Entrevista al fotoperiodista Pablo Cobos (Audio)

Pablo Cobos Terán (Málaga, 1985) es un fotoperiodista freelance que acaba de regresar de cubrir una de las mayores contiendas de Oriente Medio. Desde principios de año ha estado inmortalizando la ofensiva del Ejercito iraquí en Mosul, que combate contra el Estado Islámico con el fin de recuperar los territorios arrebatados por el mismo. En esta entrevista, realizada conjuntamente por María Vallejo y Alfonso Mareschal, nos cuenta -entre otras cosas- cómo ha sido su experiencia ante el conflicto, la dureza de los ataques de ISIS y las dificultades que entraña volver a casa. Sigue leyendo

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La derrota de Hillary Clinton, o cómo darle la vuelta a una apuesta segura

Jamás pensé que alguien como Donald Trump podría llegar a convertirse en el presidente de los Estados Unidos. Bueno, tal vez lo sospechara un poco. Al final, con los ecos del Brexit y la fragilidad de las encuestas; pero nunca creí capaces a los norteamericanos de nombrar presidente a alguien como él. Qué se le va a hacer, hay países a los que les gusta apostar a lo grande y que tienen cierta predilección por el rojo. La ruleta política es así de arriesgada.

Por mi parte, yo daba como ganadora a Hillary Clinton. En cierto sentido lo hacía porque sí, como un acto de negación ante la posibilidad de que Trump alcanzase el poder, al igual que debió de ocurrir en alguno de los Swing States en los que ganó la candidata demócrata. Apoyaba a Clinton porque no había nadie mejor en la carrera presidencial, supongo. Y mientras lo hacía, preparaba un artículo dedicado a su victoria electoral: entrevistas, fechas, logros que he tenido que reconducir o desechar a tenor de los resultados.

El artículo en cuestión hubiese empezado con una frase del cineasta Michael Moore, que en 1996 escribió un libro titulado Downsize This! Random Threats from an Unarmed American y que incluía un capítulo dedicado a su amor prohibido por la que en aquel entonces era la Primera Dama de los Estados Unidos. La idea se contextualizaba dentro de la primera campaña presidencial de su marido, Bill Clinton, y venía a decir que, desafortunadamente, al no concurrir ella como candidata, lo que tendrían que hacer muchos demócratas como él sería conformarse con votar a su esposo. Decía que ya llegarían tiempos mejores, pero que por el momento el mundo aún no estaba preparado para Hillary. Sigue leyendo

El debate a cuatro y el pabellón de afásicos de Oliver Sacks

En la década de los ochenta, el neurólogo y escritor Oliver Sacks describió la reacción de un grupo de afásicos que veía por la televisión un discurso de Ronald Reagan. Los sujetos, que debido a su trastorno no eran capaces de entender las palabras del presidente, no pararon de reír durante toda la retransmisión; pues, a pesar del déficit que sufrían, eran especialmente sensibles a los gestos y a la expresión corporal del político. Ya lo afirmaba Nietzsche: «Se puede mentir con la boca, pero la expresión que acompaña a las palabras dice la verdad». Y ni las muecas ni los tonos falsos son capaces de esconderla.

Después del debate electoral de anoche, cargado de elementos visuales tan acusadores como las cartulinas de Albert Rivera, no puedo evitar preguntarme cómo hubiesen reaccionado los mismos pacientes del pabellón de afasia de Sacks; partiendo de que a ellos es imposible convencerlos o engañarlos mediante argumentos. ¿Hubiesen estallado en carcajadas con alguno de los candidatos o hubieran acabado desconcertados? Sigue leyendo

El spoiler de Ricardo Piglia y otras enemistades

Todos tenemos enemigos. En el deporte, en el trabajo, en el tren; incluso en casa cuando estamos solos y con el pestillo echado. Creemos que no andan cerca, pero están esperándonos en la esquina, ocultando su cara detrás de un libro o de un periódico abierto. Algunos se parecen tanto a nosotros que se esconden entre las novelas que aún no hemos logrado terminar, a unos cuantos capítulos de distancia; y otros, sin embargo, son tan solo enemigos accidentales, como Ricardo Piglia el día que me desveló cómo acababa El largo adiós de Raymond Chandler.

