Tener una opinión, aunque sea para un rato

En política, al igual que ocurre en los primeros años de carrera -o tras el séptimo cubata de Brugal-, la memoria tiende a ser escurridiza. Todo el mundo lo sabe: profesores, alumnos, bedeles; incluso los protagonistas del debate electoral, que sólo vienen al examen y aprovechan la ocasión para justificar sus faltas de asistencia con trabajos, cartulinas y adoquines. Todo el mundo lo sabe, repito; y es por eso –estoy seguro- por lo que Bolonia dividió los cursos en semestres y juntó el periodo de evaluación, para que los pobres estudiantes de primero pudieran disfrutar las novatadas, suspender tranquilamente y presentarse a las recuperaciones un par de semanas después, sin correr el riesgo de olvidar todo el temario por culpa de un sistema de convocatorias anuales. Pues bien, en cierto sentido, los votantes somos como esos alumnos recién matriculados e inexpertos. Y, como electores, el único aspecto positivo de acudir a las urnas cada semestre, por culpa de la incapacidad de formar gobierno, es el mismo: recordar mejor lo que nos habían enseñado -y prometido- los candidatos; y, si tal, ponerles un cinco raspado porque no han cambiado demasiado su proyecto. O, directamente, dejarlos catear.

Durante las últimas semanas, en los medios de comunicación han proliferado columnas y artículos relacionados con lo bueno, bonito y barato que resulta –casi siempre- cambiar de opinión, sobre todo en política y en otros asuntos de interés público; pero, hasta ayer, en el debate electoral de Radio Televisión Española (RTVE), no habíamos sido testigos de la situación. Por ejemplo, Albert Rivera, que seis meses antes había negado su apoyo a un gobierno presidido por Pedro Sánchez, dejó claro en su primera intervención que, esta vez, sí estaría dispuesto a pactar con el líder socialista. Un cambio de ruta que no pasó desapercibido en pantalla y que generó algún que otro reproche, especialmente por parte de los candidatos de la derecha, que se lo tomaron como una ofensa personal. «En el amor se traiciona; en política se cambia de idea», tendría que haber dicho Rivera entonces, tal y como argumentaba uno de los personajes de Paolo Sorrentino en ‘Silvio (y los otros)’, la película que el director italiano hizo sobre Berlusconi. Sigue leyendo

El debate a cuatro y el pabellón de afásicos de Oliver Sacks

En la década de los ochenta, el neurólogo y escritor Oliver Sacks describió la reacción de un grupo de afásicos que veía por la televisión un discurso de Ronald Reagan. Los sujetos, que debido a su trastorno no eran capaces de entender las palabras del presidente, no pararon de reír durante toda la retransmisión; pues, a pesar del déficit que sufrían, eran especialmente sensibles a los gestos y a la expresión corporal del político. Ya lo afirmaba Nietzsche: «Se puede mentir con la boca, pero la expresión que acompaña a las palabras dice la verdad». Y ni las muecas ni los tonos falsos son capaces de esconderla.

Después del debate electoral de anoche, cargado de elementos visuales tan acusadores como las cartulinas de Albert Rivera, no puedo evitar preguntarme cómo hubiesen reaccionado los mismos pacientes del pabellón de afasia de Sacks; partiendo de que a ellos es imposible convencerlos o engañarlos mediante argumentos. ¿Hubiesen estallado en carcajadas con alguno de los candidatos o hubieran acabado desconcertados? Sigue leyendo