James Salter, y el camino hacia la soledad

En esta vida hay que tener cuidado con la soledad. Pero, sobre todo, hay que tener cuidado con las ganas de estar solo. Podrían volverse en nuestra contra de repente: en cualquier momento, en cualquier lugar, y obligarnos a cambiar el rumbo. Sucede como con las autopistas de peaje: creemos que estamos dispuestos a pagar el precio; pero no. Nadie lo está. A nadie le interesa. Y, al final, tomar atajos siempre sale caro.

Contaba James Salter en sus memorias que, durante uno de los inviernos de su juventud, con trece o catorce años, había conocido a la hija de un oficial de marines con la que se divertía compartiendo trineo y descendiendo a toda velocidad por las calles nevadas y empinadas de Washington. Además del entretenimiento, le gustaba rodearle la cintura con los brazos y, mientras bajaban por las colinas y se chocaban contra los terraplenes, subir las manos como si nada y tocar lo que -para entonces- le estaba prohibido. Como a ella tampoco parecía importarle, Salter le preguntó a su primo si creía que tenía posibilidades de seducirla; y, ante la rotunda afirmación, comenzó a urdir un plan que le permitiría vivir una de sus primeras experiencias amorosas. Su estrategia era sencilla: quedar a solas en la casa de sus tíos con la hija del oficial e intentar conquistarla; pero, como habíamos dicho al principio, forzar la intimidad suele jugar malas pasadas, y las cosas no siempre terminan como uno las había imaginado. En su caso, «pese a los planes que hicimos, no funcionó. Tomamos chocolate en la cocina, pero cuando se enteró de que no había nadie más en la casa, con repentina cautela, huyó». Dejándole con cara de tonto, y enseñándole que triunfar en el amor es mucho más complicado de lo que parece. Sigue leyendo

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Rafael Alberti siempre estuvo ahí

(Texto original publicado en Esquire)

Cuando llegas a una edad determinada, escapar de los problemas se vuelve insoportable. Da igual lo pequeños que sean o la fuerza de voluntad que hayas reunido, siempre encontrarán la manera de tocarte las narices. Parece, incluso, que la única solución sea afrontarlos, porque sabes que son duros de roer y a ti se te está cayendo la dentadura; pero, al mismo tiempo, quieres mandarlo todo al infierno y reírte entre silbidos. En realidad, huir de los problemas es el problema más importante de nuestra época. No por la cobardía y la falta de heroísmo que supone, sino por la vergüenza y los conflictos que genera. Al fin y al cabo, las calamidades nunca llegan solas, y evitarlas del todo se está volviendo inabarcable.

El destino no se puede cambiar. Si esquivas un contratiempo ahora, ya se encargará otro de chocar contigo en el futuro. Por ejemplo, si has decidido dejar de beber alcohol para llevar una vida sana, ya se encargarán tus amigos de hacerte lidiar con borrachos durante el resto de la noche. No hay bien que por mal no venga, podríamos decir. Y, si no, deberíamos preguntarle a Rafael Alberti. Sigue leyendo

El cine que salvó a Sartre

(Texto original publicado en Esquire)

A todos nos corresponde un lugar en el mundo. Un sitio al que acudir cuando nos hayan prohibido el resto, donde las luces se apaguen y no nos lleve demasiado tiempo reencontrarnos. Da igual el que sea, en realidad, siempre que cumpla con los requisitos más profundos del ser humano y consiga hacernos felices; pero es inevitable que, de entre todas las posibilidades, solo podamos quedarnos con una.

Decía el poeta Rainer María Rilke que la verdadera patria del hombre está en la infancia. Es en ella donde aparecen las primeras pasiones, los primeros intereses, las tempranas aficiones que nos encaminarán hacia el futuro. Es en la infancia, a su vez, donde amanece la vocación y el talento de algunos, como fue el caso del propio Rilke, que siempre creyó que su destino sería escribir una gran obra; o el caso del pintor Rafael, que desde pequeño se sintió tan atraído por los colores que la primera vez que vio al Papa en persona no le hizo el más mínimo caso, pues no podía apartar la vista de sus llamativos ropajes. Como estas, otras historias le sucedieron a otros niños ordinarios que, tras el desempeño de sus no menos ordinarias obligaciones, acabarían convirtiéndose en Bach, en Rousseau o en Molière; y sus experiencias, compiladas bajo el título de L’Enfance des hommes illustres, serían las encargadas de acompañar al jovencísimo Jean-Paul Sartre a través de su juventud. Sigue leyendo

Interrogatorios, o cuando Dashiell Hammett y Carlos Barral acabaron en el banquillo

(Texto original publicado en Esquire)

Pocas cosas sientan peor que una mala pregunta. Esas que se formulan con malicia y doble sentido, que no hacen otra cosa que perjudicar y confundir al que escucha. Esas que tienen la intención de fastidiar, para que nos entendamos, y que surgen en el momento menos oportuno, como cuando te has dado de bruces contra el suelo y a alguien se le ocurre cuestionar si te has hecho daño. A nadie le gustan, en realidad; y, si existen, es por el placer que supone dar una buena respuesta.

