Sobre los malos despertares

(Texto original publicado en Neupic)

No hay despertares buenos o malos: todos son peores. Aunque sean voluntarios a las siete de la tarde de un sábado sin resaca, que es cuando Roberto Bolaño amanecía en su casa de Girona para emprender sus largos paseos rimbaudianos. Despertar es como tener jet lag y el jet lag no es otra cosa que «una máscara de la desaparición», «una sensación de estar y no estar», como diría el autor chileno. Y es que nunca hubo nada heroico en viajar de Barcelona a Buenos Aires, como tampoco lo hubo en levantarse de la cama a destiempo. O peor aún: temprano. Aún así, existen madrugadores que se empeñan en quitarse años de encima e insomnes que sudan su esfuerzo por atraparlos. La división del sueño y su acumulación originaria no ha traído más que problemas y desigualdades.

El promedio en un hombre adulto es dormir alrededor de ocho horas al día. Con sus rituales, sus pastillas, sus diez minutos de conciliación. Sin embargo, el mismo hombre, que es ceremonioso y puritano al acostarse, rompe con todo cuando a la mañana siguiente abre los ojos y no intenta cerrarlos desesperadamente. Desconocemos que el desvelo también tiene sus fases y sus tiempos; y si no son tres (al menos) las veces que uno ha intentado levantarse antes de lograrlo, no habrá merecido la pena el descanso. Sigue leyendo

Flirteratura o cómo leer más te puede ayudar a ligar mejor

En palabras de Raymond Carver, Chéjov prefería, «como era habitual en él, el flirteo al matrimonio». Era un hombre «lento de acción en materia amorosa», tal y como lo describe en su relato Tres rosas amarillas, pero a su vez un alma frágil y encarecidamente humana. Con su esposa, Olga Knipper, antes de casarse mantuvo una relación de tres años en la que no faltaron las separaciones, los inevitables malentendidos y -sobre todo- las cartas. Tampoco faltaron los cuentos, pues fue en ese intervalo cuando Chéjov publicaría uno de sus relatos más conocidos: La dama del perrito.

Todos los cuentos de Chéjov pretenden aproximarse a la vida real evitando los lugares comunes de la literatura. De este modo, La dama del perrito no corresponde a la típica historia de amor que comienza con un encuentro apasionado, sino más bien lo hace a través de una conversación frívola y azarosa sobre un perrito blanco de Pomerania. «No muerde» dice ella. «¿Le puedo dar un hueso?» contesta él; cuando en realidad lo único que les interesaba a ambos era medirse mutuamente, sopesar su grado de compatibilidad. ¿A quién no le ha pasado esto alguna vez: preguntar por una cosa para saber la verdad sobre algo totalmente diferente y usar las letras como pretexto? Sigue leyendo

Los fantasmas de Bioy Casares

«Qué sabios seríamos si sólo conociéramos bien cinco o seis libros» afirmaba Flaubert. Algo que suscribiría cien años después Nabokov en su Curso de literatura europea, y algo en lo que yo mismo podría creer si no creyese ya en demasiadas cosas. Porque por encima del escritor no están sus personajes, como diría Borges enalteciendo a su preeminente Bernard Shaw. Sin embargo, por encima del lector sí están sus lecturas; y qué sabias son las novelas y los cuentos, que sólo cinco o seis ya bastan para conocerse bien a uno mismo.

Bioy Casares, que en su tierna juventud fue conocido por el plagio de algunas obras de Gyp (seudónimo de la escritora francesa Sibylle Gabrielle Riquetti de Mirabeau) con las que pretendía impresionar a una prima suya de la que estaba enamorado, siempre dijo que de todas sus novelas la que mejor le definía era Dormir al sol, mientras el público prefería La invención de Morel o El sueño de los héroes. De todos estos libros, que corresponden al género fantástico o de peripecias y que por lo tanto «no se proponen como una transcripción de la realidad», solo se pueden extraer lecciones a medias, pero suelen ser tan bellas que hasta el dolor queda excluido a un segundo plano. Sigue leyendo

Autoentrevista

Contaba Dolly Onetti que su marido, el escritor Juan Carlos Onetti, evadía las entrevistas todo lo que podía, pero que si se entusiasmaba podía llegar a ponerse muy personal en ellas. Había veces -decía- que no sabía quién entrevistaba a quién, pues cuando en medio de un encuentro ella volvía de la cocina con un café o un vaso de vino, a veces se encontraba al periodista mostrándole a su marido las fotos de sus hijos y contándole su propia historia. Es lo que hace la confianza. Sin embargo, las entrevistas no son todas iguales y hay ocasiones en las que entrevistador y entrevistado se conocen de antemano. Hay un libro titulado Autoentrevistas de escritores mexicanos que explora las posibilidades de este género llevadas al límite, en el que «desde la intimidad de quien habla consigo mismo» se persigue la verdad de sus autores. Pues, «¿puede un personaje jugar consigo mismo, mentirse, decirse cosas contradictorias?» Solo hay una manera de averiguarlo: Sigue leyendo