Por extraño que parezca, la enemistad ha dejado de ser cosa de dos. Ahora, cuando una persona decide oponerse a otra, suele hacerlo por sí misma y sin darle al otro la oportunidad de arreglarlo. A mí con Piglia me pasó algo parecido y, como digo, tal vez el único culpable fuera yo; pues nunca tendría que haber hojeado el resumen que el escritor argentino había dedicado a la obra de Chandler hasta que no hubiese terminado de leer la obra en cuestión. Así resulta tentativamente fácil averiguar quién es el asesino antes de tiempo. Y eso, en una novela negra, supone averiguarlo todo. Sigue leyendo

Quién quiere una cita

Las primeras citas siempre salen mal. Uno debería ahorrárselas si quiere ir en serio, robarlas, plagiarlas; empezar directamente por la segunda o por la última, esperar el bofetón con los ojos abiertos. Una primera cita es el fin y hay que estar convencido, hay que perseguirlo y escabullirse riendo. Son algo inevitable, como los atascos; y aun existiendo expertos arruinándolas, nadie ha conseguido nunca entenderlas del todo.

Cuando pienso en citas frustradas siempre recuerdo a aquel personaje bajito y caradura llamado Marsé que aparecía de forma fugaz en Últimas tardes con Teresa. Era un experto en no conseguir nada, y los expertos -como todo el mundo sabe- lo son porque les gusta, o bien lo que hacen o bien lo que dejan de hacer. El tal Marsé era un maestro en meter mano, un especialista en echar por la borda cualquier posibilidad, un sinvergüenza que después de acosar a las chicas del “Salón Ritmo” les daba su número de teléfono aun sabiendo que no le llamarían en la vida. Era un estratega que prefería el juego al resultado, y que no tenía tiempo para preocupaciones. Actuaba según sus impulsos: un calentón frío y calculado; y disfrutaba yendo derecho hacia la bofetada, sin preliminares. Sigue leyendo

Flirteratura o cómo leer más te puede ayudar a ligar mejor

En palabras de Raymond Carver, Chéjov prefería, «como era habitual en él, el flirteo al matrimonio». Era un hombre «lento de acción en materia amorosa», tal y como lo describe en su relato Tres rosas amarillas, pero a su vez un alma frágil y encarecidamente humana. Con su esposa, Olga Knipper, antes de casarse mantuvo una relación de tres años en la que no faltaron las separaciones, los inevitables malentendidos y -sobre todo- las cartas. Tampoco faltaron los cuentos, pues fue en ese intervalo cuando Chéjov publicaría uno de sus relatos más conocidos: La dama del perrito.

Todos los cuentos de Chéjov pretenden aproximarse a la vida real evitando los lugares comunes de la literatura. De este modo, La dama del perrito no corresponde a la típica historia de amor que comienza con un encuentro apasionado, sino más bien lo hace a través de una conversación frívola y azarosa sobre un perrito blanco de Pomerania. «No muerde» dice ella. «¿Le puedo dar un hueso?» contesta él; cuando en realidad lo único que les interesaba a ambos era medirse mutuamente, sopesar su grado de compatibilidad. ¿A quién no le ha pasado esto alguna vez: preguntar por una cosa para saber la verdad sobre algo totalmente diferente y usar las letras como pretexto? Sigue leyendo

Hemingway, amigo

(Texto original publicado en Highway)

Ya nos pedía perdón Bradley Cooper en su nombre en El lado bueno de las cosas después de tirar un ejemplar de Adiós a las armas por la ventana; que por qué no podía Ernest Hemingway ser un poco más positivo y darle un final feliz a la historia, decía, pero la verdad es que cuesta imaginarse al duro de Hemingway siendo esencialmente positivo, sobrio e insignificante en alguno de sus relatos. Francis Scott Fitzgerald, del que llegó a ser amigo, decía que nunca había creído demasiado en la felicidad. Tampoco en la tristeza. Y aunque sus personajes, marcados por un claro componente autobiográfico, estuvieran destinados a la soledad, también bebían de aquel ateísmo que acabó conformando el dogma de la Generación Perdida. No creer en la felicidad no era otra cosa que posicionarse frente a ella.

Según un prólogo de El gran Gatsby, la principal diferencia entre los personajes de ambos escritores era que «a los de Hemingway les suele ocurrir lo que a él le hubiera gustado que le pasara, y a los de Scott Fitzgerald, por el contrario, lo que a su creador no le hubiera gustado que sucediera». Sin embargo, los protagonistas de Fiesta -la primera novela de Hemingway- podrían suponer una excepción. Sigue leyendo