Quién quiere una cita

Las primeras citas siempre salen mal. Uno debería ahorrárselas si quiere ir en serio, robarlas, plagiarlas; empezar directamente por la segunda o por la última, esperar el bofetón con los ojos abiertos. Una primera cita es el fin y hay que estar convencido, hay que perseguirlo y escabullirse riendo. Son algo inevitable, como los atascos; y aun existiendo expertos arruinándolas, nadie ha conseguido nunca entenderlas del todo.

Cuando pienso en citas frustradas siempre recuerdo a aquel personaje bajito y caradura llamado Marsé que aparecía de forma fugaz en Últimas tardes con Teresa. Era un experto en no conseguir nada, y los expertos -como todo el mundo sabe- lo son porque les gusta, o bien lo que hacen o bien lo que dejan de hacer. El tal Marsé era un maestro en meter mano, un especialista en echar por la borda cualquier posibilidad, un sinvergüenza que después de acosar a las chicas del “Salón Ritmo” les daba su número de teléfono aun sabiendo que no le llamarían en la vida. Era un estratega que prefería el juego al resultado, y que no tenía tiempo para preocupaciones. Actuaba según sus impulsos: un calentón frío y calculado; y disfrutaba yendo derecho hacia la bofetada, sin preliminares. Sigue leyendo

Pequeña digresión sobre el fracaso

(Texto original publicado en Highway)

Un edificio en obras es desesperante. Algo de lo que salir huyendo porque no puedes leer tranquilamente ni mucho menos recurrir a las cosas que haces cuando no puedes leer, como escribir una autobiografía o componer un disco. Es el mundanal ruido, del que hay que alejarse siempre como del infierno. Son los gritos de tus vecinos mayores, que ya ni siquiera pueden ver la televisión a gusto; y son tus propios gritos rechazando que hacerse adulto sea tan sencillo como esto. Tú pensabas que hacerse adulto era estar solo, como decía Rousseau. Y si tampoco era así, esperabas que por lo menos se convirtiera en otro motivo para la tristeza, porque uno cuando es joven colecciona esos motivos y no programas de infoentretenimiento.

Con dieciséis años no había una nostalgia más grande que la de ir al cine, donde el fracaso acostumbraba a sentarse en el sitio de al lado; ese que te separaba de la chica con la que habías ido a ver una película de Matthew McConaughey. Tú sólo querías hacer manitas con ella y besarla de una vez por todas, pero nunca ocurría nada. Al fin y al cabo qué te iba a suceder a ti, que por aquel entonces ni siquiera aspirabas al éxito. Sigue leyendo

Sobre los malos despertares

(Texto original publicado en Neupic)

No hay despertares buenos o malos: todos son peores. Aunque sean voluntarios a las siete de la tarde de un sábado sin resaca, que es cuando Roberto Bolaño amanecía en su casa de Girona para emprender sus largos paseos rimbaudianos. Despertar es como tener jet lag y el jet lag no es otra cosa que «una máscara de la desaparición», «una sensación de estar y no estar», como diría el autor chileno. Y es que nunca hubo nada heroico en viajar de Barcelona a Buenos Aires, como tampoco lo hubo en levantarse de la cama a destiempo. O peor aún: temprano. Aún así, existen madrugadores que se empeñan en quitarse años de encima e insomnes que sudan su esfuerzo por atraparlos. La división del sueño y su acumulación originaria no ha traído más que problemas y desigualdades.

El promedio en un hombre adulto es dormir alrededor de ocho horas al día. Con sus rituales, sus pastillas, sus diez minutos de conciliación. Sin embargo, el mismo hombre, que es ceremonioso y puritano al acostarse, rompe con todo cuando a la mañana siguiente abre los ojos y no intenta cerrarlos desesperadamente. Desconocemos que el desvelo también tiene sus fases y sus tiempos; y si no son tres (al menos) las veces que uno ha intentado levantarse antes de lograrlo, no habrá merecido la pena el descanso. Sigue leyendo

Flirteratura o cómo leer más te puede ayudar a ligar mejor

En palabras de Raymond Carver, Chéjov prefería, «como era habitual en él, el flirteo al matrimonio». Era un hombre «lento de acción en materia amorosa», tal y como lo describe en su relato Tres rosas amarillas, pero a su vez un alma frágil y encarecidamente humana. Con su esposa, Olga Knipper, antes de casarse mantuvo una relación de tres años en la que no faltaron las separaciones, los inevitables malentendidos y -sobre todo- las cartas. Tampoco faltaron los cuentos, pues fue en ese intervalo cuando Chéjov publicaría uno de sus relatos más conocidos: La dama del perrito.