Da igual quién seas, la cantidad de series policíacas que hayas podido ver, lo confiado que te creas: siempre va a haber alguien que te saque de tus casillas con una pregunta comprometida, como cuando tu jefe te pide los informes atrasados o tu novia deja caer que pronto será vuestro aniversario. Todos somos vulnerables, hasta Dahiell Hammett, padre de la novela negra norteamericana y antiguo detective privado, que sobre el tema tenía que saber un poquito. Su caso, desde luego, fue curioso. Sigue leyendo

Alexiévich, Holan y el silencio

En 1948, cuando el Partido Comunista alcanzó el poder en Checoslovaquia, el poeta Vladimír Holan decidió emprender su particular viaje hacia el exilio. Ningún otro destino era posible; al fin y al cabo, cuando prohíben tu obra y te condenan al olvido en tu propio país, la única opción es huir de los demás o hacerlo de ti mismo. Ante este dilema, el artista es el único que puede encontrar una solución prudente y, como tal, Holan prefirió encerrarse en su casa durante quince años a abandonar su patria para siempre. Desde allí se enfrentó al muro de la censura y escribió un total de cinco novelas -que acabaría destruyendo- y diez libros de poemas. Gracias a ellos, se convertiría en “el más importante de los poetas checos” y demostraría que «Todo, hasta el mismo silencio tiene algo que callar», como rezaba uno de sus versos.

La verdad es que hay pocas voces mejores que el silencio. Su musiquilla engancha, se queda detrás de la oreja y reaparece en los momentos más importantes, como cuando estás solo o te gustaría estarlo. Es un eco del pasado, que nos recuerda que en algún momento la vida hará mutis y no podremos evitarlo. La gente está acostumbrada a enmudecer frente al ruido, que no es sino un grito desesperado por la calma; pero ante el silencio no se suele reaccionar, aun escondiendo los secretos que esconde. Sin duda, hay que ser valiente para romperlo. Sigue leyendo

El spoiler de Ricardo Piglia y otras enemistades

Todos tenemos enemigos. En el deporte, en el trabajo, en el tren; incluso en casa cuando estamos solos y con el pestillo echado. Creemos que no andan cerca, pero están esperándonos en la esquina, ocultando su cara detrás de un libro o de un periódico abierto. Algunos se parecen tanto a nosotros que se esconden entre las novelas que aún no hemos logrado terminar, a unos cuantos capítulos de distancia; y otros, sin embargo, son tan solo enemigos accidentales, como Ricardo Piglia el día que me desveló cómo acababa El largo adiós de Raymond Chandler.

Por extraño que parezca, la enemistad ha dejado de ser cosa de dos. Ahora, cuando una persona decide oponerse a otra, suele hacerlo por sí misma y sin darle al otro la oportunidad de arreglarlo. A mí con Piglia me pasó algo parecido y, como digo, tal vez el único culpable fuera yo; pues nunca tendría que haber hojeado el resumen que el escritor argentino había dedicado a la obra de Chandler hasta que no hubiese terminado de leer la obra en cuestión. Así resulta tentativamente fácil averiguar quién es el asesino antes de tiempo. Y eso, en una novela negra, supone averiguarlo todo. Sigue leyendo

Quién quiere una cita

Las primeras citas siempre salen mal. Uno debería ahorrárselas si quiere ir en serio, robarlas, plagiarlas; empezar directamente por la segunda o por la última, esperar el bofetón con los ojos abiertos. Una primera cita es el fin y hay que estar convencido, hay que perseguirlo y escabullirse riendo. Son algo inevitable, como los atascos; y aun existiendo expertos arruinándolas, nadie ha conseguido nunca entenderlas del todo.

Cuando pienso en citas frustradas siempre recuerdo a aquel personaje bajito y caradura llamado Marsé que aparecía de forma fugaz en Últimas tardes con Teresa. Era un experto en no conseguir nada, y los expertos -como todo el mundo sabe- lo son porque les gusta, o bien lo que hacen o bien lo que dejan de hacer. El tal Marsé era un maestro en meter mano, un especialista en echar por la borda cualquier posibilidad, un sinvergüenza que después de acosar a las chicas del “Salón Ritmo” les daba su número de teléfono aun sabiendo que no le llamarían en la vida. Era un estratega que prefería el juego al resultado, y que no tenía tiempo para preocupaciones. Actuaba según sus impulsos: un calentón frío y calculado; y disfrutaba yendo derecho hacia la bofetada, sin preliminares. Sigue leyendo