La derrota de Hillary Clinton, o cómo darle la vuelta a una apuesta segura


Jamás pensé que alguien como Donald Trump podría llegar a convertirse en el presidente de los Estados Unidos. Bueno, tal vez lo sospechara un poco. Al final, con los ecos del Brexit y la fragilidad de las encuestas; pero nunca creí capaces a los norteamericanos de nombrar presidente a alguien como él. Qué se le va a hacer, hay países a los que les gusta apostar a lo grande y que tienen cierta predilección por el rojo. La ruleta política es así de arriesgada.

Por mi parte, yo daba como ganadora a Hillary Clinton. En cierto sentido lo hacía porque sí, como un acto de negación ante la posibilidad de que Trump alcanzase el poder, al igual que debió de ocurrir en alguno de los Swing States en los que ganó la candidata demócrata. Apoyaba a Clinton porque no había nadie mejor en la carrera presidencial, supongo. Y mientras lo hacía, preparaba un artículo dedicado a su victoria electoral: entrevistas, fechas, logros que he tenido que reconducir o desechar a tenor de los resultados.

El artículo en cuestión hubiese empezado con una frase del cineasta Michael Moore, que en 1996 escribió un libro titulado Downsize This! Random Threats from an Unarmed American y que incluía un capítulo dedicado a su amor prohibido por la que en aquel entonces era la Primera Dama de los Estados Unidos. La idea se contextualizaba dentro de la primera campaña presidencial de su marido, Bill Clinton, y venía a decir que, desafortunadamente, al no concurrir ella como candidata, lo que tendrían que hacer muchos demócratas como él sería conformarse con votar a su esposo. Decía que ya llegarían tiempos mejores, pero que por el momento el mundo aún no estaba preparado para Hillary.

Esto ocurrió en 1992, después del periodo como Gobernador de Arkansas de Bill y de una serie de sacrificios por parte de ella, como fue la adopción del apellido Clinton en pos de la estabilidad política de su pareja, de la cual se especulaba que había perdido oportunidades en el pasado porque Hillary aún conservaba su apellido de soltera. Después llegó su primera etapa en la Casa Blanca, marcada por fuertes y constantes críticas por parte de los medios de comunicación a razón del aparente intrusismo que suscitaba en los asuntos de su marido; pero, tal y como ya había adelantado en campaña, ella no había llegado para quedarse en casa haciendo galletitas y tomando el té. Finalmente, los ocho años que pasó junto a su esposo en Washington estuvieron marcados por algunas propuestas interesantes -como la asistencia sanitaria universal- y algunos escándalos desagradables –como la controversia de Whitewater o el escándalo Lewinsky-.

Antes de convertirse en la candidata demócrata para las elecciones presidenciales de este año, Hillary también fue Senadora y Secretaria de Estado. Y, aunque se haya visto involucrada en algunas decisiones desafortunadas como la Guerra de Irak o el caso reciente de los e-mails investigados por el FBI, ha quedado claro que experiencia política no le falta. Aún así, el mundo sigue sin estar preparado para ella. O tal vez sea ella misma la que no ha logrado adaptarse a la realidad.

Dick Morris, que fue asesor de Bill Clinton en su etapa presidencial y un personaje cercano a la familia, escribió en 2004 un libro titulado Rewriting History, en el que analizaba los hechos publicados por Hillary Clinton en su autobiografía y los equiparaba al carácter real de la candidata. Algunas conclusiones demostraban que como persona, Hillary siempre había sido propensa a inventarse historias, como aquella que relacionaba el origen de su nombre con Sir Edmund Hillary, el primer hombre en escalar el Everest y que por cuestiones cronológicas no podía ser cierta. También comparaba sus habilidades políticas con las de su marido, afirmando que frente al carisma y la empatía de Bill, la falta de naturalidad y espontaneidad de Hillary suponían una de sus grandes lacras profesionales. Quién sabe, tal vez el libro (publicado hace doce años) guarde los secretos de la inesperada derrota de Clinton.

De lo que no cabe duda es de que -tal y como dice Morris en las primeras páginas de su ensayo-  «la presidencia magnifica las cualidades personales y el carácter -para bien o para mal- del mandatario y las proyecta sobre la nación. En la década de los sesenta, el dinamismo de John F. Kennedy electrificó a toda una generación. El carácter obsesivo de Lyndon B. Johnson nos condujo a un trauma masivo. Las paranoias de Nixon hundieron al país en un espasmo de recriminación y reformismo (…) Y la alegría y el optimismo de Ronald. W. Reagan animaron al mundo». En nuestro caso, con Clinton fuera de juego, solo nos queda esperar a ver cómo actúa Donald Trump en estos cuatro años de mandato, esperando que no ahogue al país en una atmósfera de odio y desigualdad; confiando que la llegada al poder consiga moderarlo.

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Hillary y Bill Clinton reconocen la derrota electoral. Via EFE

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Un comentario en “La derrota de Hillary Clinton, o cómo darle la vuelta a una apuesta segura

  1. Muy buena crónica de la actualidad. Citando a Otero Novas en su libro escrito en 2007 titulado “El retorno de los Césares” , políticamente hablando estamos entrando en una fase dionisiaca y saliendo de una etapa apolinea, es decir: ahora priman los sentimientos frente a la razón y el diálogo. Espero que la humanidad haya aprendido algo de su Historia para no repetir malos momentos

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