hola Alfonso, cuánto tiempo sin entrar en tu blog, lo echaba de menos. También nos ha cogido aquí en momentos de mucha obra –así es la construcción-, y si se pasa ya luego no vuelves. Es el hito del mundanal ruido, la exigencia del ya, y a toda prisa, porque siempre hay proyectos nuevos que enmendar para andar y hacer algo de camino propio.
    Crecer es una experiencia maravillosa que nunca termina, y cada estación tienen su forma y manera de enganchar, atrapar en una sintonía que absorbe y casi domina, pero que compensa mucho.
    La vida es una marcha, una incursión que iniciamos en un momento determinado, y mientras preparamos el equipaje, esa infancia que nos marca, decidimos iniciar la partida con lo que se precisa para esta contienda, como es la juventud, el ánimo y la predisposición para descubrir esa parte de la vida, descubierta o redescubierta una y otra vez, pero que sorprende, ya que es algo nuevo que hacemos sobre las huellas del terreno, huellas de otros, pero que nos resultan invisibles cuando somos nosotros los que andamos.
    Hacia donde queremos ir…, no siempre es lo definitivo, pues nacemos y ya somos cambiantes, avanzamos y retrocedemos en virtud a las vicisitudes que avista nuestra mente, nuestro proceso formativo y evolutivo, donde la madurez nos hace ir viendo en el propio camino huellas antes inapreciables, pero en las que vamos entrando con algo más de detenimiento, la sabiduría que nos hace selectivos y nos forja un criterio propio, a madurar en la precisión que nunca culmina, cada día redescubrimos en nosotros mismos un potencial que nos impresiona a la vez que nos satisface, ya que andar encierra una dificultad que no siempre mejora con el camino iniciado, por aquello de las veredas que suelen llevarnos por otras rutas que culminan en el mismo horizonte.
    El tiempo no es una vara de medir absoluta, ya que su relatividad a propósito de nuestra predisposición, nos garantiza una seguridad y confianza en nuestros propios instrumentos para objetivar incluso nuestras singularidades en la marcha de los acontecimientos, donde todos somos protagonistas de un gran proyecto: hacer la vida, llevarla y culminarla.

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