Parecidos razonables


No hay dos parecidos iguales. En ningún lugar. Ni siquiera entre los miembros de una misma familia o entre los pasillos destartalados de un supermercado cualquiera, que es donde uno esperaría encontrarse -de forma repentina- con la versión barata de sí mismo. A veces, ni siquiera hay parecidos. Y suele coincidir con que las tiendas han cerrado y las peluquerías se han ido de vacaciones. Entonces, la cadena de montaje se detiene y hay que esperar a que aparezca una nueva moda en los escaparates, o un nuevo corte de pelo, para que el mundo vuelva a girar.

Ya lo decía el periodista Enric González: cuando uno quiere sentirse como en casa, lo que le hace falta es “un armario lleno de camisas, un cajón desbordante de pañuelos y una barbería disponible”. A menudo, solemos subestimar el papel de estos locales, pero forman parte –indiscutiblemente- de nuestra pequeña historia personal.

Da igual que seas de un barrio peligroso a las afueras o que vivas en el centro de Barcelona: siempre tendrás una peluquería disponible a donde ir. O eso es, al menos, lo que nos enseñó Eduardo Mendoza en La aventura del tocador de señoras. Allí, en un pequeño y destartalado antro del Raval, lo tenían claro: “La peluquería es estrictamente unisex, como su propio nombre indica, pero admitimos por igual a hombres y mujeres”. Y poco importaba si te acababan de echar de la oficina, si habías perdido las llaves de casa o si, directamente, no llevabas encima la cartera y habías olvidado el Documento Nacional de Identidad, la tarjeta de crédito y hasta tu propio nombre… además de salir con un corte de pelo nuevo, podías encontrar trabajo y un lugar donde dormir; porque las peluquerías están ahí para cambiarnos la vida.

El protagonista de la novela de Mendoza, sin ir más lejos, era un desgraciado que acababa de salir del manicomio; y, gracias a una oferta de su cuñado para regentar un salón de belleza, logró convertirse en un auténtico profesional, dentro y fuera del negocio. Las dificultades le asaltaron, claro; pero la destreza de un peluquero no conoce límites, aunque sea el principal sospechoso de un asesinato y se haya visto envuelto en una trama de sobornos y mentiras. Los clientes a veces tienen peticiones de lo más extravagantes, y robar unos informes siempre será mejor opción que ponerse a perfumar una melena rastafari, por ejemplo. En esos casos, de todos modos, lo que hay que hacer es tirar de oficio:

«—No tengas miedo, preciosa —respondí procurando que no se me notara el jadeo por haber subido tres pisos a pie—, soy yo: tu caballero andante, tu héroe galáctico, tu supermán.

—¿Quién? —repitió la voz trémula.

—El peluquero —respondí».

Y ya no hace falta saber más. Porque los peluqueros, a fuerza de cambiar las apariencias ajenas, se han ganado la confianza de la gente, y ocurre con ellos lo de siempre: cuando no quieres parecerte a nadie, todos sueñan con ser como tú… Al final, va a resultar que no todos los súperheroes llevan capa, sino un delantal blanco con el que evitan llenarse de pelos. Y este es, me temo, el único parecido razonable que vamos a encontrar.

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Fragmento de la película “El gran dictador” (1940)

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