Besos

Pocas cosas quedan ya -de las de verdad, al menos- que no se haya llevado consigo, aún, el maldito coronavirus. El papel higiénico, la tranquilidad, nuestras cinco o seis piezas de fruta del Mercadona diarias: todo ha sucumbido. Sin embargo, hay otras cosas que, creyéndolas incorruptibles, se colocan ante nosotros y nos dicen: «No sé por qué os sorprendéis tanto, si ya estábamos extintas». Así ocurre con las aspirinas, por ejemplo, que antes tomábamos para cualquier enfermedad y que ahora han sido sustituidas, sin sentimentalismos, por el paracetamol y el ibuprofeno. O con los besos, que en periodos de cuarentena y reclusión domiciliaria están prohibidos, pero que, en realidad, hacía ya tiempo que habían empezado a perder su emoción. Lo dejó escrito Miguel Delibes en ‘Cinco horas con Mario’ (Destino, 1981), refiriéndose a los besos que recibía Carmen Sotillo -la viuda de Mario Díez- en el velorio de su difunto marido: «las dos mujeres cruzaban las cabezas, primero del lado izquierdo, luego, del lado derecho, y besaban, al aire, al vacío, tal vez a algún cabello suelto, de manera que ambas sintieran el efluvio de los besos pero no su calor». Porque así llevamos veinte años por lo menos: sintiendo el efluvio de los besos, pero no su calor.

Para esto, como para todo, hay que tener siempre en cuenta el caso de los niños, que, cuando empiezan a saludarse con dos besos entre sí, al principio les da vergüenza y les entra la timidez. Creen que es cosa de adultos; y, como todos los niños, creen que es algo que hacen sin razón. Luego, cuando crecen, se ven forzados a imitarlos, en una especie de rito adolescente para ser aceptados por la pubertad, pero siguen siendo vergonzosos. Al fin y al cabo, ni siquiera los adultos están cómodos con ello; pero vete tú a decirle a los más jóvenes que dejen de intentar cualquier tipo de contacto personal, aunque éste sea un simple formalismo. Porque, muchas veces, los besos los damos sin pensar, automáticamente; y pierden, así, todo su esplendor. Sigue leyendo

Cataluña ‘Tinder Plus’

Al proceso soberanista catalán le ha ocurrido como a Tinder. Del básico y trivial razonamiento sentimental de sus inicios ya no queda nada, y ahora sus partidarios sólo son capaces de disfrutar del amor –al catalán autóctono, a la lengua o a la nacionalidad- si éste se encuentra plagado de mentiras, lascivia y obscenidades. Malditas sean las apps para ligar, cómo nos han lavado la cabeza. Pero que tampoco cunda el pánico: que hasta Tinder se les ha quedado corto a los catalanes y necesitan encontrar una mejora. ¿Se contentarían, quizá, con Tinder Plus? ¿O con Tinder Gold?

En el número de febrero de la revista Letras Libres, dedicado al amor y a sus nuevas manifestaciones culturales, el ensayista y periodista Ricardo Dudda colaba un texto que, a priori, poco tenía que ver con el asunto central de la publicación. A fin de cuentas, tratar Las mentiras del catalanismocuando también has hablado, páginas atrás, de relaciones interpersonales y sentimentalismo virtual parece descontextualizado; pero, de nuevo, nos equivocamos. No en balde, todas son historias del querer, aunque luego -es verdad- cada una se entienda a su manera. En este caso, el artículo de Dudda vertebraba una crítica rotunda contra el libro ‘Ensayo general de una revuelta: las claves del proceso catalán’ (Galaxia Gutenberg, 2019), del también periodista Francesc-Marc Álvaro. Y, de entre todas las alusiones referidas, me quedé con esta definición institucional de la Cataluña soñada: «una República posnacional basada en la democracia avanzada y la justicia social, en la que cada uno podrá sentir la identidad que quiera y aspirar a una vida mejor». Efectivamente, los catalanes independentistas, así, y con Tinder Plus, estarían satisfechos. Sigue leyendo

Bryce Echenique, pico, pala

Dicen por ahí, los abanderados de la psicología popular, que al inicio de todo noviazgo lo fácil aburre, lo difícil atrae y lo imposible enamora. Seguramente, porque ellos nunca fueron el alma de la fiesta y necesitaban justificar sus decepciones de algún modo; pero, quién sabe: a lo mejor los aburridos siempre hemos sido nosotros. Y ellos, simplemente, se limitaban a decir la verdad.

