Catálogo de regalos para niños que se portan mal


A veces me pregunto quién les traerá regalos a los niños que se portan mal. En Navidad, en Reyes, en cumpleaños… A esos otros niños más mayores que se gradúan, que se casan, que se jubilan; que pasan por la vida haciendo ruido y molestando, y de los que uno se despide escondiendo una lima dentro del pastel. Niños malos, chicos listos; jóvenes promesas de la delincuencia que aprendieron a buscarse la vida desde muy temprano, deslumbrados por el glamour de la mafia y el atractivo de las bandas. Muchachos como Henry Hill, que con trece años entró a formar parte del clan de los Lucchese; o el rapero Snoop Dogg, que vendía drogas en el instituto y actuaba como un pandillero antes de cumplir siquiera la mayoría de edad.

A ser gánster se empieza pronto y, normalmente, se termina de forma prematura. No hay tiempo para pedir permiso antes de acabar entre rejas, en el maletero de un coche o como testigo protegido. Es el precio a pagar por hacer lo que te dé la gana, por ser alguien y estar respaldado. A fin de cuentas, hay regalos que uno desmerece si lo único que hace es portarse bien.

En Relatos Salvajes, la explosiva película de Damián Szifrón, descubrimos que las malas conductas también pueden ser recompensadas. En la cinta, Ricardo Darín protagoniza una historia de injusticias cotidianas relacionada con una multa de aparcamiento. El personaje en cuestión, que había estacionado en una zona libre de prohibiciones, se encuentra con que tiene que pagar, de repente, una sanción que no merece; y opta por reclamar a la administración. Sin embargo, tras varias demandas desoídas, decide probar otro camino para acabar con sus problemas, y hace estallar el depósito municipal de vehículos con una bomba. Como en tantas otras ocasiones, los problemas particulares suelen coincidir con los problemas de todo el mundo y las soluciones arriesgadas suelen ser también las más aplaudidas, convirtiéndote en héroe nacional aunque tus huesos hayan terminado entre grilletes. Tal vez por eso los héroes favoritos de Henry Hill siempre fueron miembros de la mafia.

En Uno de los nuestros, de Martin Scorsese, ser gánster implicaba ser mejor que el resto y aparcar en doble fila. No necesitabas proezas para ganarte el respeto de los demás; y el joven Henry, desde pequeño, quiso ser uno de ellos. A los trece años empezó su carrera como aprendiz del capo Paul Vario; con el tiempo, ascendió en el escalafón y se convirtió en uno de los camorristas más famosos de Norteamérica, para acabar sus días traicionando a sus amigos y vendiendo a sus enemigos ante el grueso policial del FBI. Ray Liotta interpretó su papel de chico listo en el cine, y nos enseñó que los niños desobedientes no piden regalos: simplemente extienden la mano y los cogen sin preguntar.

Hay elementos que uno relaciona directamente con ese mundo clandestino. En una de las escenas iniciales de Goodfellas, por ejemplo, aparece Henry Hill en el porche de su casa vestido de traje, con zapatos italianos y chaqueta cruzada. Cuando le pregunta a su madre qué le parece su indumentaria, ella responde asustada: «¡Dios mío! ¡Pareces un gánster!». Pero se equivocaba, porque el estilismo de la mafia va más allá de las camisas de seda y los sombreros de fieltro.

«Cuando tienes estilo, te gusta que se note en cualquier faceta de la vida», escribía Juan Tallón a propósito del fútbol moderno. Y, realmente, no importa en qué lado del banquillo te toque jugar, porque siempre habrá oportunidades para lucirse. Así, un chándal y un esmoquin pueden tener la misma etiqueta; y un Martini y un cartón de vino pueden maridar con el mismo canapé.

Volviendo al joven Henry, su caso es un ejemplo práctico de estilo; porque, al igual que nos enseña a vestir a la última (cinematográficamente, al menos), también nos descubre que –sencillamente- cualquiera puede resultar atractivo vistiendo una chaqueta de gimnasia adidas y un pantalón elástico a juego. Y lo hace desde la sobriedad de la cárcel, donde todo necesita de un esfuerzo extra para deslumbrar.

Henry Hill, Rosalía, Hugo Chávez, el chandalismo revolucionario de Fidel Castro… Desde luego, todos los niños malos visten igual. Y es que, como dijo el diseñador Karl Lagerfeld hace años, «el pantalón de chándal es un símbolo de derrota. Has perdido el control de tu vida, así que te has comprado un chándal», aunque luego salgas a flote y consigas remontar. Pero, ¿existe alguien, acaso, que conozca bien cuál es la diferencia entre portarse mal y el descontrol?

Sea como sea, a quien le corresponda regalarle algo a los niños que se portaron mal este año tiene que tener en cuenta lo siguiente: y es que un chándal siempre será bien recibido por los jóvenes traviesos que llegaron a este mundo sin control. El resto, si acaso quieren algo, ya lo cogerán ellos solitos.

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Fragmento de la película “Uno de los nuestros” (1990)

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