‘Toy Story 4’: los juguetes en la época de su reproductibilidad técnica

En la última temporada de My Next Guest Needs No Introduction (No necesitan presentación), el periodista norteamericano David Letterman entrevistó al rapero Kanye West y le preguntó, entre otras muchas cosas, por sus recuerdos familiares. Concretamente, Letterman quería saber si el artista seguía teniendo presente el ejemplo de su madre, fallecida en 2007, en el transcurso de su vida cotidiana; y este, además de confirmarlo, aprovechó su respuesta para darle a todo el mundo una lección.

«Ahora mismo sería el momento más feliz de su vida. Con todos los niños corriendo por la casa, y teniendo la oportunidad de comprarles juguetes», comenzó diciendo West. «Recuerdo que mi madre, en su momento, me regaló un oso multicolor. Por aquel entonces, yo estaba muy obsesionado con Takashi Murakami. Coincidió con la grabación de mi tercer álbum, Graduation. Y, cuando me lo compró, me dijo: se parece mucho a lo que hace Murakami, ¿verdad? Pero yo me enfadé y le dije que no lo quería; que no tenía nada que ver. Entonces falleció. Fue un par de semanas después; y lo que hice, inmediatamente, fue poner patas arriba la casa y encontrar ese oso. Y, luego, ponerlo en lo alto de mi colección». Para el que no lo sepa, Murakami es uno de los artistas contemporáneos más importantes del mundo; y, aparte de la emotividad de la anécdota, lo que Kanye trata de enseñarnos es que -a veces- hasta el arte moderno y los juguetes se pueden llegar a confundir. Sigue leyendo

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Firmar libros, hacerte mayor

Da igual lo que digan los manuales de Biología o los catedráticos en Psicología Evolutiva de la Universidad: el ciclo vital es una farsa. Sí, como lo oyen: porque llegar a los ochenta años y haberte limitado –exclusivamente- a nacer, crecer, reproducirte y morir es lo mismo que no haber vivido nada. Se trata de algo demasiado sencillo. Cosa de niños, más bien. Y ahí está el problema principal.

Hasta hace relativamente poco, diferenciar la infancia de la madurez era sencillo. Bastaba con algunas experiencias y un par de cifras: la altura, los años y la posición económica. Pero, claro, los chavales de hoy en día miden más que sus padres, aparentan más edad de la que tienen y cobran lo mismo que sus hermanos; es decir, nada. Así que ahora lo único que queda para marcar cierta distancia intergeneracional son los detalles; y, de entre todos ellos, el que mejor puede adaptarse a las circunstancias es la firma personal.

Desde luego, una rúbrica consolidada puede ayudarnos a crecer correctamente. Ya lo escribió Laura Ferrero en su primera novela, Qué vas a hacer con el resto de tu vida (Alfaguara, 2017): «Mi madre nunca tuvo firma. Contaba que siempre esperó a ser mayor para inventarse una bonita, original, pero que nunca encontró el momento. Así, terminó firmando los documentos y las cartas únicamente con su nombre acompañado de una, dos o incluso tres rayas, dependiendo del día». Y, así, se quedó con un carácter infantil, frágil y huidizo: «Su nombre, subrayado. Tres líneas rectas y paralelas debajo de Adriana. Como si tuviera que apuntarlo para que no se cayera». Sigue leyendo

Prólogos, dedicatorias y un primer libro en el mercado: #SoyPeriodista (CEU Ediciones, 2019)

Tal y como afirma Pedro Sánchez en el prólogo de Manual de resistencia (Península, 2019), entre los mandatarios europeos «no resulta frecuente (…) publicar sus memorias al acceder al cargo de primer ministro». Por su parte, lo normal es esperar un par de años, hasta haber perdido casi todos los apoyos y tener, así, algo que contarle al público; pero no se crean ustedes que esto sólo ocurre allí.

Normalmente, para que un profesional logre publicar unas memorias, o cualquier otra obra de carácter retrospectivo (e introspectivo), es indispensable haber estado durante una buena temporada en la primera línea de fuego. Ya me entienden: si eres cocinero, haber estado al cargo de un restaurante de renombre; si eres cantante, haber llenado el Bernabéu; si eres periodista, haber llegado a director. «Y, sin embargo, estas memorias concluyen justo cuando fui elegido presidente del Gobierno», nos dice Sánchez; admitiendo su descaro y generando expectación. Y, claro, si Pedro Sánchez pudo hacerlo, ¿a nosotros quién nos lo iba a impedir? Me explico:

Resulta que hace unas semanas salió de imprenta un libro maravilloso. Se llama #SoyPeriodista (CEU Ediciones, 2019) y está escrito a cuatro manos por dos profesores de la Universidad CEU San Pablo de Madrid (Mario Alcudia y Esther Cervera), una ex alumna (Elena Ramos) y un servidor (que todavía sigue estudiando). En él se recogen 16 encuentros con diversos periodistas de la talla de Luis del Olmo, Iñaki Gabilondo, Carlos Alsina o Jorge Bustos; y, a pesar de las diferencias con el contenido –a todas luces recomendable-, también podría aplicársele -en algún sentido- el prólogo de Manual de resistencia. A fin de cuentas, ¿qué clase de persona, sin ser el presidente del Gobierno, tendría la desfachatez de publicar un libro con el título de #SoyPeriodista sin haber, siquiera, terminado la carrera? A priori, a un descerebrado; pero, antes de responder, deberíamos preguntarnos: ¿Qué significa, realmente, ser periodista? Sigue leyendo

