La maldición de tocar a cuatro manos


El futuro está cantado. Y no metafóricamente -que también-, sino al compás de un piano de cola tocado a cuatro manos, con el que ya otros (antes que nosotros) se atrevieron a soñar. Es lo mismo que ocurre con los goles en contra o con los boletos premiados de la Lotería de Navidad: no creemos en ellos, pero de vez en cuando se asoman por encima de la puerta y nos dan una lección. El futuro, como la derrota -o Hacienda-, siempre vuelve. Y, por si acaso quedan dudas, siempre estuvo ahí.

Por ejemplo, cuando el año pasado Alfred y Amaia interpretaron la canción City Of Stars en la tercera gala de Operación Triunfo 2017, el futuro ya se encontraba sobrevolando sus cabezas en círculos, como un ave de rapiña a punto de atacar. No en balde, tocar al alimón aquella pieza sería el punto de partida de su relación amorosa y, ahora que hay rumores de ruptura, también pudo significar una evidencia de que tarde o temprano llegaría el final.

Hay ciertas intimidades que es mejor no compartir. O no forzar, como la música. Su talante explosivo podría hacer que volásemos por los aires en cualquier momento, ante cualquier imprevisto. Así, sin avisar, como le ocurrió a Else Kirschner en “los dorados años veinte”, demostrando que el arte y el amor rara vez conviven.

Tal y como escribe su hija, Angelika Schrobsdorff, en su libro Tú no eres como otras madres, Else Kirschner tenía claro su destino: “Hay que tener un hijo con cada hombre al que se ama”. Y en su búsqueda constante por encontrar el amor conoció a muchos pretendientes, a los que solía ir alternando. Uno de ellos fue Fritz Schwiefert, un muchacho que entendía de poesía y de teatro, y que sabía tocar el piano como ella. Lo conoció cuando estaba prometida con Alfred Mislowitzer, pero eso no importó. Fritz, de pronto, se convirtió en una especie de “amigo platónico” que compartía mesa y espectáculo con el futuro matrimonio y que, cuando su rival se quedaba dormido en el sofá, aprovechaba sus habilidades para acercarse a Else y ganarse sus afectos. Concretamente, “Fritz y Else tocaban el piano a cuatro manos arrimando sus cuerpos y susurrándose palabras de amor”, tal y como harían los concursantes de Operación Triunfo un siglo después, en un plató de televisión.

Por otro lado, Fritz también disfrutaba ridiculizando a su oponente delante de Else, “rociándolo con ironías sutiles y de doble fondo, desconcertándolo con consideraciones complejas o atacándolo con un malévolo sarcasmo”, incluso dedicándole poemas satíricos que lo dejaban en muy mal lugar en el libro de visitas de la familia Kirschner. Pero todo lo que un día parece perfecto, al día siguiente puede saltar en pedazos.

De este modo, Fritz acabaría comportándose como un auténtico capullo. Primero, abandonando a Else sin avisar; después, volviendo y acostándose con su mejor amiga; y, por último, haciendo estallar la frágil situación familiar que él mismo había provocado. Para entonces, Alfred ya no existía; y la música había dejado de sonar.

Lo malo que tienen las canciones es que todas, sin excepción, duran un tiempo determinado y después languidecen. Al final, el silencio siempre llega e impone su ritmo, como también ocurre en el amor. En este sentido es donde Amaia de España se parece a Else Kirschner: vividora, independiente, feminista; pero incapaz de creer en el futuro, aunque ya esté cantado. Mientras dure el presente, ¿qué más da? Sólo hay que hacer un poco de ejercicio, comer frutas y verduras, y evitar la tentación de tocar el piano a cuatro manos.

Respecto a Alfred, Amaia parece haberse olvidado de él con la misma intensidad con la que Else se despidió de Fritz en su momento: “Me voy, ¡y tras de mí, el diluvio!”, aunque todavía no haya nubes en el cielo y nada indique que pueda empezar a llover. Pero ocurrirá, al igual que ocurrió en el final de La La Land, cuando City Of Stars era interpretada en solitario. La banda sonora de una vida es así: con altibajos y momentos de tensión; pero siempre es acertada. Así que, acabe como acabe esta historia, tenemos que estar agradecidos, porque nunca brilló tanto como cuando fuimos testigos de su luz. Y eso es lo que verdaderamente importa.

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Alfred García y Amaia Romero tocando ‘City Of Stars’ en Operación Triunfo 2017 (via: RTVE)

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