Natalia Ginzburg: entre un espejo dorado y las pequeñas virtudes, como la nostalgia


Contaba Natalia Ginzburg (Palermo, 1916 – Roma, 1991), allá por la década de los cincuenta, que en la época en que escribía sus cuentos breves, «con la afición a los personajes bien captados y a los detalles minuciosos, en aquella época vi pasar una vez por la calle un carro que llevaba un espejo, un gran espejo con marco dorado». Según ella, «se reflejaba en él el cielo verde del atardecer, y yo me paré a mirarlo mientras pasaba, con una gran felicidad y la sensación de que ocurría algo importante (…). El espejo sobre el carro me pareció que me ofrecía nuevas posibilidades, quizá la facultad de mirar una realidad más gloriosa y brillante, una realidad más feliz, que no exigía minuciosas descripciones y hallazgos astutos, sino que podía realizarse en una imagen resplandeciente». Así es como lo narra en ‘Mi oficio’, al menos, uno de los once relatos autobiográficos que la escritora italiana recoge y nos regala en Las pequeñas virtudes (Acantilado, 2002). Y, más allá de resultar anecdótico, el hecho tiene una importancia capital; no en vano, a partir de ese momento Natalia Ginzburg dejaría de lado su «obstinada y chismosa búsqueda de pulgas», que es como ella misma llamaba a su obsesión por los detalles, a su propia fijación por lo insignificante, y se centraría en escribir como si, en vez de usar una estilográfica, manejase un espejo de mano: algo capaz de reflejar los rostros ajenos y de hacerlos converger, un elemento con el que todos terminamos sintiéndonos plasmados; capaz, más que ningún otro, de convertir algo tan sombrío como «las relaciones humanas» en imágenes resplandecientes que iluminen nuestro deambular. Porque es así como escribe Natalia Ginzburg, «descubriendo que es bonito que un personaje sea miserable y cómico, a fuerza de comicidad y de conmiseración», y esa es, sin duda, la mejor manera de lograrlo: enfrentándolo con su reflejo, siendo consciente de que, si el lector es capaz de sentirse identificado, habrás logrado tu misión; un poco como Valle-Inclán pontificando aquello de que sólo «los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida (…) sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada». Bueno, deformada sí; pero mínimamente compuesta, que es lo que termina dándole a las cosas un poco de color. Ahora bien, cuando se rompen los espejos, saltan las esquirlas y los cristales pueden acabar hundiéndose en la piel.

«La ironía y la perversidad me parecían armas muy importantes en mis manos», apuntaba la propia narradora. «Me parecía que me servían para escribir como un hombre, tenía horror de que se comprendiera que era una mujer por las cosas que escribía. Creaba siempre personajes masculinos, para que estuvieran lo más lejanos y separados de mí que fuera posible», como en ‘Las relaciones humanas’; pero, aún así, su manera de contar las realidades cotidianas era universal. Si no, ¿cómo se explica ese manejo de la palabra, esa forma que tiene de hacer nuestra, precisamente, su nostalgia? Porque en el itinerario mental -y sentimental- que traza sobre aquellos años de la guerra -de la II G. M., concretamente- podemos asomarnos todos y sentir como propia su pretérita aflicción.

En el relato ‘Invierno en Abruzos’, por ejemplo, escribió: «La nostalgia aumentaba en nosotros día a día. A veces era hasta agradable, como una compañía dulce y levemente embriagadora (…). En ocasiones, la nostalgia se hacía intensa y amarga, y se convertía en odio». Pero como siempre se empeñó en escribir separando a sus protagonistas de sí misma todo lo que fuera posible, la nostalgia que encontramos en sus textos no es una nostalgia particular, intimista, pulgosa; es, más bien, una nostalgia colectiva, sobre todo en esa época de sumisión política y militar en que le tocó vivir a la familia Ginzburg durante el periodo de entreguerras, en la Italia fascista y cadavérica de la primera mitad del siglo XX; y eso que, en el fondo, no todos entendemos el exilio -«En el techo de la habitación había pintada un águila: yo miraba el águila y pensaba que aquello era el exilio»-, ni las penurias, ni la desolación; pero Natalia Ginzburg, recordamos, ya no se fijaba en los escombros, como antes, sino que escribía repensando en su cabeza aquel espejo grande de marco dorado que reflejaba el cielo de su infancia y los penetrantes rayos del sol.

Cuando somos pequeños, al fin y al cabo, casi todos los recuerdos son felices. «En la infancia, tenemos los ojos fijos, sobre todo, en el mundo de los adultos, oscuro y misterioso para nosotros», contaba al inicio de ‘Las relaciones humanas’ la escritora siciliana; sin embargo, cuando somos adultos nos damos cuenta de que, en realidad, el mundo misterioso sólo existía verdaderamente en nuestra infancia. De eso tratan, al final, las relaciones humanas, ese «largo camino que nos toca recorrer para llegar a tener un poco de misericordia», y que está plagado de momentos felices: la primera amistad, las primeras vacaciones de verano, el primer amor, los primeros hijos; pero así es, también, como funciona la maldición del tiempo: revelándole valor a las cosas perdidas sólo cuando éstas han dejado de brillar. Pero siempre queda un hueco para los milagros.

«Un día encontramos a la persona justa», explica Ginzburg para hablarnos del amor. «Nos quedamos indiferentes, porque no la hemos reconocido; paseamos con la persona justa por las calles de la periferia, vamos adquiriendo poco a poco la costumbre de pasear juntos todos los días. De vez en cuando, distraídos, nos preguntamos si no estaremos quizá paseando con la persona justa; pero creemos que no». Al contrario, como estamos tan a gusto y tan tranquilos con ella, creemos que no estamos tratando con esa persona especial; pero «al cabo de muchos años, sólo al cabo de muchos años, una vez que entre nosotros y esta persona se ha tejido una densa red de costumbres, de recuerdos y de violentos contrastes, sabremos, al fin, que era verdaderamente la persona justa para nosotros, que no habríamos soportado a otra, que sólo a ella le podemos pedir todo lo que nuestro corazón necesita». Después vendrán los hijos, y, por supuesto, se constatará que la vida avanza dando círculos, que las cosas sólo se entienden con un poco de perspectiva -los espejos retrovisores son perfectos para esto, por cierto-, y que todo tiempo pasado fue mejor.

De todos modos, y haciendo caso a lo que planteaba Pablo Neruda en su Libro de las preguntas, es bueno cuestionarse, de vez en cuando, «¿en qué ventana me quedé mirando el tiempo sepultado?», porque puede que la respuesta se encargue de levantar otra inquietud: «¿O lo que miro desde lejos es lo que no he vivido aún?». Sea como sea, el tiempo avanza y no da tregua; pero habrá que darle una oportunidad. «Nuestra suerte transcurre en este alternarse de esperanzas y nostalgias», decía la autora sobre el exilio; y, de las pocas cosas que nos quedan, la nostalgia podría llegar a convertirse, incluso, en la opción más tentadora. Así que ya saben: lean a Natalia Ginzburg ya, amigos, y combatan al olvido: con «fantasía», y no tanto con «memoria». De este modo es cómo único le hubiera gustado a ella; no hay más.

Natalia Ginzburg (1916 – 1991).

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