Fin de fiesta: crónica de una noche larga antes de salir a pasear


Se lo preguntaron a Leiva en una ocasión: «¿Te fuerzas a vivir cosas sólo para poder contarlas?», y él dijo que no, que ya no hacía eso. «Igual en unos años de mi vida anteriores me adelantaba a la experiencia para tener una canción (…). Pero llega un punto en el que no tengo tantas expectativas», sentenció. Quizá, vivir determinadas situaciones para luego poder contarlas como propias sea una cuestión generacional, algo del pasado, de la juventud, como cuando cantaba con Pereza aquello de: «Bebiendo y bailando, / bailando y bailando, va pasando el tiempo. / No hay nada como las noches de verano. / No hay nada como las ganas que te tengo», donde terminaban dejando claro cuáles eran, y quiénes, sus rincones favoritos de Madrid. Por ahora, esos rincones se han limitado a los espacios más cercanos, a los que se encuentran a menos de un kilómetro de distancia del propio domicilio; pero, poco a poco, volveremos a ir conquistando los demás. Así lo he ido haciendo yo, por ejemplo. Ah, y juro que todo lo que cuento en estas líneas ha ocurrido de verdad, aunque sean cosas que, inevitablemente, me haya forzado a vivir.

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Son las 00:00 del día 2 de mayo de 2020, sábado, y he hecho coincidir la hora en que la orden ministerial ‘sobre las condiciones en las que se puede realizar actividad física no profesional al aire libre durante la situación de crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19’ entra en vigor con el descorchado de una botella de vino blanco. Es un malvasía volcánico, seco, con denominación de origen de Lanzarote que compré una vez como regalo y que nunca regalé por considerar que la persona a la que iba dirigido no se lo merecía por completo. Desde entonces, ha estado guardado en la nevera esperando a una ocasión especial. Repito, son las 00:00 y mi intención es aguantar despierto hasta las 06:00, que es cuando el Gobierno nos permite salir por primera vez en mes y medio a hacer un poco de ejercicio, estirar los músculos o pasear. Acompaño la primera copa con una lectura en diagonal del B.O.E. y me sorprendo cuando, en la orden ministerial, apuntan lo siguiente: «En la medida de lo posible, la actividad física permitida por esta orden debe realizarse de manera continuada evitando paradas innecesarias en las vías o espacios de uso público. Cuando en atención a las condiciones físicas de la persona que está realizando la actividad sea necesario hacer una parada en las vías o espacios de uso público, la misma se llevará a cabo por el tiempo estrictamente necesario». No se preocupen, señores agentes: no salgo a dar un paseo desde hace ya varias semanas, pero saldré de casa en condiciones, calentito, para no tener que claudicar. Me sirvo, en consecuencia, otra copa de vino.

Sé que, en realidad, hoy no va ocurrir nada importante. No van a venir los Reyes Magos ni Papá Noel, pero siento el mismo cosquilleo, el mismo nerviosismo. He preparado, por si acaso, un pequeño picoteo en mi habitación: tortilla, queso, embutido, tostadas y aceitunas que he robado de la balda que ocupan mis compañeros de piso en la nevera. Así los hago participes del evento, me digo; pero la verdad es otra: yo sólo tenía vino para celebrar una ocasión tan distinguida. Vuelvo a mi cuarto y me pongo a hablar con todo el mundo por WhatsApp. También quiero hacer participes de un momento como éste a mis amigos, aunque sea de manera digital. Los echo de menos y lo tengo claro: hasta las 06:00, que pueda volver a recorrer las calles de mi barrio, mi rincón favorito de Madrid van a ser ellos.

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Son la 02:30, aproximadamente, y todos mis contactos más cercanos ya saben lo que me propongo. Han detectado mi bulo de salir a correr de madrugada, como Rocky, mucho antes que los verificadores de noticias de internet, y me he visto obligado a confesar mis intenciones. Si me paso la noche despierto, bebiendo, y salgo a dar una vuelta a las seis de la mañana será como si hubiésemos salido de fiesta y estuviéramos volviendo a casa, borrachos, justo cuando empieza a amanecer, como tantas otras veces. Es un fin de fiesta rotundo, les digo; la celebración de que el infame coronavirus, por fin, se está empezando a marchar de nuestra vidas. O eso es lo que espero, de verdad.

Mientras tanto, algunos se suman a la algarabía: se abren cervezas checas, se sirven copas de Cardhu y por presión -o por nostalgia- yo me sirvo también una copa de Arehucas, porque los canarios somos «gentes del ron», como escribió Ignacio Aldecoa en su ‘Cuaderno de godo’, y nuestra luna es, por tanto, «luna de ron» y Coca-Cola. Total, que nos ponemos un poco al día, un poco a tono y hacemos planes para cuando todo esto vuelva a la normalidad. Estamos hablando hasta las 04:00 y la mayoría, a esa hora, se marchan a descansar.