Todos los cuentos de Chéjov pretenden aproximarse a la vida real evitando los lugares comunes de la literatura. De este modo, La dama del perrito no corresponde a la típica historia de amor que comienza con un encuentro apasionado, sino más bien lo hace a través de una conversación frívola y azarosa sobre un perrito blanco de Pomerania. «No muerde» dice ella. «¿Le puedo dar un hueso?» contesta él; cuando en realidad lo único que les interesaba a ambos era medirse mutuamente, sopesar su grado de compatibilidad. ¿A quién no le ha pasado esto alguna vez: preguntar por una cosa para saber la verdad sobre algo totalmente diferente y usar las letras como pretexto? Sigue leyendo

Los fantasmas de Bioy Casares

«Qué sabios seríamos si sólo conociéramos bien cinco o seis libros» afirmaba Flaubert. Algo que suscribiría cien años después Nabokov en su Curso de literatura europea, y algo en lo que yo mismo podría creer si no creyese ya en demasiadas cosas. Porque por encima del escritor no están sus personajes, como diría Borges enalteciendo a su preeminente Bernard Shaw. Sin embargo, por encima del lector sí están sus lecturas; y qué sabias son las novelas y los cuentos, que sólo cinco o seis ya bastan para conocerse bien a uno mismo.

Bioy Casares, que en su tierna juventud fue conocido por el plagio de algunas obras de Gyp (seudónimo de la escritora francesa Sibylle Gabrielle Riquetti de Mirabeau) con las que pretendía impresionar a una prima suya de la que estaba enamorado, siempre dijo que de todas sus novelas la que mejor le definía era Dormir al sol, mientras el público prefería La invención de Morel o El sueño de los héroes. De todos estos libros, que corresponden al género fantástico o de peripecias y que por lo tanto «no se proponen como una transcripción de la realidad», solo se pueden extraer lecciones a medias, pero suelen ser tan bellas que hasta el dolor queda excluido a un segundo plano. Sigue leyendo

Autoentrevista

Contaba Dolly Onetti que su marido, el escritor Juan Carlos Onetti, evadía las entrevistas todo lo que podía, pero que si se entusiasmaba podía llegar a ponerse muy personal en ellas. Había veces -decía- que no sabía quién entrevistaba a quién, pues cuando en medio de un encuentro ella volvía de la cocina con un café o un vaso de vino, a veces se encontraba al periodista mostrándole a su marido las fotos de sus hijos y contándole su propia historia. Es lo que hace la confianza. Sin embargo, las entrevistas no son todas iguales y hay ocasiones en las que entrevistador y entrevistado se conocen de antemano. Hay un libro titulado Autoentrevistas de escritores mexicanos que explora las posibilidades de este género llevadas al límite, en el que «desde la intimidad de quien habla consigo mismo» se persigue la verdad de sus autores. Pues, «¿puede un personaje jugar consigo mismo, mentirse, decirse cosas contradictorias?» Solo hay una manera de averiguarlo: Sigue leyendo

Agujetas

En cierta ocasión le preguntaron a Joaquín Sabina si alguna vez en su vida había ido al gimnasio. «¡Yo soy un caballero! ¿Por quién me tomas?» respondió el cantautor ofendido, fingiendo obstinación; no fuera a ser que le comparasen con Haruki Murakami y su afición por los maratones. Él es un caballero y un canalla a partes iguales; Murakami, por otro lado, es tan trivial como sus novelas. En De qué hablo cuando hablo de correr, por ejemplo, el autor japonés nos enseña que cuando te enfrentas a una carrera de 42 kilómetros «el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional». Sin embargo, en el resto de su obra -y en el resto de contextos- justifica lo contrario: que el sufrimiento valdrá la pena, especialmente si se sufre por amor.

Personalmente, jamás he podido terminar un libro suyo, pero lo que sí he conseguido varias veces ha sido terminar un día de gimnasio. Un primer día de gimnasio, para ser exactos. La constancia -que Larra nos recordaba como el «recurso de los feos»– nunca ha sido mi fuerte, y por eso repito las cosas siempre que no me hayan quedado claras. Creo que todo el mundo hace lo mismo, a la gente le gusta volver a probar aquello que le ha gustado sin saber muy bien por qué: un libro, una película, un deporte… pero a la curiosidad también se le cruzan los obstáculos. Sigue leyendo