Quién quiere una cita


Las primeras citas siempre salen mal. Uno debería ahorrárselas si quiere ir en serio, robarlas, plagiarlas; empezar directamente por la segunda o por la última, esperar el bofetón con los ojos abiertos. Una primera cita es el fin y hay que estar convencido, hay que perseguirlo y escabullirse riendo. Son algo inevitable, como los atascos; y aun existiendo expertos arruinándolas, nadie ha conseguido nunca entenderlas del todo.

Cuando pienso en citas frustradas siempre recuerdo a aquel personaje bajito y caradura llamado Marsé que aparecía de forma fugaz en Últimas tardes con Teresa. Era un experto en no conseguir nada, y los expertos -como todo el mundo sabe- lo son porque les gusta, o bien lo que hacen o bien lo que dejan de hacer. El tal Marsé era un maestro en meter mano, un especialista en echar por la borda cualquier posibilidad, un sinvergüenza que después de acosar a las chicas del “Salón Ritmo” les daba su número de teléfono aun sabiendo que no le llamarían en la vida. Era un estratega que prefería el juego al resultado, y que no tenía tiempo para preocupaciones. Actuaba según sus impulsos: un calentón frío y calculado; y disfrutaba yendo derecho hacia la bofetada, sin preliminares.

Estoy seguro de que podría escribirse un libro entero acerca de este Marsé y su filosofía; no obstante, no debemos olvidar que el personaje no es más que un guiño del autor y que hay un Marsé detrás de Marsé (parafraseando un poema de Borges) que «la trama empieza». Una trama con primeras citas a las que no acude nadie, de las que uno vuelve decepcionado y deprimido del bar.

No existe peor plantón que el que se pasa acompañado. La compañía, en realidad, no es otra cosa que una soledad encubierta, un eufemismo. Hay cosas que deben hacerse sin nadie alrededor, como escribir o aislarse del mundo. Incluso tener una cita o apagar las luces.

Por mi parte, yo llevo toda la vida citando a los mismos autores. Es un ejercicio prosaico y carente de épica, a veces sucio. Es una fantochada y por añadidura una complicación que casi nunca sale rentable, pues es rara la ocasión en la que alguien conoce a alguno de los escritores nombrados. Son citas caras que corren de mi cuenta y terminan puntuales, en las que se habla de literatura y se almuerza poco, como en uno de esos espacios gastronómicos a los que acuden las parejas acomodadas para comer a oscuras y equivocarse constantemente de cubierto, de sabor y de persona.

Una cita es algo que tiene que ocurrir de manera accidentada. Es un acto para perdedores, como James Ellroy cuando tenía 33 años y acababa de publicar su primera novela. Su editorial le había invitado a una fiesta en Manhattan para celebrar su éxito y en ella se había fijado en una mujer de «ojos ardientes y pecas». Cuando salió del baño, tras peinarse y arreglarse la pajarita, la buscó entre los asistentes, pero ya no estaba. Siguió buscándola con insistencia, hasta el punto de salir por patas de Murray Hill después de golpear al anfitrión en la cara. Jamás volvió a encontrarla. Sin embargo, esa misma noche, caminando hacia Grand Central, vio a otra muchacha que indiscutiblemente creyó la mujer de su vida. La joven estaba parando un taxi cuando comenzó a correr hacia ella, con la mala suerte de que resbaló y se dio contra el parachoques trasero de un coche que acababa de estacionar a su lado. La mujer se volvió y él sonrió asustándola. Finalmente, ella desvió la mirada y se metió en el vehículo recordándonos -como decía Frédéric Beigbeder– que «estamos en la vida, donde los taxis siguen circulando».

Ellroy estuvo cerca y, tal vez -como describió más tarde-, «tendría que haber ocurrido». Pero citarse es ir a ciegas y tropezar con todo; y si uno quiere hacerlo, tiene que asumirlo. Por lo pronto, ¿quién quiere una cita si no es con la literatura o con las estrellas? ¿Quién quiere arrojarse al vacío? Habrá que empezar por el final, supongo. A veces es el único principio.

James Ellroy -The Hollywood Reporter

James Ellroy (via: The Hollywood Reporter)

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