El cine que salvó a Sartre


(Texto original publicado en Esquire)

A todos nos corresponde un lugar en el mundo. Un sitio al que acudir cuando nos hayan prohibido el resto, donde las luces se apaguen y no nos lleve demasiado tiempo reencontrarnos. Da igual el que sea, en realidad, siempre que cumpla con los requisitos más profundos del ser humano y consiga hacernos felices; pero es inevitable que, de entre todas las posibilidades, solo podamos quedarnos con una.

Decía el poeta Rainer María Rilke que la verdadera patria del hombre está en la infancia. Es en ella donde aparecen las primeras pasiones, los primeros intereses, las tempranas aficiones que nos encaminarán hacia el futuro. Es en la infancia, a su vez, donde amanece la vocación y el talento de algunos, como fue el caso del propio Rilke, que siempre creyó que su destino sería escribir una gran obra; o el caso del pintor Rafael, que desde pequeño se sintió tan atraído por los colores que la primera vez que vio al Papa en persona no le hizo el más mínimo caso, pues no podía apartar la vista de sus llamativos ropajes. Como estas, otras historias le sucedieron a otros niños ordinarios que, tras el desempeño de sus no menos ordinarias obligaciones, acabarían convirtiéndose en Bach, en Rousseau o en Molière; y sus experiencias, compiladas bajo el título de L’Enfance des hommes illustres, serían las encargadas de acompañar al jovencísimo Jean-Paul Sartre a través de su juventud.

Como aquellos hombres ilustres, Sartre se sintió desde muy temprano predestinado al éxito, y por eso se pasó la infancia pegado a los libros. Al principio cogía los más complicados para agradar a su abuelo, Charles Schweitzer, un antiguo profesor de idiomas que detestaba los cuentos de hadas y las novelas de aventuras; pero con el tiempo, y con el interés que despiertan las cosas prohibidas, empezaría a leer historias más propias de su edad. «Aún hoy leo con más gusto las novelas policíacas que a Wittgenstein», escribiría en la etapa final de su vida. Pero claro, con siete años lo único que quieres es ser un nieto ejemplar (o al menos aparentarlo). De este modo, se vio forzado a comprar clandestinamente su colección de cuentos fantásticos, que por otro lado adquiría debido al colorido chillón de sus portadas, que despertaban tanta pasión en él como lo hubieran hecho en cierto pintor del siglo XV al que antes nos referíamos. Esos libros los escondería debajo de la mesa del comedor o en su habitación, y supondrían el comienzo de una etapa en la que tendría que ocultar muchas más cosas, como su afición a escribir cuentos infantiles.

Sin duda fue una etapa dura, llena de revelaciones acerca de su futuro que ni el propio Sartre era capaz de comprender. Se llegó a ver a sí mismo, tal y como explica en su libro Las Palabras, como a un pasajero furtivo que viajaba por la vida sin billete. Es decir, había veces en las que no sabía cuál era su propósito en la vida, pero solo tenía siete años y, como decíamos al principio, tarde o temprano a todos nos corresponde un lugar en el mundo.

En el particular caso de Sartre, mientras esperaba por el suyo, no dudó en conocer cuantos pudo: el solemne despacho de su abuelo, el quiosco de la esquina del bulevar Saint-Michel, el Liceo Henri IV. Pero de entre todos ellos, las salas del cine Vaudeville se convirtieron en su mayor refugio. Cuánto le gustaba al niño Sartre aquel espectáculo en el que siempre llovía, donde “la incomodidad igualitaria de las salas de barrio” hacían del arte algo tan suyo como del resto.

Nunca olvidó su infancia común: “Éramos de la misma edad mental, yo tenía siete años y sabía leer, él tenía doce y no sabía hablar. Se decía que estaba en sus comienzos, que tenía que hacer muchos progresos; a mí me parecía que creceríamos juntos”, escribió en su obra más autobiográfica. Y así fue: la gran pantalla se convirtió en el lugar con el que siempre había soñado. Ahora ya no le decía a su madre que estaba escribiendo aventuras o fábulas, sino que estaba haciendo cine, mientras trataba de “arrancar” las imágenes de su cabeza y de representarlas fuera de sí: en un cuaderno y a través de las palabras.

El resto de su historia es bien conocida: Sartre acabó convirtiéndose en uno de los filósofos existencialistas más reconocidos del mundo. También en un grandísimo escritor, que tuvo las narices suficientes como para rechazar el Premio Nobel de Literatura en 1964 (aunque luego intentó reclamar el dinero que le correspondía). Finalmente, su lugar terminó siendo el olimpo de las letras; pero quién sabe si hubiese acabado en él si antes no hubiese visitado las oscuras salas de cine. Su trayectoria, en cierto sentido, comenzó allí; igual que lo haría años más tarde la de Gabriel García Márquez, que, en la oscuridad de un cine y sin saber que andaba cerca, escuchó como “una amiga de entonces le dijo a alguien: «El pobre Gabito es un caso perdido».” De este modo, cuando su madre le pidió que fuera con ella a vender la casa familiar no tuvo ningún estorbo en decirle que sí. Además, tal y como escribió en su autobiografía, Vivir para contarla, fue en aquel viaje cuando vio escrito por primera vez el nombre de Macondo, por fuera de una finca bananera. El resto ya se sabe… Y si no, sólo puedo decir que, en 1982, el Premio Nobel de Literatura no fue rechazado.

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