Un examen de Arte Contemporáneo

El sábado pasado tuve un examen de Arte Contemporáneo al que, muy aplicadamente, decidí llevar: tres bolígrafos azules, siete hojas de apuntes, una botella de Coca-Cola y una botella de ron. Menos los bolígrafos, todo estaba bien guardado en mi mochila: pues ni tenía la intención de emborracharme ni de copiar de mis esquemas ante la mirada incrédula del profesor. No obstante, eran elementos indispensables para luego, que me habían invitado a un cumpleaños en Guadalajara y a cada cual se le había encomendado la tarea de traer consigo el botellón.

No acostumbro a ir por ahí cargando destilados, pero he de admitir que, de entre todos los lugares a los que podría haber llevado uno, hacerlo -precisamente- frente al resto de mis compañeros de clase durante una prueba final dedicada a las vanguardias no me pareció que estuviera -del todo- fuera de lugar. A fin de cuentas, el medio artístico es un medio autorreferencial y autosignificativo, y toda mi performance etílica, lejos de originar un escándalo -que es lo único que me hubiera hecho sacar la botella de ron de la mochila-, hubiese derivado en una interminable lista de comparaciones, influencias y malentendidos. «Qué, has traído un poco de ron para homenajear el alcoholismo de Pollock, ¿verdad?», «no irás a beberte todo eso tú sólo, ¿no? Que luego te va a dar una resaca de muerte, como las que tenía Francis Bacon», «¿Por qué has comprado Negrita? Si es lo peor. ¿Es una referencia a ‘La tertulia del Café de Pombo’, de José Solana?». ¡Qué va! No lo habría soportado. Sigue leyendo

‘Toy Story 4’: los juguetes en la época de su reproductibilidad técnica

En la última temporada de My Next Guest Needs No Introduction (No necesitan presentación), el periodista norteamericano David Letterman entrevistó al rapero Kanye West y le preguntó, entre otras muchas cosas, por sus recuerdos familiares. Concretamente, Letterman quería saber si el artista seguía teniendo presente el ejemplo de su madre, fallecida en 2007, en el transcurso de su vida cotidiana; y este, además de confirmarlo, aprovechó su respuesta para darle a todo el mundo una lección.

«Ahora mismo sería el momento más feliz de su vida. Con todos los niños corriendo por la casa, y teniendo la oportunidad de comprarles juguetes», comenzó diciendo West. «Recuerdo que mi madre, en su momento, me regaló un oso multicolor. Por aquel entonces, yo estaba muy obsesionado con Takashi Murakami. Coincidió con la grabación de mi tercer álbum, Graduation. Y, cuando me lo compró, me dijo: se parece mucho a lo que hace Murakami, ¿verdad? Pero yo me enfadé y le dije que no lo quería; que no tenía nada que ver. Entonces falleció. Fue un par de semanas después; y lo que hice, inmediatamente, fue poner patas arriba la casa y encontrar ese oso. Y, luego, ponerlo en lo alto de mi colección». Para el que no lo sepa, Murakami es uno de los artistas contemporáneos más importantes del mundo; y, aparte de la emotividad de la anécdota, lo que Kanye trata de enseñarnos es que -a veces- hasta el arte moderno y los juguetes se pueden llegar a confundir. Sigue leyendo