Hambre electoral

En un debate electoral, tal y como ocurre en las comidas familiares o en las cenas de empresa, cuando hay hambre –política o alimentaria- se nota. En el mejor de los casos, los distintos candidatos tratarán de comerse entre sí. En el peor, no abrirán la boca para nada; salvo para hablar de ellos mismos y, quizá, beberse un par de copas de coñac. Ya lo había dejado escrito Manuel Vázquez Montalbán en Los mares del Sur (Planeta, 1979): “Una comida entre dos personas termina siendo un doble monólogo. Una tercera persona es la que establece realmente una conversación”. Sin embargo, estas dos últimas noches, aunque fueran cuatro los comensales a la mesa de Radio Televisión Española y Atresmedia –respectivamente-, no existió, en ningún momento, un diálogo fluido. Eso sí, el hambre de victoria llegó a eclipsar, en muchas ocasiones, todo lo demás.

Para ciertos sectores del poder, el apetito y la democracia funcionan de manera parecida. Por ejemplo, tal y como escribe Antonio J. Rodríguez en su última novela, Candidato (Literatura Random House, 2019), para la vieja guardia liberal -aunque podría aplicarse también a otras ideologías del espectro político-, “la enajenación librecambista no es comer productos delicatesen, sino devorar con lujuria productos que están podridos y que saben maravillosamente bien”. Así, las cosas han ido como han ido en los últimos tiempos; y por eso los votantes, ahora mismo, nos estamos recuperando de la indigestión, además de la apatía que suelen generar los grandes excesos. No obstante, la culpa no es unánime. Sigue leyendo

Anuncios

Rodrigo Rato no escuchó a Pepito Grillo

En 1993, el Partido Popular se había preparado concienzudamente para ganar las elecciones generales (sin éxito, hay que decir). Después de algunos años a la sombra, su intención era romper con la hegemonía del Gobierno de Felipe González y el Partido Socialista; y, para ello, habían confeccionado, en el seno de Génova, un Manual del candidato en el que recogían una serie de consejos para que el aspirante a presidente, José María Aznar, lograse imponerse -de una vez por todas- a su invencible rival político. Es curioso, porque, tal y como cuenta el periodista Luis Carandell en su libro de anécdotas parlamentarias, “Se abre la sesión”, todo apunta a que el coordinador de ese texto habría sido Rodrigo Rato, por entonces portavoz parlamentario del Grupo Popular y mano derecha de Aznar.

Es evidente que, en 1993, no había nada que nos hiciese sospechar de Rodrigo Rato como delincuente. En esa época todavía mantenía su estatus de brillante promesa y desarrollaba actividades tan curiosas como la edición de un manual de consejos electorales para su partido. No obstante, si atendemos al pasado, quizá podamos vislumbrar un poco mejor su trayectoria (y, especialmente, su reciente desenlace). Sigue leyendo

Jan Peumans, un político ‘peliculero’ y defensor del ‘procés’ desde el Parlamento de Flandes

Al presidente del Parlamento de FlandesJan Peumans, le hubiera gustado ser director de cine. Así lo declaró en 2010, en una entrevista para el periódico de la Universidad Católica de Lovaina, cuando cumplía poco menos de un año en el cargo, al que accedió el 13 de julio de 2009. Antes había sido jefe adjunto del gabinete del ministro flamenco de Obras Públicas (1988-1991), alcalde de Riemst (1995-2006), líder del consejo provincial de Limburgo (1985-1987 y 1991-2004) y diputado del Parlamento Flamenco por la provincia de Limburgo (desde 2004); pero en su trayectoria nunca se cruzó la posibilidad de hacer películas. Sus padres consideraban que el cine era algo inmoral y por eso acudió a la universidad, donde cursó ciencias políticas y sociales. Allí, sus sueños cambiaron de rumbo, y fue donde nació su ambición política: en vez de director cinematográfico, ahora quería ser ministro. (Artículo completo en EL MUNDO)

La derrota de Hillary Clinton, o cómo darle la vuelta a una apuesta segura

Jamás pensé que alguien como Donald Trump podría llegar a convertirse en el presidente de los Estados Unidos. Bueno, tal vez lo sospechara un poco. Al final, con los ecos del Brexit y la fragilidad de las encuestas; pero nunca creí capaces a los norteamericanos de nombrar presidente a alguien como él. Qué se le va a hacer, hay países a los que les gusta apostar a lo grande y que tienen cierta predilección por el rojo. La ruleta política es así de arriesgada.

