La derrota de Hillary Clinton, o cómo darle la vuelta a una apuesta segura

Jamás pensé que alguien como Donald Trump podría llegar a convertirse en el presidente de los Estados Unidos. Bueno, tal vez lo sospechara un poco. Al final, con los ecos del Brexit y la fragilidad de las encuestas; pero nunca creí capaces a los norteamericanos de nombrar presidente a alguien como él. Qué se le va a hacer, hay países a los que les gusta apostar a lo grande y que tienen cierta predilección por el rojo. La ruleta política es así de arriesgada.

Por mi parte, yo daba como ganadora a Hillary Clinton. En cierto sentido lo hacía porque sí, como un acto de negación ante la posibilidad de que Trump alcanzase el poder, al igual que debió de ocurrir en alguno de los Swing States en los que ganó la candidata demócrata. Apoyaba a Clinton porque no había nadie mejor en la carrera presidencial, supongo. Y mientras lo hacía, preparaba un artículo dedicado a su victoria electoral: entrevistas, fechas, logros que he tenido que reconducir o desechar a tenor de los resultados.

El artículo en cuestión hubiese empezado con una frase del cineasta Michael Moore, que en 1996 escribió un libro titulado Downsize This! Random Threats from an Unarmed American y que incluía un capítulo dedicado a su amor prohibido por la que en aquel entonces era la Primera Dama de los Estados Unidos. La idea se contextualizaba dentro de la primera campaña presidencial de su marido, Bill Clinton, y venía a decir que, desafortunadamente, al no concurrir ella como candidata, lo que tendrían que hacer muchos demócratas como él sería conformarse con votar a su esposo. Decía que ya llegarían tiempos mejores, pero que por el momento el mundo aún no estaba preparado para Hillary. Sigue leyendo

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El debate a cuatro y el pabellón de afásicos de Oliver Sacks

En la década de los ochenta, el neurólogo y escritor Oliver Sacks describió la reacción de un grupo de afásicos que veía por la televisión un discurso de Ronald Reagan. Los sujetos, que debido a su trastorno no eran capaces de entender las palabras del presidente, no pararon de reír durante toda la retransmisión; pues, a pesar del déficit que sufrían, eran especialmente sensibles a los gestos y a la expresión corporal del político. Ya lo afirmaba Nietzsche: «Se puede mentir con la boca, pero la expresión que acompaña a las palabras dice la verdad». Y ni las muecas ni los tonos falsos son capaces de esconderla.

Después del debate electoral de anoche, cargado de elementos visuales tan acusadores como las cartulinas de Albert Rivera, no puedo evitar preguntarme cómo hubiesen reaccionado los mismos pacientes del pabellón de afasia de Sacks; partiendo de que a ellos es imposible convencerlos o engañarlos mediante argumentos. ¿Hubiesen estallado en carcajadas con alguno de los candidatos o hubieran acabado desconcertados? Sigue leyendo

¿Cuándo volvimos a partir el mundo a la mitad?

Hace unas semanas, el periodista Félix Población escribía para Público.es un breve artículo titulado “Felipe VI no dijo Podemos”, en el que se preguntaba si la ausencia de la primera persona de plural del verbo poder a lo largo del Mensaje de Navidad, suponía un cambio estructural a la hora de confeccionar los discursos políticos de este nuevo año electoral, marcado por la aparición de nuevas fuerzas políticas. Su capacidad de observación, simbólica y detallista, lograba aislar un hecho que ni siquiera llegó a producirse, como era pronunciar la forma verbal “podemos”, del resto del contenido expuesto por Su Majestad el Rey.

Hay otras situaciones, sin embargo, que no pueden aislarse tan fácilmente entre sí. El atentado contra el semanario satírico francés Charlie Hebdo del pasado 7 de enero, por ejemplo, contiene un sinfín de matices ideológicos, religiosos y sociales que, después de la masacre, se muestran inseparables. Sigue leyendo

Un anillo para gobernarlos a todos (conclusiones sobre Juan Carlos Monedero)

El anillo de Juan Carlos Monedero es uno de esos elementos casi mitológicos que conforman la nueva política española. Ni las pajaritas de Sosa Wagner ni el pañuelo palestino de Sánchez Gordillo ni las chaquetas de pana que a veces llevan los progresistas nos habían dado nunca tanta información sobre alguien. Un objeto que se yergue en el corazón de la izquierda (dedo y mano, respectivamente) y que manifiesta ciertas similitudes con el discurso de su dueño, cobra protagonismo en cada gesto del politólogo.

