Domingueros


Esta semana, por cuestiones que escapan a mi entendimiento y al continuo marco espacio-temporal en que vivimos, el universo decidió confabularse con Santiago Abascal y sus muchachos y hacer que el domingo, después de tantos años, por fin cayese en sábado. Es, de hecho, uno de los pocos detalles electoralistas que han merecido la pena a lo largo de estos días de cuarentena y confinamiento: ver cómo, con el movimiento limitado y los horarios reducidos, podíamos disfrutar de los planes dominicales un día antes de lo previsto; teniendo, así, la jornada siguiente, enterita, reservada para descansar, y no con el calendario marcado, lleno de compromisos. Fue este sábado, por tanto, de los de comer paella de marisco -no hay plato con un colorido más español, por cierto; ni más dominguero-, de los de ir a misa matutina, desayunar churros con chocolate, ver un telefilme barato a las cuatro de la tarde y salir luego a pasear o a dar una pequeña vuelta con el coche.

Ir recuperando los domingos, a pesar de que en domingos -precisamente- es en lo que se han ido convirtiendo el resto de los días de la semana, sería como ir empezando a recuperar lentamente la normalidad. Paso a paso; o semáforo a semáforo, como dirían los líderes de Vox respecto a las manifestaciones automovilísticas del sábado. En ellas, miles de coches colapsaron las carreteras y autovías, con las ventanillas bajadas para asomar de vez en cuando una bandera de España o el dedo corazón, marcando el ritmo del atasco con el claxon o con sus radiocasetes, como hacían los antiguos esclavos romanos con un tambor en las galeras. Porque, para Vox, todos somos esclavos: del sistema, del Gobierno, de la cuarentena; y ahora, incluso, de nuestro propio coche y de sus respectivos sistemas de ventilación, como el dominguero que se marcha al pueblo durante el fin de semana, en verano, y baja los cristales para saludar a su paso a todos los vecinos de la localidad.

Dadas las circunstancias, y a pesar de que una manifestación automovilística me parezca, por ese mismo motivo, un acierto conceptual, éste no deja de ser un evento para domingueros, aunque, como decíamos al principio, haya caído en sábado. Me recuerda a un artículo que leí una vez en el ‘Patio global’ de El Mundo, la sección de opinión de los corresponsales extranjeros del diario, donde, hablando de la victoria presidencial de Donald Trump en los Estados Unidos, contaban cómo varios americanos negacionistas del cambio climático se habían lanzado a la carretera para celebrarlo, con la única intención de recorrerse el país contaminando y expulsando CO2 de sus tubos de escape. El coche, por tanto, ya había funcionado como revulsivo en el discurso político con anterioridad, pero no tanto como el sábado/domingo pasado. Esta vez, y parecido a lo que escribió David Trueba en ‘Tierra de campos’ (Anagrama, 2017), fue el auténtico protagonista del día, así como los sentimientos que el vehículo condensa en su interior, cuando circula a más de treinta grados de temperatura. Porque, como decía uno de los personajes de la novela, «se puede vivir sin coche, pero se vive peor». Básicamente, porque viviríamos sin protestar.

En su ensayo ‘Arden las redes: la postcensura y el nuevo mundo virtual’ (Debate, 2017), el escritor y periodista Juan Soto Ivars también recurría al ejemplo de los conductores para explicar el enfado generalizado y la ruptura social que impera en nuestra época por culpa del auge de las redes sociales y las nuevas tecnologías, que tanto estamos viviendo, de nuevo, estos días. «Hablaremos ahora del curioso fenómeno de disociación de la personalidad al que nos tiene acostumbrados la vida en las redes sociales, que me recuerda a lo que les pasa a los conductores: protegidos en el interior de su coche, pierden los papeles y sueltan improperios que rara vez se atreverían a decirle a alguien a la cara. El coche brinda una atmósfera de intimidad y de aislamiento. A través del parabrisas, los demás no parecen personas, sino máquinas, y la máquina que nos envuelve funciona también como una máscara. Al otro lado del volante están nuestros enemigos en la jungla del asfalto», cuenta Soto Ivars; y parece como si estuviera hablando del atasco de ayer sábado/domingo en plena Castellana. O del percal que nos vamos encontrando en Twitter, o en los balcones, a lo largo del día, conforme se va acercando la hora de sacar las cacerolas y ponerse a berrear.

Lo que está claro es que, si bien uno puede aislarse del ruido de las baterías de cocina con un poco de música y cerrando todas las ventanas del salón, olvidarse del ruido de las pitas y de las bocinas es más complicado, por su estridencia y agresividad. No son formas normales ni educadas -¡Ni ecológicas siquiera!- de pedir las cosas, pero son unas formas tan ruidosas que, como mínimo, habría que estar sordo para no querer darse cuenta de la situación; como le ocurre al dominguero que recorre la Tierra de Campos castellana y decide levantar una densa polvareda a su alrededor, con el único pretexto de fingir que nunca había visto aquella señal de «prohibido el paso». No en balde, ‘Sábado, domingo’ (Alfaguara, 2019) es, además de un evento extrañísimo ocurrido ayer en toda España, una novela de Ray Loriga sobre la culpa y el hecho de vivir eternamente torturado por el cargo de conciencia. En su presentación, sin ir más lejos, la promocionaban con la siguiente idea: «El tiempo es nuestro único juez y el domingo siempre llega», y no sé qué pensarán ustedes, pero, quizás, Pedro Sánchez, como presidente del Gobierno, debería leerla.

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Foto de la manifestación automovilística organizada por Vox el pasado sábado/domingo 23 de mayo. (vía: Europa Press)