Gritos


Todos podríamos vivir en un sitio peor. Sin embargo, no lo hacemos: fin de la historia. Por ejemplo, hace dos años que mis compañeros y yo vivimos al lado de la sede del partido que está al frente del Gobierno -concretamente, nos mudamos el 1 de junio de 2018, el día en que el PSOE logró sacar adelante la moción de censura- y, aún así, a pesar de las constantes manifestaciones y de los gritos de protesta, somos perfectamente conscientes de que podríamos estar viviendo en un lugar peor. Al fin y al cabo, la importancia de habitar cualquier espacio, sea de un modo forzoso o no, reside en saberlo utilizar, y, si no, al menos, en saber sacarle partido. Y si bien es verdad que estamos cerca del bullicio, el barrio es agradable y los vecinos, por lo general, no suelen molestar.

Es evidente que hay de todo, pero, como en cualquier otro lado, se cumple aquella ley universal que el sociólogo sueco Ulf Hannerz recogió en 1980, en su monumental ensayo ‘Exploración de la ciudad: hacia una antropología urbana’. Quizá sea pretencioso hablar de esta obra en unas circunstancias como las presentes, cuando lo máximo que podemos explorar son nuestras casas y lo más exótico que alcanzamos a observar, con suerte, es el portal del edificio, a través del cual logramos ver la calle a contraluz y algunos transportes públicos vacíos. No obstante, hubo un tiempo, hace no mucho, en que veíamos muchas más cosas; la principal: gente. Y de eso es, precisamente, de lo que Hannerz nos habla cuando trata de reconstruir una suerte de etnografía de la vecindad, recordándonos lo que, hoy en día, nos hace tanta falta evocar: «Los vínculos más cercanos se establecían generalmente con los vecinos inmediatos», y, siempre, «los que vivían a unas cuantas casas de distancia eran tratados con una cordialidad que disminuía conforme aumentaba la distancia de sus viviendas, hasta el punto de que los que vivían al final de la calle se tenían que contentar con un rápido saludo y la más breve mirada de reconocimiento». Desgraciadamente, la nostalgia del pasado nos ha retrotraído demasiado y nos hemos empezado a embrutecer. Estos días, la cordialidad con que tratamos a nuestros vecinos más cercanos es excesiva, y las breves miradas de reconocimiento que les lanzamos a los que están más alejados son inquisitoriales. A unos les gritamos para saber si todo sigue bien y a los otros, por el contrario, para desearles que les vaya todo mal. O, al menos, eso es lo que parece. Porque los gritos que no se oyen a las ocho de la tarde son, en muchas ocasiones, gritos de reprobación. (Artículo completo en Frontera D)

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