El lado bueno de los refranes es ese: que son «ambivalentes». Se trata de construcciones tan perfectamente acabadas que «a una sentencia le corresponde su opuesta» y «en eso consiste la sabiduría popular, en no equivocarse nunca», tal y como escribía David Trueba en Tierra de campos (Anagrama, 2017). Allí, su ejemplo era sencillo: pues «lo mismo a quien madruga Dios le ayuda que no por mucho madrugar amanece más temprano». Pero, claro: si hablamos de amor, la cosa se complica. Sigue leyendo

Quién quiere una cita

Las primeras citas siempre salen mal. Uno debería ahorrárselas si quiere ir en serio, robarlas, plagiarlas; empezar directamente por la segunda o por la última, esperar el bofetón con los ojos abiertos. Una primera cita es el fin y hay que estar convencido, hay que perseguirlo y escabullirse riendo. Son algo inevitable, como los atascos; y aun existiendo expertos arruinándolas, nadie ha conseguido nunca entenderlas del todo.

Cuando pienso en citas frustradas siempre recuerdo a aquel personaje bajito y caradura llamado Marsé que aparecía de forma fugaz en Últimas tardes con Teresa. Era un experto en no conseguir nada, y los expertos -como todo el mundo sabe- lo son porque les gusta, o bien lo que hacen o bien lo que dejan de hacer. El tal Marsé era un maestro en meter mano, un especialista en echar por la borda cualquier posibilidad, un sinvergüenza que después de acosar a las chicas del “Salón Ritmo” les daba su número de teléfono aun sabiendo que no le llamarían en la vida. Era un estratega que prefería el juego al resultado, y que no tenía tiempo para preocupaciones. Actuaba según sus impulsos: un calentón frío y calculado; y disfrutaba yendo derecho hacia la bofetada, sin preliminares. Sigue leyendo

Flirteratura o cómo leer más te puede ayudar a ligar mejor

En palabras de Raymond Carver, Chéjov prefería, «como era habitual en él, el flirteo al matrimonio». Era un hombre «lento de acción en materia amorosa», tal y como lo describe en su relato Tres rosas amarillas, pero a su vez un alma frágil y encarecidamente humana. Con su esposa, Olga Knipper, antes de casarse mantuvo una relación de tres años en la que no faltaron las separaciones, los inevitables malentendidos y -sobre todo- las cartas. Tampoco faltaron los cuentos, pues fue en ese intervalo cuando Chéjov publicaría uno de sus relatos más conocidos: La dama del perrito.

Todos los cuentos de Chéjov pretenden aproximarse a la vida real evitando los lugares comunes de la literatura. De este modo, La dama del perrito no corresponde a la típica historia de amor que comienza con un encuentro apasionado, sino más bien lo hace a través de una conversación frívola y azarosa sobre un perrito blanco de Pomerania. «No muerde» dice ella. «¿Le puedo dar un hueso?» contesta él; cuando en realidad lo único que les interesaba a ambos era medirse mutuamente, sopesar su grado de compatibilidad. ¿A quién no le ha pasado esto alguna vez: preguntar por una cosa para saber la verdad sobre algo totalmente diferente y usar las letras como pretexto? Sigue leyendo

Los fantasmas de Bioy Casares

«Qué sabios seríamos si sólo conociéramos bien cinco o seis libros» afirmaba Flaubert. Algo que suscribiría cien años después Nabokov en su Curso de literatura europea, y algo en lo que yo mismo podría creer si no creyese ya en demasiadas cosas. Porque por encima del escritor no están sus personajes, como diría Borges enalteciendo a su preeminente Bernard Shaw. Sin embargo, por encima del lector sí están sus lecturas; y qué sabias son las novelas y los cuentos, que sólo cinco o seis ya bastan para conocerse bien a uno mismo.

Bioy Casares, que en su tierna juventud fue conocido por el plagio de algunas obras de Gyp (seudónimo de la escritora francesa Sibylle Gabrielle Riquetti de Mirabeau) con las que pretendía impresionar a una prima suya de la que estaba enamorado, siempre dijo que de todas sus novelas la que mejor le definía era Dormir al sol, mientras el público prefería La invención de Morel o El sueño de los héroes. De todos estos libros, que corresponden al género fantástico o de peripecias y que por lo tanto «no se proponen como una transcripción de la realidad», solo se pueden extraer lecciones a medias, pero suelen ser tan bellas que hasta el dolor queda excluido a un segundo plano. Sigue leyendo