Interrogatorios, o cuando Dashiell Hammett y Carlos Barral acabaron en el banquillo


(Texto original publicado en Esquire)

Pocas cosas sientan peor que una mala pregunta. Esas que se formulan con malicia y doble sentido, que no hacen otra cosa que perjudicar y confundir al que escucha. Esas que tienen la intención de fastidiar, para que nos entendamos, y que surgen en el momento menos oportuno, como cuando te has dado de bruces contra el suelo y a alguien se le ocurre cuestionar si te has hecho daño. A nadie le gustan, en realidad; y, si existen, es por el placer que supone dar una buena respuesta.

Da igual quién seas, la cantidad de series policíacas que hayas podido ver, lo confiado que te creas: siempre va a haber alguien que te saque de tus casillas con una pregunta comprometida, como cuando tu jefe te pide los informes atrasados o tu novia deja caer que pronto será vuestro aniversario. Todos somos vulnerables, hasta Dahiell Hammett, padre de la novela negra norteamericana y antiguo detective privado, que sobre el tema tenía que saber un poquito. Su caso, desde luego, fue curioso.

En 1951 y 1953, el autor de El halcón maltés fue llamado a declarar ante los tribunales de Nueva York por sus manifiestas relaciones con el sistema comunista. Era la época en la que comenzaba la Guerra Fría y los Estados Unidos se encontraban inmersos en plena “caza de brujas”, con el senador Joseph McCarthy a la cabeza. A Hammett se le acusaba de haber destinado dinero del fondo del Congreso por los Derechos Civiles, del que era responsable, para poner en libertad a once miembros del Partido Comunista acusados de conspirar contra el gobierno. El delito, sin embargo, no estaba ahí, sino en la acción de cuatro de estos miembros que decidieron darse en rebeldía y no cumplir con la condena impuesta. Es entonces cuando el tribunal llama a declarar a Hammett, quien, considerando que las preguntas que le hacen son ilegítimas y no buscan otra cosa que su incriminación, decide acogerse una y otra vez a la Quinta Enmienda y negarse a colaborar, firmando así una estancia en la cárcel que duraría un total de seis meses.

Esto nos enseña que el silencio a veces es necesario. Hace que uno parezca más comprometido con sus causas, aunque nos conduzcan a una prisión federal en una pequeña isla al oeste de Alaska. Puede ser también la mejor respuesta, la que asume o rechaza los hechos, la que te deja por encima de tu adversario. Callar supone la superioridad moral de quien está seguro de su destino, aunque sea malo; pero muchas veces es imposible aguantarse las palabras.

La segunda vez que Hammett acudió a los juzgados neoyorquinos, en marzo de 1953, el interrogatorio corrió a cargo del propio Joseph McCarthy, que estaba preocupado por el elevado gasto de fondos públicos en la compra de libros, muchos de ellos escritos por comunistas; pues creía que el dinero que ganaban los autores sería enviado inmediatamente a la Rusia de Stalin para combatir el capitalismo. Para ser sinceros, esta segunda vista transcurrió de manera idéntica a la anterior, con Hammett acogiéndose constantemente a la Quinta Enmienda para evitar sufrir así males mayores. No obstante, al final del juicio, y tal y como recoge el libro Interrogatorios (Errata Naturae, 2011), Hammett nos regalaría un momento mágico, supongo yo que fruto del silencio autoimpuesto y de las ganas de dejar a McCarthy en mal lugar.

El hecho sucedía después de que el propio McCarthy le hiciera la última pregunta, donde le consultaba si, tal y como hacía el gobierno, era lógico gastar cien millones de dólares en un Programa de Información para combatir el comunismo y comprar, a su vez, las obras de más de setenta autores comunistas que lo defendían, distribuyéndolas por el mundo con el sello oficial de aprobación. Hay que hacer hincapié en que esta era la última pregunta de todas, tal vez la que el propio Hammett llevaba esperando desde su condena, y en lo bien que se ajustaba a la definición de preguntas molestas que hacíamos al principio, la cual dejaba como única solución una respuesta a la altura. Hammett lo sabía, estaba preparado, y por eso decidió relamerse cuando contestó que, “si estuviera combatiendo el comunismo, no creo que dejara que la gente leyese libro alguno”, poniendo en entredicho la afirmación de McCarthy y escuchando del mismo que su contestación sonaba, cuanto menos, rara “en boca de un autor”.

Como todos sabrán, en este país no tenemos Quinta Enmienda, así que este tipo de situaciones suelen ser algo más comunes. Por ejemplo, Rosa Regás contaba en la revista Campo de Agramante una anécdota muy similar a la de Hammett, cuyo protagonista era Carlos Barral. La historia en cuestión comenzaba después de que, en marzo de 1966, detuvieran al propio Barral tras formar, junto con otros 32 intelectuales, una organización clandestina antifranquista. Como es lógico, todos fueron llevados a una comisaría de la Vía Layetana para declarar, y, cuando le tocó el turno a Barral, este empezó a dictar su versión particular de los hechos con frases subordinadas y rimbombantes, sin olvidar los signos de puntuación. Imagínense ustedes al pobre policía, que solo hacía su trabajo, recibiendo instrucciones de su propio detenido, cada cual más enrevesada. Como es lógico, harto de tanto punto y tanta coma, el policía le preguntó enojado: “¿Coma? ¿Por qué una coma? Es lo mismo que un punto, ¿no? y Carlos le contestó: Tal vez, pero no tiene el mismo ritmo”. Con todas sus narices. Haciendo de una mala pregunta, una increíble respuesta.

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