De la misa, la mitad


Me despierto el Jueves Santo con la radio encendida. Sólo son las nueve de la mañana y ya está el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviniendo en el Congreso de los Diputados. Habla del decreto necesario para ampliar el estado de alarma, y nos advierte: la desaceleración de la pandemia traerá, cuando todo esto termine, una «nueva normalidad». Vaya, pienso. Siembra en mí la duda e, inmediatamente, me levanto, voy a la cocina y me pongo a desayunar. Cuando vuelvo a mi cuarto, quince minutos después y con la radio ya apagada, sigo oyendo voces.

Por norma general, cuando escucho según qué cosas a través de las paredes ya no me sorprendo. Desde que llegué a Madrid me he visto acostumbrado a tener siempre unos vecinos con una serie de convicciones políticas marcadas. En mi primer piso de estudiantes, por ejemplo, compartí tabique con una familia curiosa, una suerte de grupúsculo heteromatriarcal donde las opiniones que imperaban eran, exclusivamente, las pronunciadas por la madre; que era, a su vez, una ferviente seguidora de Podemos. «Dime a quién votas y te diré quién eres», le oí decir una vez. Y, ante el miedo que me generaron esas posibles vías de autodescubrimiento, nunca me atreví a pedirle prestado un poco de sal, o un par huevos, o una simple opinión. Mis vecinos actuales, en cambio, son más moderados. A ellos no les oigo discutir tan vehementemente contra el televisor, sino que se limitan, más bien, a hacerle un caso sepulcral y silencioso. Yo también lo haría, pues -no hay duda- saben lo que ver: el telediario, programas de noticias, la misa de ‘La 2’ y un porrón de películas antiguas, según llego a entender a través de los diálogos que filtra el gotelé.

Convendrán ustedes conmigo que ciertas profesiones, especialmente aquellas que hacen uso de la palabra como elemento inspirador de sus doctrinas, comparten una serie de características, y que el presentador de informativos, así como el actor de doblaje clásico y el cura tienen un tono de voz bastante similar. Así, los días que, como hoy, me despierto un poco más amodorrado, tengo más dificultades para discernir el papel concreto del interlocutor que escucho en la distancia; aunque no suelo fallar. No obstante, estas últimas semanas, con tanto trajín en el Congreso, había perdido un poco el norte y en varios momento no he sabido distinguir quién estaba diciendo qué, exactamente.

Volvamos al Jueves Santo, a esta misma mañana. Antes he dicho que, después de desayunar, a eso de las once, he vuelto a encerrarme en mi cuarto y he seguido oyendo voces, a pesar de tener la radio en silencio. Como tantas otras veces, no me sorprendí. Al fin y al cabo, los ruidos seguían teniendo el mismo tono mesiánico de siempre, y, teniendo en cuenta la sesión parlamentaria del Congreso, imaginé que la letanía saldría de ahí. Sin embargo, a los pocos segundos, escuché: «No se ha acabado el mundo, se ha acabado un mundo: el mundo tal y como lo conocemos (…). Un mundo nace y otro acaba de morir». Hay que joderse con la nueva normalidad, pensé, e, instintivamente, me puse a recordar el Pentateuco. «En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo (…). Y dijo Dios: Haya luz, y hubo luz». Desconcertado, decidí poner yo mismo las noticias en el televisor, y pude darme cuenta, así, de que el que hablaba en la tribuna del Congreso no era otro que Rufián. Y menos mal, oiga, porque ya estaba empezando a sentir el fatigoso peso de las responsabilidades, creyendo que Dios Todopoderoso me encargaba, en este Jueves Santo extraño y cautivo, guiar a nuestro desesperado pueblo hacia las tranquilas aguas de esta nueva e incierta forma de «normalidad».

Como ven, me entero de la misa, la mitad, pero no creo que esté siendo el único. Sea como sea, sólo espero que mis antiguos vecinos, que no dejaban de sufrir -y de hacer sufrir al edificio entero- con cada inoperancia del Gobierno, no lo estén pasando demasiado mal en estos momentos. Desde luego, creo que si todavía siguiese viviendo en aquella casa, con el tema del Covid-19, al menos, ya hubiésemos llegado a un consenso. Por egoísmo, por altruismo: da igual. Lo hubiésemos hecho, sobre todo, por necesidad.

gabriel-rufian-gtres_5_630x315.jpeg

Gabriel Rufián (ERC), en una sesión parlamentaria en el Congreso de los Diputados.

Un comentario en “De la misa, la mitad

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s