El spoiler de Ricardo Piglia y otras enemistades


Todos tenemos enemigos. En el deporte, en el trabajo, en el tren; incluso en casa cuando estamos solos y con el pestillo echado. Creemos que no andan cerca, pero están esperándonos en la esquina, ocultando su cara detrás de un libro o de un periódico abierto. Algunos se parecen tanto a nosotros que se esconden entre las novelas que aún no hemos logrado terminar, a unos cuantos capítulos de distancia; y otros, sin embargo, son tan solo enemigos accidentales, como Ricardo Piglia el día que me desveló cómo acababa El largo adiós de Raymond Chandler.

Por extraño que parezca, la enemistad ha dejado de ser cosa de dos. Ahora, cuando una persona decide oponerse a otra, suele hacerlo por sí misma y sin darle al otro la oportunidad de arreglarlo. A mí con Piglia me pasó algo parecido y, como digo, tal vez el único culpable fuera yo; pues nunca tendría que haber hojeado el resumen que el escritor argentino había dedicado a la obra de Chandler hasta que no hubiese terminado de leer la obra en cuestión. Así resulta tentativamente fácil averiguar quién es el asesino antes de tiempo. Y eso, en una novela negra, supone averiguarlo todo.

Es verdad que a nadie le gusta que le destripen el final de algo en lo que ha invertido su entusiasmo, hasta tal punto que a veces ni siquiera quiere que le comenten los detalles más insignificantes. Cada cual es libre de decidir qué es lo que considera significativo y lo que no; y en mi caso, me consideraba lo suficientemente preparado como para descubrir al culpable sin más ayuda que la del detective Philip Marlowe, el protagonista de la trama.

Los detectives privados, por su parte, también son personas con muchos enemigos; además de bebedores inteligentes y tipos duros. En cuanto a sus rivales, son individuos con un código moral defectuoso, a los que no les importa manifestar su rencor y su odio; algo que siempre me ha parecido una suerte de traición. La enemistad tiene que ser, en todo momento, una relación discreta; una desafección mutua y asimilada en la que no hagan falta declaraciones de ningún tipo. La enemistad es algo en lo que se trabaja toda la vida, y es algo que no hace falta estar recordando constantemente, pues como decía Eileen Wade en El largo adiós, «hay cosas que a nadie le gusta contar sobre un enemigo»; y el primer tabú debería ser la propia condición de adversarios.

Hay situaciones en la vida que están hechas para el disimulo, como cometer un crimen o caer mal. También se disimula el fracaso o las cosas en las que uno no ha llegado a convertirse; pero estos son asuntos menores. A veces sucede, por ejemplo, que eres el único de tus amigos al que no han invitado a una fiesta y te da igual. Para beber en vasos de plástico te quedas en casa, dices. El problema nace cuando el anfitrión te llama para recordarte que no eres bien recibido; y que si se te ocurre acercarte por allí se verá obligado a llamar a la policía, como la última vez. Es en ese momento, en el que alguien manifiesta que le caes mal, cuando empiezas a disimular. Porque la situación ya no te da igual, pero conservas la dignidad suficiente como para aparentarlo.

Esta lección es algo que conocían muy bien Guy Haines y Charles Bruno, los protagonistas de Extraños en un tren, de Patricia Highsmith. Bruno había obligado a Guy a cometer un asesinato y desde ese momento le odiaba; sin embargo, lo que declaraba era un afecto infinito sobre él. Por el contrario, Guy Haines, que no paraba de maldecir a Bruno, realmente lo apreciaba. En palabras de Highsmith: «Cada uno de ellos era lo que el otro no había querido ser, la parte desechada de su ser, lo que creían odiar pero que, en realidad, tal vez amaban». Porque así es como son los enemigos de verdad: irreconocibles. Y el que crea lo contrario que empiece a leer los libros por el final; a ver cuánto tarda en encontrarse con un spoiler como el de Ricardo Piglia.

PH

Patricia Highsmith (via: The Wall Street Journal)

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2 comentarios en “El spoiler de Ricardo Piglia y otras enemistades

  1. En realidad la enemistad forma parte de la vida misma. Nacemos enemistados con el mundo, no queremos llegar a él, después de una cómoda estancia con todo incluido, al calor y el amor de unos padres que nos sienten como algo propio y, sin embargo, llegado el momento de cambiar el sino y salir a la dura y cruda realidad, ya todo son incidencias y conflictos.
    No queremos compartir el espacio, el lugar, lo que somos, y, sin embargo, medimos lo que pueden tener los demás, y nos come la rabia y el despropósito ante una compleja medición que no valoramos desde la lógica sino desde el destemple emocional que nos bloquea y ciega.
    En nuestra familia, nos medimos y nos sentimos raros incluso con nuestros hermanos, primos, vecinos. También en el colegio. Y antes cuando se hacía la mili obligatoriamente, también, pues existía la opción de quedar exentos, o de ir voluntarios para elegir destino, y llegado el momento de las historias de mili, orgulloso de las historia que podías contar y rambiando de tener que ir a la mili, cuando otros no lo hacían, y siempre había un “amigo” querido al que hacer referencia de la injusticia. . Y en la universidad. Y en la vida en general.
    La enemistad es la consecuencia de un egoísmo del que no queremos salir para no compartir, aunque nos guste recibir a medias, ante el beneficio de lo que recibimos y la rabia de que lo tengamos que recibir.
    Somos raros y la enemistad nos hace mentir, matar, destruir, condenar, descuartizar. Las guerras entran en el vicio sucio y asquereso de un interés que recibimos y nos importa un rábano las consecuencias. Incluso, lo justificamos, si no es de nuestra cuerda, de nuestros protegidos especiales, que entonces incluso justificamos sus propias desgracias buscando cualquiera de las muchas justificaciones que nos brinda este mundo nuestro, su sistema, para odiar, despreciar y no querer.
    La amistad se presenta como algo sin misterio, donde todo es auténtico y maravilloso, cuando accidentalmente tenemos la desgracia de querer a alguien, que entonces nos mentimos a nosotros mismos para aceptar esta opción que también brinda la vida.
    La amistad y la enemistad no son contrarias, ambas son interesadas y su aplicación en función del momento, del móvil y la circunstancia que se nos antoje en el interés del momento a tomar en consideración.
    Estamos con un amigo, de los que llamamos de verdad, y después de una grata velada, inolvidable, con buenos vinos, bien acompañados de una exquisita comida, humor y la mejor predisposición al disfrute, al final, o al día siguiente, analizando la velada, siempre encontratamos un qué por el que romper la buena sintonía con algo que podría ser, a mi me dio la impresión, no sé por qué lo dijo, o como miraba, curioseaba todo, buscaba algo…, y entonces surge el típico, pues a mi casa, a nuestra casa, no vuelven más, porque encima mira cómo nos paga…
    Nada, que nacimos para estar solos, haciendo nuestras cafradas, envidiando al sabio, al científico, al grande, al poderoso, al pequeño, al donnadie, al perrito del vecino para joderlo bien…
    Volver a empezar…? No sé qué pasaría. No diría que es cosa de Dios, pues Él se valió de tres personas en una para tener a quién culpar sin salir de sí mismo.
    Alfonso, me ha encantado el artículo y la reflexión que planteas, como en todo lo que escribes, y es un gustaso tremendo leerte. Un fuerte abrazo.

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