James Salter y el camino hacia la soledad

En esta vida hay que tener cuidado con la soledad. Pero, sobre todo, hay que tener cuidado con las ganas de estar solo. Podrían volverse en nuestra contra de repente: en cualquier momento, en cualquier lugar, y obligarnos a cambiar el rumbo. Sucede como con las autopistas de peaje: creemos que estamos dispuestos a pagar el precio; pero no. Nadie lo está. A nadie le interesa. Y, al final, tomar atajos siempre sale caro.

Contaba James Salter en sus memorias que, durante uno de los inviernos de su juventud, con trece o catorce años, había conocido a la hija de un oficial de marines con la que se divertía compartiendo trineo y descendiendo a toda velocidad por las calles nevadas y empinadas de Washington. Además del entretenimiento, le gustaba rodearle la cintura con los brazos y, mientras bajaban por las colinas y se chocaban contra los terraplenes, subir las manos como si nada y tocar lo que -para entonces- le estaba prohibido. Como a ella tampoco parecía importarle, Salter le preguntó a su primo si creía que tenía posibilidades de seducirla; y, ante la rotunda afirmación, comenzó a urdir un plan que le permitiría vivir una de sus primeras experiencias amorosas. Su estrategia era sencilla: quedar a solas en la casa de sus tíos con la hija del oficial e intentar conquistarla; pero, como habíamos dicho al principio, forzar la intimidad suele jugar malas pasadas, y las cosas no siempre terminan como uno las había imaginado. En su caso, «pese a los planes que hicimos, no funcionó. Tomamos chocolate en la cocina, pero cuando se enteró de que no había nadie más en la casa, con repentina cautela, huyó». Dejándole con cara de tonto, y enseñándole que triunfar en el amor es mucho más complicado de lo que parece. Sigue leyendo

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