La sortija (evitemos llamarlo joya, que eso es cosa de la casta) es hueca, de procedencia desconocida y poco -o nada- brillante. No habrá pagado por ella más que la parte legítima de su precio y antes de adquirirla lo habrá consultado varias veces con su círculo de confianza; pues ya se sabe que hay decisiones que uno no debe tomar solo. Tal vez la compró en Venezuela, o se la regalaron envuelta en viejos periódicos del ’78 o en páginas obsoletas de la Constitución. Si fue así, a lo mejor ese era el regalo y el anillo solo una excusa. Sigue leyendo

El artista como Crítico

Si hace dos meses hubiese tenido que recomendar un libro, hubiera sido El crítico como artista de Oscar Wilde. Normalmente uno recomienda en base a sus últimas lecturas, pero aun habiendo leído -y habiendo querido dejar de leer- muchas cosas desde aquel momento, siempre creeré que éste es uno de los ensayos más importantes, en cuanto a calidad profesional y periodística (dependiendo de cómo se entienda esta última), que he tenido en mis manos. No obstante, para lo que quiero contar en este post tendría que modificar el título de la obra y algunos de sus conceptos, pues mi intención es explorar, de una manera específica, el papel del artista como crítico de nuestra sociedad.

Vemos que en España está a la orden del día el rechazo de los premios culturales por parte de sus ganadores. Las últimas ediciones del Premio Nacional de Fotografía, y del Premio Nacional de Música han quedado huérfanas de galardón, y el Ministerio de Cultura (que también es de Educación) demuestra que estos temas son solo una cartera, un compendio de desafortunadas decisiones. Decisiones que muy rara vez afectan a la armonía de un país que prorroga su pelea contra la incultura y la mala educación; pero que ahora mismo se encuentra preocupado por la situación nacionalista en Cataluña. Sigue leyendo

Una Biblioteca sin letras

¿Pueden imaginársela? Borges, por ejemplo, -y para quien desee tenerlo en cuenta- no lo consiguió. En uno de sus cuentos, “La biblioteca de Babel”, presentaba el universo como un conjunto infinito de libros escritos, a su vez, a partir de infinitas posibilidades combinatorias. Un lugar donde los resultados, por tanto, se mostraban ilimitados: sinsentidos y obras maestras aparecían con la misma frecuencia y las mismas oportunidades, pues bastaba con que un libro fuera posible, para que existiera. No obstante, en ese universo (que otros llaman Biblioteca) no había ningún libro que apareciera en blanco, no habían páginas ni renglones a los que le faltaran letras. El Orden, que procedía de un desorden periódico, era perfecto.

El autor argentino pretendía de este modo hablar alegóricamente de la suerte, del azar que rige el cosmos, la vida; no de bibliotecas tal y como las conocemos y disfrutamos. En este sentido, los archivos literarios (entendidos en todas sus variables) también cumplen un papel de gran importancia en el universo, y su protección -particularmente jurídica- es necesaria y urgente en aquellos de naturaleza pública. Sigue leyendo

Donde pudieron y Podemos

Hace tres semanas, leyendo en El País un artículo referido a la situación política en Costa Rica, me enteraba de que, guardando las distancias demográficas (más de 42.000.000 de habitantes son los que nos diferencian) e histórico-culturales, el país centroamericano se hallaba en una situación parecida a la nuestra. Sesenta años de bipartidismo, manifestados férreamente en los últimos veinte con los partidos Liberación Nacional y Unidad Social Cristiana (Eventuales PP y PSOE en esta historia), apuraban su último aliento antes de la inminente caída.

El verdugo (eventualísimo Pablo Iglesias en esta conspiración costarricense) iba a ser Luis Guillermo Solís, un licenciado en Historia y especializado en Ciencias Políticas que había militado desde los noventa en el PLN, uno de los dos partidos que conformaban el simple conglomerado político de Costa Rica. Harto -y bien harto- de la línea que seguía el poder, lastrado por episodios de corrupción, fraude electoral, “politiquería”, etc. decidió unirse al Partido de Acción Ciudadana (PAC) en 2008. Allí, en 2013, unos pocos -pues pocos eran los que le conocían, tanto dentro como fuera del partido- le propusieron que agarrase el timón, y se presentara a las elecciones presidenciales. Sigue leyendo