‘Toy Story 4’: los juguetes en la época de su reproductibilidad técnica


En la última temporada de My Next Guest Needs No Introduction (No necesitan presentación), el periodista norteamericano David Letterman entrevistó al rapero Kanye West y le preguntó, entre otras muchas cosas, por sus recuerdos familiares. Concretamente, Letterman quería saber si el artista seguía teniendo presente el ejemplo de su madre, fallecida en 2007, en el transcurso de su vida cotidiana; y este, además de confirmarlo, aprovechó su respuesta para darle a todo el mundo una lección.

«Ahora mismo sería el momento más feliz de su vida. Con todos los niños corriendo por la casa, y teniendo la oportunidad de comprarles juguetes», comenzó diciendo West. «Recuerdo que mi madre, en su momento, me regaló un oso multicolor. Por aquel entonces, yo estaba muy obsesionado con Takashi Murakami. Coincidió con la grabación de mi tercer álbum, Graduation. Y, cuando me lo compró, me dijo: se parece mucho a lo que hace Murakami, ¿verdad? Pero yo me enfadé y le dije que no lo quería; que no tenía nada que ver. Entonces falleció. Fue un par de semanas después; y lo que hice, inmediatamente, fue poner patas arriba la casa y encontrar ese oso. Y, luego, ponerlo en lo alto de mi colección». Para el que no lo sepa, Murakami es uno de los artistas contemporáneos más importantes del mundo; y, aparte de la emotividad de la anécdota, lo que Kanye trata de enseñarnos es que -a veces- hasta el arte moderno y los juguetes se pueden llegar a confundir.

En su momento, las primeras películas de ‘Toy Story‘ nos dejaron claro que los humanos y los muñecos teníamos varios puntos en común. Ahora, en la última entrega de la saga, que llega a los cines veinticuatro años después del éxito original, Woody, Buzz y compañía nos enseñan que la vida (aunque sea imaginada) bebe directamente del arte y no al revés, como también creía Oscar Wilde. Así, la irrupción de un nuevo personaje, Forky, desempolva viejos tabúes y nos dice, directamente, que todo –absolutamente todo-, cuando somos pequeños, puede ayudarnos a jugar y a ser felices; aunque sea un tenedor de plástico y un par de alambres de color. Y, curiosamente, así es como funciona -la mayoría de las veces- el arte contemporáneo.

Ya lo dejó escrito César Aira en uno de sus ensayos, Sobre el arte contemporáneo / En la Habana (Literatura Random House, 2016): «Todo debe estar permitido para que lo que surja de ese todo tenga el valor liberador que deberíamos reclamarle al arte», y lo mismo tendría que ocurrir con el entretenimiento juvenil. Sin embargo, esa libertad no es suficiente; y los «Enemigos del Arte Contemporáneo», como los llama Aira, y del resto de actividades creativas (como jugar y divertirse) se empeñan en lastrar esta clase de actitudes con críticas pobres y aburridas. Sobre todo, aquellas que se centran en la falta de autonomía -y la consecuente necesidad de una historia de trasfondo que justifique la obra, o de un adulto responsable en la sala- y en la reproductibilidad. Sobre este último tema, el filósofo alemán Walter Benjamin tuvo mucho que decir. Tanto, que en 1936 escribió un ensayo titulado La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, donde criticaba, como un enemigo del arte contemporáneo más, sus principales características.

Para Benjamin, lo peor de la reproducción masiva del arte era la pérdida de su «aura», del «aquí y ahora de la obra de arte, su existencia irrepetible en el lugar que se encuentra», su contexto. Es decir, su historia de trasfondo. Sin ella, el resto está perdido; como los perros sin correa o las canicas sin su bolsita de algodón. Tal y como afirma el economista británico -y admirador del arte moderno- Don Thompson en su libro La supermodelo y la caja de Brillo (Ariel, 2015): «Lo que importa, en nuestro placer derivado, no es solo el aspecto, sino también lo que es realmente, lo que significa, de dónde viene». Y esto se puede aplicar tanto a las obras de arte como a los juguetes de toda la vida.

Si pensamos en la infancia, vemos que nuestro criterio no ha cambiado demasiado. Por ejemplo, cuando éramos niños no importaba si no había ninguna pelota en el recreo: con una lata de Coca-Cola nos bastaba; o con un calcetín y dos botones. Lo único indispensable era un poco de imaginación. Y ya, si eso, la propia capacidad para inventarse aventuras. Como diría Aira, «ciertos mecanismos inventados por mí, que hicieran funcionar la realidad a mi favor». Porque, al final, la diversión es como el arte: y siempre será mejor un juguete antiguo -con historia- que una PlayStation sin aura ni conexión emocional. En palabras de Walter Benjamin, se trata de quitarle «horror al mundo haciendo de él una copia reducida». Y, para eso, no hay nada mejor que tu muñeco favorito.

Como dijimos al principio, en ‘Toy Story 4 esa función la desempeña Forky: un aparente trozo de basura que, con una buena historia detrás (relacionada con el primer día de colegio), logra convertirse en la posesión preferida de Bonnie, la niña protagonista; y lo hace sin tener en cuenta al resto de juguetes. Precisamente, porque Forky tiene algo especial: un contexto que lo vincula directamente a ella (su creadora) y lo dota de exclusividad. Es lo que ocurre, también, con las obras de Picasso o de Pollock, cuando alguien las critica diciendo: «hasta mi hijo de tres años lo haría mejor». Pues adelante. Si es así, no lo frene y llévelo a ver ‘Toy Story‘. Porque allí aprenderá una de las nociones más importantes que existen sobre arte contemporáneo: que el arte es arte, básicamente, «porque yo soy un artista y digo que lo es», al estilo del pintor y ceramista Grayson Perry. Asimismo, los juguetes son juguetes porque todos hemos sido niños y decimos que lo son; sin importar la procedencia o los materiales. Incluido un tenedor.

Forky, Toy Story 4

El juguete/tenedor/obra de arte contemporánea Forky, en ‘Toy Story 4’ (vía: Disney Pixar)

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