Alexiévich, Holan y el silencio

En 1948, cuando el Partido Comunista alcanzó el poder en Checoslovaquia, el poeta Vladimír Holan decidió emprender su particular viaje hacia el exilio. Ningún otro destino era posible; al fin y al cabo, cuando prohíben tu obra y te condenan al olvido en tu propio país, la única opción es huir de los demás o hacerlo de ti mismo. Ante este dilema, el artista es el único que puede encontrar una solución prudente y, como tal, Holan prefirió encerrarse en su casa durante quince años a abandonar su patria para siempre. Desde allí se enfrentó al muro de la censura y escribió un total de cinco novelas -que acabaría destruyendo- y diez libros de poemas. Gracias a ellos, se convertiría en “el más importante de los poetas checos” y demostraría que «Todo, hasta el mismo silencio tiene algo que callar», como rezaba uno de sus versos.

La verdad es que hay pocas voces mejores que el silencio. Su musiquilla engancha, se queda detrás de la oreja y reaparece en los momentos más importantes, como cuando estás solo o te gustaría estarlo. Es un eco del pasado, que nos recuerda que en algún momento la vida hará mutis y no podremos evitarlo. La gente está acostumbrada a enmudecer frente al ruido, que no es sino un grito desesperado por la calma; pero ante el silencio no se suele reaccionar, aun escondiendo los secretos que esconde. Sin duda, hay que ser valiente para romperlo. Sigue leyendo

El spoiler de Ricardo Piglia y otras enemistades

Todos tenemos enemigos. En el deporte, en el trabajo, en el tren; incluso en casa cuando estamos solos y con el pestillo echado. Creemos que no andan cerca, pero están esperándonos en la esquina, ocultando su cara detrás de un libro o de un periódico abierto. Algunos se parecen tanto a nosotros que se esconden entre las novelas que aún no hemos logrado terminar, a unos cuantos capítulos de distancia; y otros, sin embargo, son tan solo enemigos accidentales, como Ricardo Piglia el día que me desveló cómo acababa El largo adiós de Raymond Chandler.

Por extraño que parezca, la enemistad ha dejado de ser cosa de dos. Ahora, cuando una persona decide oponerse a otra, suele hacerlo por sí misma y sin darle al otro la oportunidad de arreglarlo. A mí con Piglia me pasó algo parecido y, como digo, tal vez el único culpable fuera yo; pues nunca tendría que haber hojeado el resumen que el escritor argentino había dedicado a la obra de Chandler hasta que no hubiese terminado de leer la obra en cuestión. Así resulta tentativamente fácil averiguar quién es el asesino antes de tiempo. Y eso, en una novela negra, supone averiguarlo todo. Sigue leyendo

Quién quiere una cita

Las primeras citas siempre salen mal. Uno debería ahorrárselas si quiere ir en serio, robarlas, plagiarlas; empezar directamente por la segunda o por la última, esperar el bofetón con los ojos abiertos. Una primera cita es el fin y hay que estar convencido, hay que perseguirlo y escabullirse riendo. Son algo inevitable, como los atascos; y aun existiendo expertos arruinándolas, nadie ha conseguido nunca entenderlas del todo.

Cuando pienso en citas frustradas siempre recuerdo a aquel personaje bajito y caradura llamado Marsé que aparecía de forma fugaz en Últimas tardes con Teresa. Era un experto en no conseguir nada, y los expertos -como todo el mundo sabe- lo son porque les gusta, o bien lo que hacen o bien lo que dejan de hacer. El tal Marsé era un maestro en meter mano, un especialista en echar por la borda cualquier posibilidad, un sinvergüenza que después de acosar a las chicas del “Salón Ritmo” les daba su número de teléfono aun sabiendo que no le llamarían en la vida. Era un estratega que prefería el juego al resultado, y que no tenía tiempo para preocupaciones. Actuaba según sus impulsos: un calentón frío y calculado; y disfrutaba yendo derecho hacia la bofetada, sin preliminares. Sigue leyendo