Bryce Echenique, pico, pala

Dicen por ahí, los abanderados de la psicología popular, que al inicio de todo noviazgo lo fácil aburre, lo difícil atrae y lo imposible enamora. Seguramente, porque ellos nunca fueron el alma de la fiesta y necesitaban justificar sus decepciones de algún modo; pero, quién sabe: a lo mejor los aburridos siempre hemos sido nosotros. Y ellos, simplemente, se limitaban a decir la verdad.

El lado bueno de los refranes es ese: que son «ambivalentes». Se trata de construcciones tan perfectamente acabadas que «a una sentencia le corresponde su opuesta» y «en eso consiste la sabiduría popular, en no equivocarse nunca», tal y como escribía David Trueba en Tierra de campos (Anagrama, 2017). Allí, su ejemplo era sencillo: pues «lo mismo a quien madruga Dios le ayuda que no por mucho madrugar amanece más temprano». Pero, claro: si hablamos de amor, la cosa se complica. Sigue leyendo

Hambre electoral

En un debate electoral, tal y como ocurre en las comidas familiares o en las cenas de empresa, cuando hay hambre –política o alimentaria- se nota. En el mejor de los casos, los distintos candidatos tratarán de comerse entre sí. En el peor, no abrirán la boca para nada; salvo para hablar de ellos mismos y, quizá, beberse un par de copas de coñac. Ya lo había dejado escrito Manuel Vázquez Montalbán en Los mares del Sur (Planeta, 1979): “Una comida entre dos personas termina siendo un doble monólogo. Una tercera persona es la que establece realmente una conversación”. Sin embargo, estas dos últimas noches, aunque fueran cuatro los comensales a la mesa de Radio Televisión Española y Atresmedia –respectivamente-, no existió, en ningún momento, un diálogo fluido. Eso sí, el hambre de victoria llegó a eclipsar, en muchas ocasiones, todo lo demás.

Para ciertos sectores del poder, el apetito y la democracia funcionan de manera parecida. Por ejemplo, tal y como escribe Antonio J. Rodríguez en su última novela, Candidato (Literatura Random House, 2019), para la vieja guardia liberal -aunque podría aplicarse también a otras ideologías del espectro político-, “la enajenación librecambista no es comer productos delicatesen, sino devorar con lujuria productos que están podridos y que saben maravillosamente bien”. Así, las cosas han ido como han ido en los últimos tiempos; y por eso los votantes, ahora mismo, nos estamos recuperando de la indigestión, además de la apatía que suelen generar los grandes excesos. No obstante, la culpa no es unánime. Sigue leyendo

Catálogo de regalos para niños que se portan mal

A veces me pregunto quién les traerá regalos a los niños que se portan mal. En Navidad, en Reyes, en cumpleaños… A esos otros niños más mayores que se gradúan, que se casan, que se jubilan; que pasan por la vida haciendo ruido y molestando, y de los que uno se despide escondiendo una lima dentro del pastel. Niños malos, chicos listos; jóvenes promesas de la delincuencia que aprendieron a buscarse la vida desde muy temprano, deslumbrados por el glamour de la mafia y el atractivo de las bandas. Muchachos como Henry Hill, que con trece años entró a formar parte del clan de los Lucchese; o el rapero Snoop Dogg, que vendía drogas en el instituto y actuaba como un pandillero antes de cumplir, siquiera, la mayoría de edad.

A ser gánster se empieza pronto y, normalmente, se termina de forma prematura. No hay tiempo para pedir permiso antes de acabar entre rejas, en el maletero de un coche o como testigo protegido. Es el precio a pagar por hacer lo que te dé la gana, por ser alguien y estar respaldado. A fin de cuentas, hay regalos que uno desmerece si lo único que hace es portarse bien. Sigue leyendo

La maldición de tocar a cuatro manos

El futuro está cantado. Y no metafóricamente -que también-, sino al compás de un piano de cola tocado a cuatro manos, con el que ya otros (antes que nosotros) se atrevieron a soñar. Es lo mismo que ocurre con los goles en contra o con los boletos premiados de la Lotería de Navidad: no creemos en ellos, pero de vez en cuando se asoman por encima de la puerta y nos dan una lección. El futuro, como la derrota -o Hacienda-, siempre vuelve. Y, por si acaso quedan dudas, siempre estuvo ahí.

Por ejemplo, cuando el año pasado Alfred y Amaia interpretaron la canción City Of Stars en la tercera gala de Operación Triunfo 2017, el futuro ya se encontraba sobrevolando sus cabezas en círculos, como un ave de rapiña a punto de atacar. No en balde, tocar al alimón aquella pieza sería el punto de partida de su relación amorosa y, ahora que hay rumores de ruptura, también pudo significar una evidencia de que tarde o temprano llegaría el final. Sigue leyendo