Rodrigo Rato no escuchó a Pepito Grillo


En 1993, el Partido Popular se había preparado concienzudamente para ganar las elecciones generales (sin éxito, hay que decir). Después de algunos años a la sombra, su intención era romper con la hegemonía del Gobierno de Felipe González y el Partido Socialista; y, para ello, habían confeccionado, en el seno de Génova, un Manual del candidato en el que recogían una serie de consejos para que el aspirante a presidente, José María Aznar, lograse imponerse -de una vez por todas- a su invencible rival político. Es curioso, porque, tal y como cuenta el periodista Luis Carandell en su libro de anécdotas parlamentarias, “Se abre la sesión”, todo apunta a que el coordinador de ese texto habría sido Rodrigo Rato, por entonces portavoz parlamentario del Grupo Popular y mano derecha de Aznar.

Es evidente que, en 1993, no había nada que nos hiciese sospechar de Rodrigo Rato como delincuente. En esa época todavía mantenía su estatus de brillante promesa y desarrollaba actividades tan curiosas como la edición de un manual de consejos electorales para su partido. No obstante, si atendemos al pasado, quizá podamos vislumbrar un poco mejor su trayectoria (y, especialmente, su reciente desenlace).

En ese Manual del candidato, por ejemplo, se podía leer la siguiente idea: “Ten a tu lado a un Pepito Grillo leal que te indique los fallos. Rectifica lo antes posible. Si no hay ocasión de rectificar, olvídate. No hay tiempo de lamentarse”. En un principio, el párrafo cumple con las dosis necesarias de maquiavelismo e hipocresía que demanda la política moderna; y también con la manera de proceder que mantuvo el político madrileño a lo largo de los años, en los que pasó a convertirse, definitivamente, en una promesa cumplida y consolidada de la élite española. Con todo lo que ha llovido desde entonces, podemos afirmar que Rato siempre se mantuvo fiel a su propia consigna. O, al menos, hasta que cayó sobre sus hombros todo el peso de la ley.

Antes de su condena por el caso de las tarjetas “black”, Rato vivió, efectivamente, sin lamentaciones de ningún tipo. Tal fue así que nunca pidió perdón por sus chanchullos políticos o económicos: ni cuando fue ministro, ni cuando fue director del Fondo Monetario Internacional, ni cuando fue presidente de Caja Madrid o, posteriormente, de Bankia. Ya se sabe que los todopoderosos no suelen rendir cuentas ante nadie, y menos aún ante sí mismos; pero a todos nos llega el momento de pagar. Y a él, concretamente, le llegó en forma de sentencia.

En febrero, la Audiencia Nacional condenó al ex presidente de Bankia a cuatro años y seis meses de prisión. Con esto, el también ex director del FMI iniciaría un proceso de interposición de recursos que duraría hasta el día 24 de octubre, cuando, después de que el Supremo confirmase la condena, la Audiencia rechazó todos sus intentos de quedar en libertad. A mi juicio, cada uno de estos recursos supusieron un pequeño lamento personal, además de un intento desesperado por retrasar lo inevitable; pero el momento álgido se produjo el día 25, cuando Rato entró en la cárcel de Soto del Real de manera definitiva y declaró lo siguiente: “Acepto mis obligaciones con la sociedad, asumo los errores que haya podido cometer y pido perdón a la sociedad y a las personas que se hayan podido sentir afectadas y decepcionadas”. Entonces, alejado del cinismo y del poder, vestido con un chaleco y unos vaqueros, fue cuando, por fin, se decidió a rectificar públicamente; algo que hubiera seguido sin producirse de haber continuado en la cima.

Lo que le ha ocurrido a Rodrigo Rato, en realidad, es que sólo le hizo caso a la segunda parte de su consejo del Manual del candidato, y nunca le prestó la menor atención al Pepito Grillo leal que le ayudaba a corregir sus fallos. Si, por lo menos, le hubiese hecho caso al Grillo original de Pinocho, creado por el escritor italiano Carlo Collodi, las cosas, seguramente, le hubieran salido mejor. No en vano, en uno de los capítulos de Las aventuras de Pinocho, dedicado a los niños que se enfadan cuando los corrige alguien que sabe más que ellos (en el caso de Rato podría ser la ley y la Justicia), el Grillo parlante lo deja claro: “todos los que tienen ese oficio acaban, casi siempre, en el hospital o en la cárcel”. La verdad es que ahora que al político le vienen cuatro años y medio de introspección alguien le podría regalar los libros de Collodi; porque nunca es tarde para rectificar, pero conviene pedir perdón cuando se hacen mal las cosas. Después no vale tanto.

 

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El ex presidente de Bankia, Rodrigo Rato (izq.) y Pepito Grillo (dcha.)

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