Hambre electoral


En un debate electoral, tal y como ocurre en las comidas familiares o en las cenas de empresa, cuando hay hambre –política o alimentaria- se nota. En el mejor de los casos, los distintos candidatos tratarán de comerse entre sí. En el peor, no abrirán la boca para nada; salvo para hablar de ellos mismos y, quizá, beberse un par de copas de coñac. Ya lo había dejado escrito Manuel Vázquez Montalbán en Los mares del Sur (Planeta, 1979): “Una comida entre dos personas termina siendo un doble monólogo. Una tercera persona es la que establece realmente una conversación”. Sin embargo, estas dos últimas noches, aunque fueran cuatro los comensales a la mesa de Radio Televisión Española y Atresmedia –respectivamente-, no existió, en ningún momento, un diálogo fluido. Eso sí, el hambre de victoria llegó a eclipsar, en muchas ocasiones, todo lo demás.

Para ciertos sectores del poder, el apetito y la democracia funcionan de manera parecida. Por ejemplo, tal y como escribe Antonio J. Rodríguez en su última novela, Candidato (Literatura Random House, 2019), para la vieja guardia liberal -aunque podría aplicarse también a otras ideologías del espectro político-, “la enajenación librecambista no es comer productos delicatesen, sino devorar con lujuria productos que están podridos y que saben maravillosamente bien”. Así, las cosas han ido como han ido en los últimos tiempos; y por eso los votantes, ahora mismo, nos estamos recuperando de la indigestión, además de la apatía que suelen generar los grandes excesos. No obstante, la culpa no es unánime.

Desde luego, para no volver a repetir errores pasados, entre alguna de las muchas facultades que el electorado español tendría que volver a incorporar a su rutina está el hambre electoral y la exigencia constante de querer beneficiarse de productos políticos de calidad, evitando el conformismo. Pero esto no se consigue con fast food programática, concebida de la noche a la mañana y expuesta de manera bronca en un programa de televisión; sino con propuestas políticas suculentas, saludables y –sobre todo- digestivas, capaces de alumbrar un poco de futuro al colapso institucional contemporáneo. Y, salvo por un par de matices, esto no fue lo que vimos ayer (en Atresmedia) o antes de ayer (en RTVE); pero, sin lugar a dudas, es lo que nos hubiéramos merecido.

A grandes rasgos, estos debates a ida y vuelta se han limitado a funcionar como una máquina expendedora de titulares. Al igual que ocurría en la trama de Candidato, parece que los líderes de cada partido, antes de acudir a la cita mediática, les hubiesen preguntado a sus asesores: “¿Cuál crees que tendría que ser mi primer gran titular?”, y que éstos, al más puro estilo Simón Soria -el personaje central de la novela- les hayan terminado por contestar: “Di una gilipollez (…). Si somos demasiado inteligentes, caeremos mal. Es el momento de parecer idiotas”. Y sólo mediante esa lógica podemos entender alguna de las intervenciones de estos días.

Por un lado, hemos sido testigos de momentos que, pretendiendo ser inteligentes –o, al menos, ingeniosos-, han terminado siendo absurdos y generando crispación, como el intercambio de libros entre Albert Rivera (que traía consigo la tesis doctoral del Presidente del Gobierno) y Pedro Sánchez (que quiso regalarle al líder de Ciudadanos el libro de Fernando Sánchez Dragó sobre Santiago Abascal, líder de Vox); el repetido mantra de Pedro Sánchez de que a los líderes de PP y C’s convendría someterlos a un “detector de verdades” en cada intervención; o las constantes referencias a documentos y gráficos por parte de los protagonistas, en las que hubo margen para todo: constituciones, fotos enmarcadas, tarjetas sanitarias con la bandera de España, listas kilométricas sobre casos de corrupción, etc. Por no hablar, también, de esas otras idioteces que se produjeron bajo los focos del plató. Frases como “pedir el voto es (…) como decir qué vecino te da más garantías para dejarle las llaves cuando sales de vacaciones” o “esto es como el aloe vera, cada vez que investigan al gobierno de Pedro Sánchez encuentran más propiedades”, pronunciadas por Pablo Casado, han pasado ya a la historia de este formato televisivo; del mismo modo que lo han hecho el silencio de Rivera, la inesperada moderación de Iglesias –en cuanto a las formas-, y el malabarismo de Sánchez para evitar contestar a determinadas preguntas –como la del posible pacto con Ciudadanos- o para contestarlas a su manera –“falso es falso, no es no y nunca es nunca”, respecto a la existencia (o no) de un pacto con los separatistas-.

Lo que ocurre ahora, después de dos días seguidos atiborrándonos a píldoras electoralistas, es que, sin ganas de comer, hemos terminado hartos; sin hueco -siquiera- para el postre o el café. Al final, lo que tendría que haber hecho la Junta Electoral Central es aplicar la regla de productividad que utiliza Jeff Bezos -el propietario de Amazon- en sus reuniones de trabajo. Simple y llanamente: si a una reunión acude mucha gente (tanta que no podrían alimentarse con las porciones de dos pizzas enteras), directamente, se cancela; porque no va a salir nada útil de ella. Y con el hambre de victoria que tuvieron los candidatos en cada uno de los debates, en este caso, ni con dos pizzas familiares les hubiese dado para cenar. Menos mal que el día de las elecciones uno llega con el estómago vacío al colegio electoral y ha depurado sus ideas; porque, si no, terminaríamos votando con la barriga. Como dice Antonio J. Rodríguez al final de su obra: “Política es ética, y el órgano de la ética no es la cabeza. Es el estómago. Política es obedecer a las tripas”. Pero hay que recordar que, hasta la fecha, esa no ha sido siempre la mejor opción. A ver qué pasa el próximo domingo.

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Pablo Iglesias (Podemos), Pedro Sánchez (PSOE) y Albert Rivera (Ciudadanos) en uno de los momentos más inverosímiles del debate electoral de Atresmedia (vía: Antena 3)

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