Agujetas

En cierta ocasión le preguntaron a Joaquín Sabina si alguna vez en su vida había ido al gimnasio. «¡Yo soy un caballero! ¿Por quién me tomas?» respondió el cantautor ofendido, fingiendo obstinación; no fuera a ser que le comparasen con Haruki Murakami y su afición por los maratones. Él es un caballero y un canalla a partes iguales; Murakami, por otro lado, es tan trivial como sus novelas. En De qué hablo cuando hablo de correr, por ejemplo, el autor japonés nos enseña que cuando te enfrentas a una carrera de 42 kilómetros «el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional». Sin embargo, en el resto de su obra -y en el resto de contextos- justifica lo contrario: que el sufrimiento valdrá la pena, especialmente si se sufre por amor.

Personalmente, jamás he podido terminar un libro suyo, pero lo que sí he conseguido varias veces ha sido terminar un día de gimnasio. Un primer día de gimnasio, para ser exactos. La constancia -que Larra nos recordaba como el «recurso de los feos»– nunca ha sido mi fuerte, y por eso repito las cosas siempre que no me hayan quedado claras. Creo que todo el mundo hace lo mismo, a la gente le gusta volver a probar aquello que le ha gustado sin saber muy bien por qué: un libro, una película, un deporte… pero a la curiosidad también se le cruzan los obstáculos. Sigue leyendo

Filosofía aplicada: Por qué Pablo Iglesias tendría que haberle regalado al rey la colección de “Star Wars” y no la de “Juego de Tronos”

El buen cine siempre tiene un tufillo a filosofía. La evidencia es clara si pensamos en las históricas películas de Stanley Kubrick, Francis Ford Coppola o Christopher Nolan; pero sobre todas ellas existe una saga que conforma uno de los mejores manifiestos ideológicos de la gran pantalla: las seis entregas de Star Wars, que transcurren a lo largo de dos ciclos diferentes (las tres películas originarias se rodaron entre 1977 y 1983, y las tres que constituyen la precuela entre 1999 y 2005), suponen la evolución constante de una doctrina propia que abarca desde las teorías de Rousseau hasta las de Kant, pasando por el anarquismo, las ideas liberales y el capitalismo; así como por las ventajas y desventajas de los sistemas parlamentarios, la libertad y la democracia. Sobre el tema hay escrita una publicación muy interesante titulada La ideología de Star Wars, del profesor Luis García Tojar; y varios artículos relacionados con el fenómeno fan, que nunca dio por buenos los últimos filmes.

El noúmeno fan, si acaso Kant hubiese sido un filósofo del siglo XXI aficionado al cine, sería «aquello que no puede ser reconocido por medio de la intuición sensible» del espectador; y en Star Wars esas eran las habilidades sociológicas de George Lucas, que creó de la nada un complejo imperio galáctico tan ordenado como las Ficciones de Borges. Sigue leyendo

Hemingway, amigo

(Texto original publicado en Highway)

Ya nos pedía perdón Bradley Cooper en su nombre en El lado bueno de las cosas después de tirar un ejemplar de Adiós a las armas por la ventana; que por qué no podía Ernest Hemingway ser un poco más positivo y darle un final feliz a la historia, decía, pero la verdad es que cuesta imaginarse al duro de Hemingway siendo esencialmente positivo, sobrio e insignificante en alguno de sus relatos. Francis Scott Fitzgerald, del que llegó a ser amigo, decía que nunca había creído demasiado en la felicidad. Tampoco en la tristeza. Y aunque sus personajes, marcados por un claro componente autobiográfico, estuvieran destinados a la soledad, también bebían de aquel ateísmo que acabó conformando el dogma de la Generación Perdida. No creer en la felicidad no era otra cosa que posicionarse frente a ella.

Según un prólogo de El gran Gatsby, la principal diferencia entre los personajes de ambos escritores era que «a los de Hemingway les suele ocurrir lo que a él le hubiera gustado que le pasara, y a los de Scott Fitzgerald, por el contrario, lo que a su creador no le hubiera gustado que sucediera». Sin embargo, los protagonistas de Fiesta -la primera novela de Hemingway- podrían suponer una excepción. Sigue leyendo