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«No queda nada, no queda nada, no queda nada», me repito una y mil veces en el transcurso de las 04:00 a las 04:05. Me acuerdo de las películas de ‘El caballero oscuro’, cuando Harvey Dent dice aquello de «la noche es más oscura justo antes del amanecer», y de la psicopatía de Jack Nicholson en ‘El resplandor’, anotando obsesivamente, en la versión en castellano, que «no por mucho madrugar amanece más temprano». Son horas bajas y mi empresa podría venirse abajo en cualquier momento, aquejada por la soledad, pero no desfallecemos. ¿Qué escribió Céline en su particular ‘Viaje al fin de la noche’, acaso? «Ánimo, Ferdinand -me repetía a mí mismo, para alentarme-, a fuerza de verte echado a la calle en todas partes, seguro que acabarás descubriendo lo que da tanto miedo a todos, a todos esos cabrones, y que debe de encontrarse al fin de la noche. ¡Por eso no van ellos hasta el fin de la noche!». Sólo queda una hora y poco para lograrlo, para llegar al final de la noche. No pienso dejar que el miedo me amedrente, por tanto; y aprovecho para servirme la segunda y última copa de ron, sin apenas Coca-Cola.

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Son las 05:00 y me siento a la deriva, como un marinero. Noto el vaivén de las olas a mi alrededor, aunque navegue en tierra firme. De hecho, lo único que reconforta mi ánimo es una estrella, a la que sigo y que me guía, y el último compañero que queda vivo -aún- en la embarcación. Los dos me aúpan: estoy seguro de que antes se tirarían ellos por la borda que dejarme a mí caer. Y creo que eso era, en realidad, lo mejor de las fiestas: la unidad, la camaradería, pasarlo bien, volver a casa por las noches persiguiendo golondrinas. ¡Anda, son las 06:00! Salgo de casa, la oscuridad lo invade todo; tan sólo están despiertos los astros, que me observan desde el cielo.

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Al comienzo de ‘Últimas tardes con Teresa’, de Juan Marsé, una pareja camina «lentamente sobre un lecho de confeti y serpentinas, una noche estrellada de septiembre». Es la «última noche de Fiesta Mayor (el confeti del adiós, el vals de las velas) en un barrio popular y suburbano, las cuatro de la madrugada, todo ha terminado. Está vacío el tablado donde poco antes la orquesta interpretaba melodías solicitadas (…). En la calle queda la desolación que sucede a las verbenas». Yo, por el contrario, camino a paso ligero, sobre un lecho de grava y arena, por los alrededores del Parque del Oeste, en Madrid. Sin embargo, en la calle sólo queda, como en la historia de Marsé, la desolación que sucede a las verbenas. Veo a varios corredores a los que intento saludar torpemente respetando las distancias -quizá por la simpatía que despiertan los cubatas a las seis de la mañana- pero que, tristemente, no se dignan a contestar. También veo a un par de tipos extraños, ataviados con gorra, cadenas y riñonera, que, si no fuera porque compartirían conmigo el protagonismo y la idea del artículo, diría que volvían de una fiesta mucho más destructiva que la mía. Y, por último, veo que el ambiente empieza a clarear, cambiando la tonalidad del firmamento. Sin haber excedido la hora ni el kilómetro permitidos, vuelvo a casa a las 06:35.

No quiero perderme el amanecer de un nuevo día -¿de una nueva vida, quizás?- y, al llegar a mi cuarto, me asomo a la ventana con los restos de un burrito entre las manos. Hubiese preferido desayunar unos churros con chocolate, pero, al fin y al cabo, no se puede volver de fiesta sin algo de comida basura en las arterias, y eso es lo que tenía en la nevera, de la noche anterior. Lo disfruto mientras observo la Casa de Campo a lo lejos y, al otro lado, la fachada ennegrecida de El Corte Inglés de la calle Princesa. Le doy las buenas noches a mi estrella, que no ha querido despedirse hasta que regreso sano y salvo al edificio. Enfrente, un chaval cierra la persiana a las 07:00. No soy el único que ha tenido una noche provechosa, parece ser. Tampoco he sido el único al que se le ha acabado la fiesta. «Eres mi rincón favorito de Madrid», pienso, tal y como cantara Pereza, antes de acostarme. Pero yo ya no pienso en bares, ni en paseos, ni en discotecas; sólo se me viene a la cabeza un grupo reducido de gente. Y en lo alto, inseparable, un sol que nos ampara. Ojalá sigamos amaneciendo juntos, muchachos; como tantas otras veces.

Prueba fotográfica tomada a las 06:05 del día 2 de mayo de 2020, en el primer paseo permitido desde que comenzó el confinamiento y el estado de alarma.

Prueba fotográfica tomada a las 06:05 del día 2 de mayo de 2020, en el primer paseo permitido desde que comenzó el confinamiento y el estado de alarma.

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