Bryce Echenique, pico, pala


Dicen por ahí, los abanderados de la psicología popular, que al inicio de todo noviazgo lo fácil aburre, lo difícil atrae y lo imposible enamora. Seguramente, porque ellos nunca fueron el alma de la fiesta y necesitaban justificar sus decepciones de algún modo; pero, quién sabe: a lo mejor los aburridos siempre hemos sido nosotros. Y ellos, simplemente, se limitaban a decir la verdad.

El lado bueno de los refranes es ese: que son «ambivalentes». Se trata de construcciones tan perfectamente acabadas que «a una sentencia le corresponde su opuesta» y «en eso consiste la sabiduría popular, en no equivocarse nunca», tal y como escribía David Trueba en Tierra de campos (Anagrama, 2017). Allí, su ejemplo era sencillo: pues «lo mismo a quien madruga Dios le ayuda que no por mucho madrugar amanece más temprano». Pero, claro: si hablamos de amor, la cosa se complica.

Dentro de una relación afectiva, todos los matices importan. Es decir, que lo aburrido no es siempre lo fácil, y que el amor no tiene por qué ser imposible para funcionar. Eso lo primero. Pero también hay que saber que, dentro de una misma pareja, pueden darse todas las alternativas emocionales del mundo, y que pasar de 0 a 100 km/h. en cuestión de segundos -o viceversa- no es algo malo, si sabemos hacerlo bien. Como de costumbre, los problemas aparecen cuando alguien no tiene ni idea del asunto y empieza a tomar decisiones por su cuenta; y ahí tenemos el ejemplo de Pedro Balbuena, el protagonista enamoradizo de la novela Tantas veces Pedro (Anagrama, 1997), de Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939).

En su caso, después de pasar «tres meses, cinco días y las últimas veinticuatro horas que fueron atroces» saliendo con la que por entonces creía el amor de su vida, se encuentra abandonado sentimentalmente y decide ponerse a ligar con todo lo que se mueve a su alrededor, por una especie de plan expiatorio -o algo parecido- con el que pretendía recuperar el amor de su ex pareja. A todas luces, una idea disparatada; pues, ¿a quién se le ocurre conquistar a una persona así: exhibiendo su sinvergüencería por el mundo? Sólo a un loco. O, tal vez, a un loco herido.

En cuanto a la ex novia de Pedro Balbuena, qué decir. Estuvieron juntos un par de meses. Ella era de la alta sociedad, se llamaba Sophie, y se parecía demasiado a la protagonista de una foto que Pedro, de niño, había encontrado en la calle y había adorado hasta la extenuación. En su afán por encontrar a la verdadera modelo de la imagen, Pedro las había confundido un día al salir de casa, e, inevitablemente, le ofreció su corazón. Lo que sigue fue una pequeña historia de amor que acabó a los «tres meses, cinco días y las últimas veinticuatro horas que fueron atroces», pero que, en su cabeza, se mantuvo para siempre. Ahora bien, sólo en su cabeza; porque Sophie no quería saber nada de él, y no dudaba en machacarle cada vez que insistía.

Hasta ahora, todo concuerda con el refrán del principio. Para Pedro, que era un escritor desvergonzado y sin dinero, volver a engatusar a Sophie era imposible, pues no eran de la misma clase social; y por eso estaba tan enamorado. Para Sophie, que no paraba de recibir cartas de Pedro en las que le decía dónde estaba y hasta dónde estaba dispuesto a llegar para recuperar su corazón, nada era tan aburrido. Pero, como ya hemos dicho anteriormente, a toda sentencia le corresponde su opuesta, y la historia –como la vida- pone a cada uno en su lugar.

A nuestro amigo, por ejemplo, cada nueva experiencia amorosa le iba trayendo una certeza distinta. En realidad, Sophie no era tan buena para él –ni para nadie-, y ninguna otra mujer se merecía estar a la sombra de un recuerdo tan ingrato; por eso, cansado de inventar historias, llega el momento en que Pedro decide cortar por lo sano y afrontar la realidad. Es decir, deja de hacer sufrir a las mujeres que conquista y abandona, y se propone abandonar definitivamente a la mujer que tanta indiferencia le profesó.

Llegados a este punto, parecería que todo el mundo hubiese logrado lo que buscaba. Pedro, romper con todo y empezar a ser feliz. Ella, quedarse tranquila y evitar volver a oír el incesante ruido del amor no correspondido: pico, pala; pico, pala; pico, pala. Pero, como escribió Bryce Echenique, la «lógica loca del amor (…) se viene abajo al menor almanaque» y sólo triunfa «en la maravillosa ficción del amor imposible, que para durar toda la vida necesita del punto final de una novela». Así, al margen de todo razonamiento, Sophie empieza a sentir celos, a echar de menos y a valorar la incansable complacencia de Pedro justo cuando la novela estaba a punto de acabarse. Tirando otra vez de psicología popular, lo que sucedió fue lo de siempre: que uno, hasta perderlo, no se da cuenta de lo que tiene; y, normalmente, ese momento llega demasiado tarde.

Sea como sea, está claro que algunas personas han nacido –única y exclusivamente- para gustar. Para sentirse queridas. Para que el resto vaya detrás. Son, por así decirlo, amantes del calentamiento global; y, cuando ven que la temperatura exterior empieza a bajar, se enfadan y se ponen a llamar la atención. Por mucho que se quejen, no soportan dejar de ser el centro de todas las miradas, aunque no haya nadie en toda la sala que merezca una oportunidad. Y lo peor es eso: que, a pesar de odiar a sus admiradores (por no superar sus criterios de calidad), se mosquean cuando dejan de tenerlos, y lloran su pérdida en silencio y soledad. Eso, o estallan en una ira injustificada, tal y como terminó haciendo Sophie con Pedro Balbuena, al que intentó asesinar después de conocer su intención de abandonarla. Desde luego, hay decepciones de las que uno no termina de sobreponerse nunca.

En este sentido, al igual que les ocurre a sus personajes, Alfredo Bryce Echenique –tal y como cuenta su amigo Françoise Mujica– «se ha creado la necesidad de estar siempre enamorado», y, en más de una ocasión, eso le ha traído varios problemas. Por ejemplo, su primer amor, Maggie Revilla, a la que sacó una foto a escondidas la primera vez que la vio –y de la que más tarde se obsesionó, como en la historia de Tantas veces Pedro-, tras pasar algún tiempo juntos en Perú y, más tarde, en Europa, le abandonó para unirse a la guerrilla peruana en 1970, buscando colmar su sed de riesgo y aventuras. Allí, «todos los guerrilleros se la quisieron tirar. Y cuando descubrió que el antihéroe abandonado era el héroe que valía la pena», le dijo a Bryce: «vuelvo», pero él, que había sufrido mucho con su abandono, reunió el coraje suficiente y le contestó: «no vuelves», porque ya había conseguido superar esa derrota y reconstruir su vida, según dijo para la revista Gatopardo en un reportaje publicado en el año 2013.

Lo cierto es que en la vida, como en la ficción, enamora lo imposible. Es verdad. Pero, a veces, lo imposible también cansa y nos invita a abandonar. No en balde, antes que pasarnos la juventud persiguiendo fantasmas y fotografías, tal vez sea mejor conformarnos con lo que ya tenemos. En definitiva: aprender a ver el lado bueno de las cosas y apostar por la felicidad. Pico, pala; pico, pala; pico, pala. Es de las pocas cosas por las que merece la pena insistir.

Alfredo Bryce Echenique

Alfredo Bryce Echenique (via: Caretas)

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