Pequeña digresión sobre el fracaso

(Texto original publicado en Highway)

Un edificio en obras es desesperante. Algo de lo que salir huyendo porque no puedes leer tranquilamente ni mucho menos recurrir a las cosas que haces cuando no puedes leer, como escribir una autobiografía o componer un disco. Es el mundanal ruido, del que hay que alejarse siempre como del infierno. Son los gritos de tus vecinos mayores, que ya ni siquiera pueden ver la televisión a gusto; y son tus propios gritos rechazando que hacerse adulto sea tan sencillo como esto. Tú pensabas que hacerse adulto era estar solo, como decía Rousseau. Y si tampoco era así, esperabas que por lo menos se convirtiera en otro motivo para la tristeza, porque uno cuando es joven colecciona esos motivos y no programas de infoentretenimiento.

Con dieciséis años no había una nostalgia más grande que la de ir al cine, donde el fracaso acostumbraba a sentarse en el sitio de al lado; ese que te separaba de la chica con la que habías ido a ver una película de Matthew McConaughey. Tú sólo querías hacer manitas con ella y besarla de una vez por todas, pero nunca ocurría nada. Al fin y al cabo qué te iba a suceder a ti, que por aquel entonces ni siquiera aspirabas al éxito. Sigue leyendo

Sobre los malos despertares

(Texto original publicado en Neupic)

No hay despertares buenos o malos: todos son peores. Aunque sean voluntarios a las siete de la tarde de un sábado sin resaca, que es cuando Roberto Bolaño amanecía en su casa de Girona para emprender sus largos paseos rimbaudianos. Despertar es como tener jet lag y el jet lag no es otra cosa que «una máscara de la desaparición», «una sensación de estar y no estar», como diría el autor chileno. Y es que nunca hubo nada heroico en viajar de Barcelona a Buenos Aires, como tampoco lo hubo en levantarse de la cama a destiempo. O peor aún: temprano. Aún así, existen madrugadores que se empeñan en quitarse años de encima e insomnes que sudan su esfuerzo por atraparlos. La división del sueño y su acumulación originaria no ha traído más que problemas y desigualdades.

El promedio en un hombre adulto es dormir alrededor de ocho horas al día. Con sus rituales, sus pastillas, sus diez minutos de conciliación. Sin embargo, el mismo hombre, que es ceremonioso y puritano al acostarse, rompe con todo cuando a la mañana siguiente abre los ojos y no intenta cerrarlos desesperadamente. Desconocemos que el desvelo también tiene sus fases y sus tiempos; y si no son tres (al menos) las veces que uno ha intentado levantarse antes de lograrlo, no habrá merecido la pena el descanso. Sigue leyendo

Flirteratura o cómo leer más te puede ayudar a ligar mejor

En palabras de Raymond Carver, Chéjov prefería, «como era habitual en él, el flirteo al matrimonio». Era un hombre «lento de acción en materia amorosa», tal y como lo describe en su relato Tres rosas amarillas, pero a su vez un alma frágil y encarecidamente humana. Con su esposa, Olga Knipper, antes de casarse mantuvo una relación de tres años en la que no faltaron las separaciones, los inevitables malentendidos y -sobre todo- las cartas. Tampoco faltaron los cuentos, pues fue en ese intervalo cuando Chéjov publicaría uno de sus relatos más conocidos: La dama del perrito.

Todos los cuentos de Chéjov pretenden aproximarse a la vida real evitando los lugares comunes de la literatura. De este modo, La dama del perrito no corresponde a la típica historia de amor que comienza con un encuentro apasionado, sino más bien lo hace a través de una conversación frívola y azarosa sobre un perrito blanco de Pomerania. «No muerde» dice ella. «¿Le puedo dar un hueso?» contesta él; cuando en realidad lo único que les interesaba a ambos era medirse mutuamente, sopesar su grado de compatibilidad. ¿A quién no le ha pasado esto alguna vez: preguntar por una cosa para saber la verdad sobre algo totalmente diferente y usar las letras como pretexto? Sigue leyendo