Por mi parte, yo daba como ganadora a Hillary Clinton. En cierto sentido lo hacía porque sí, como un acto de negación ante la posibilidad de que Trump alcanzase el poder, al igual que debió de ocurrir en alguno de los Swing States en los que ganó la candidata demócrata. Apoyaba a Clinton porque no había nadie mejor en la carrera presidencial, supongo. Y mientras lo hacía, preparaba un artículo dedicado a su victoria electoral: entrevistas, fechas, logros que he tenido que reconducir o desechar a tenor de los resultados.

El artículo en cuestión hubiese empezado con una frase del cineasta Michael Moore, que en 1996 escribió un libro titulado Downsize This! Random Threats from an Unarmed American y que incluía un capítulo dedicado a su amor prohibido por la que en aquel entonces era la Primera Dama de los Estados Unidos. La idea se contextualizaba dentro de la primera campaña presidencial de su marido, Bill Clinton, y venía a decir que, desafortunadamente, al no concurrir ella como candidata, lo que tendrían que hacer muchos demócratas como él sería conformarse con votar a su esposo. Decía que ya llegarían tiempos mejores, pero que por el momento el mundo aún no estaba preparado para Hillary. Sigue leyendo

El debate a cuatro y el pabellón de afásicos de Oliver Sacks

En la década de los ochenta, el neurólogo y escritor Oliver Sacks describió la reacción de un grupo de afásicos que veía por la televisión un discurso de Ronald Reagan. Los sujetos, que debido a su trastorno no eran capaces de entender las palabras del presidente, no pararon de reír durante toda la retransmisión; pues, a pesar del déficit que sufrían, eran especialmente sensibles a los gestos y a la expresión corporal del político. Ya lo afirmaba Nietzsche: «Se puede mentir con la boca, pero la expresión que acompaña a las palabras dice la verdad». Y ni las muecas ni los tonos falsos son capaces de esconderla.

Después del debate electoral de anoche, cargado de elementos visuales tan acusadores como las cartulinas de Albert Rivera, no puedo evitar preguntarme cómo hubiesen reaccionado los mismos pacientes del pabellón de afasia de Sacks; partiendo de que a ellos es imposible convencerlos o engañarlos mediante argumentos. ¿Hubiesen estallado en carcajadas con alguno de los candidatos o hubieran acabado desconcertados? Sigue leyendo

¿Cuándo volvimos a partir el mundo a la mitad?

Hace unas semanas, el periodista Félix Población escribía para Público.es un breve artículo titulado “Felipe VI no dijo Podemos”, en el que se preguntaba si la ausencia de la primera persona de plural del verbo poder a lo largo del Mensaje de Navidad, suponía un cambio estructural a la hora de confeccionar los discursos políticos de este nuevo año electoral, marcado por la aparición de nuevas fuerzas políticas. Su capacidad de observación, simbólica y detallista, lograba aislar un hecho que ni siquiera llegó a producirse, como era pronunciar la forma verbal “podemos”, del resto del contenido expuesto por Su Majestad el Rey.

Hay otras situaciones, sin embargo, que no pueden aislarse tan fácilmente entre sí. El atentado contra el semanario satírico francés Charlie Hebdo del pasado 7 de enero, por ejemplo, contiene un sinfín de matices ideológicos, religiosos y sociales que, después de la masacre, se muestran inseparables. Sigue leyendo

Un anillo para gobernarlos a todos (conclusiones sobre Juan Carlos Monedero)

El anillo de Juan Carlos Monedero es uno de esos elementos casi mitológicos que conforman la nueva política española. Ni las pajaritas de Sosa Wagner ni el pañuelo palestino de Sánchez Gordillo ni las chaquetas de pana que a veces llevan los progresistas nos habían dado nunca tanta información sobre alguien. Un objeto que se yergue en el corazón de la izquierda (dedo y mano, respectivamente) y que manifiesta ciertas similitudes con el discurso de su dueño, cobra protagonismo en cada gesto del politólogo.

La sortija (evitemos llamarlo joya, que eso es cosa de la casta) es hueca, de procedencia desconocida y poco -o nada- brillante. No habrá pagado por ella más que la parte legítima de su precio y antes de adquirirla lo habrá consultado varias veces con su círculo de confianza; pues ya se sabe que hay decisiones que uno no debe tomar solo. Tal vez la compró en Venezuela, o se la regalaron envuelta en viejos periódicos del ’78 o en páginas obsoletas de la Constitución. Si fue así, a lo mejor ese era el regalo y el anillo solo una excusa. Sigue leyendo