Parecidos razonables

No hay dos parecidos iguales. En ningún lugar. Ni siquiera entre los miembros de una misma familia o entre los pasillos destartalados de un supermercado cualquiera, que es donde uno esperaría encontrarse -de forma repentina- con la versión barata de sí mismo. A veces, ni siquiera hay parecidos. Y suele coincidir con que las tiendas han cerrado y las peluquerías se han ido de vacaciones. Entonces, la cadena de montaje se detiene y hay que esperar a que aparezca una nueva moda en los escaparates, o un nuevo corte de pelo, para que el mundo vuelva a girar.

Ya lo decía el periodista Enric González: cuando uno quiere sentirse como en casa, lo que le hace falta es “un armario lleno de camisas, un cajón desbordante de pañuelos y una barbería disponible”. A menudo, solemos subestimar el papel de estos locales, pero forman parte –indiscutiblemente- de nuestra pequeña historia personal. Sigue leyendo

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