Firmar libros, hacerte mayor


Da igual lo que digan los manuales de Biología o los catedráticos en Psicología Evolutiva de la Universidad: el ciclo vital es una farsa. Sí, como lo oyen: porque llegar a los ochenta años y haberte limitado –exclusivamente- a nacer, crecer, reproducirte y morir es lo mismo que no haber vivido nada. Se trata de algo demasiado sencillo. Cosa de niños, más bien. Y ahí está el problema principal.

Hasta hace relativamente poco, diferenciar la infancia de la madurez era sencillo. Bastaba con algunas experiencias y un par de cifras: la altura, los años y la posición económica. Pero, claro, los chavales de hoy en día miden más que sus padres, aparentan más edad de la que tienen y cobran lo mismo que sus hermanos; es decir, nada. Así que ahora lo único que queda para marcar cierta distancia intergeneracional son los detalles; y, de entre todos ellos, el que mejor puede adaptarse a las circunstancias es la firma personal.

Desde luego, una rúbrica consolidada puede ayudarnos a crecer correctamente. Ya lo escribió Laura Ferrero en su primera novela, Qué vas a hacer con el resto de tu vida (Alfaguara, 2017): «Mi madre nunca tuvo firma. Contaba que siempre esperó a ser mayor para inventarse una bonita, original, pero que nunca encontró el momento. Así, terminó firmando los documentos y las cartas únicamente con su nombre acompañado de una, dos o incluso tres rayas, dependiendo del día». Y, así, se quedó con un carácter infantil, frágil y huidizo: «Su nombre, subrayado. Tres líneas rectas y paralelas debajo de Adriana. Como si tuviera que apuntarlo para que no se cayera».

Como Adriana, muchos niños sueñan con hacerse mayores para tener una firma bonita y original. Creen que es cuestión de tiempo; que todos, a una edad determinada, aprendemos a hacer florituras con nuestro nombre y a transmitir, mediante tres o cuatro rayas bien dispuestas, nuestra auténtica personalidad. También lo creía Nancy Clutter con dieciséis años, una de las protagonistas de A sangre fría (Anagrama, 1987), el libro de no ficción que escribió Truman Capote sobre uno de los peores asesinatos de la historia de Holcomb, Kansas. «Como en cualquier otra manifestación, su caligrafía, inclinada hacia la derecha, o a la izquierda, redondeada, o picuda, apretada o espaciada, denotaba aquella preocupación suya, como si estuviera continuamente preguntándose: “¿Es Nancy así? ¿O es asá? ¿Cuál soy yo?”». Preguntas que, por otro lado, tendríamos que hacernos todos.

No en balde, las firmas también se cuestionan esas cosas. «¿Es mi autor así? ¿Es asá? ¿Qué clase de documentos tienen prioridad en su vida?», y, casi con total seguridad, si el autor es escritor -o todavía sigue siendo un niño-, encontrará una respuesta a la altura; y que consiga hacerle feliz: los libros.

Estos días, por ejemplo, sólo hay que darse una vuelta por los jardines del Retiro para constatar la realidad. Para ver cómo cientos de personas encuentran la firma perfecta y se hacen mayores; sobre todo, esos autores novicios que acaban de publicar su obra por primera vez. Se me ocurren tres casos: Ricardo F. Colmenero con Literatura infiel (una recopilación de sus columnas, editado por Círculo de tiza), Manuel Jabois con Malaherba (su primera novela, editada por Alfaguara) y un servidor, junto a Mario Alcudia, Esther Cervera y Elena Ramos, con #SoyPeriodista (CEU Ediciones, 2019).

Por los demás no puedo hablar, está claro; pero, de mí, quiero que sepan –antes de nada- que también llevo practicando los autógrafos desde pequeño. De hecho, firmar en la Feria del Libro de Madrid (en la caseta 188, el domingo 9 de junio) es lo que ha terminado de darle todo el sentido a mi rúbrica; y no hubiese sido posible sin todos los familiares y amigos que vinieron a darnos una oportunidad. Ahora estoy seguro de que firmar -si acaso sirve para algo más que para diferenciarnos de los niños- es una actividad que encuentra su auténtico significado en compañía.

En algunas cosas, también es una actividad que asusta. Al final, uno no sabe si poner su firma oficial (la del D.N.I. y los documentos importantes) o inventarse una más cutre. Si va a estar a la altura. Si la tinta del bolígrafo le va a gustar. Pero eso -me temo- hay que ir viéndolo sobre la marcha, como intentó hacer Adriana. O Nancy Clutter: «En una ocasión su profesora de inglés, la señora Riggs, le devolvió un tema que le había presentado con el comentario: “Bien. Pero ¿por qué escrito en tres caligrafías distintas?” A lo que Nancy replicó: “Porque todavía no soy lo bastante mayor como para tener una sola firma”». Ya saben.

Por suerte, ninguno de nosotros tuvo que cambiar demasiado su forma de escribir, y pudimos centrarnos en lo que realmente importaba: estar con la gente que te aprecia, rodeado de libros, dedicando tus mejores palabras (o intentándolo, al menos) a aquellos que siempre te apoyaron y que han ido hasta el Retiro, exclusivamente, para ver cómo te haces mayor. Muchas gracias a todos. Seguiremos escribiendo para que -algún día- podamos repetir. E irle devolviendo, así, todo el sentido del mundo a nuestro ciclo vital.

Firma de #SoyPeriodista, domingo 9 de junio, en la caseta 188 de la Feria del Libro de Madrid

Firma de #SoyPeriodista, el domingo 9 de junio, en la caseta 188 de la Feria del Libro de Madrid. Los autores, de izquierda a derecha: Alfonso Mareschal, Elena Ramos, Esther Cervera y Mario Alcudia.

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