Un examen de Arte Contemporáneo

El sábado pasado tuve un examen de Arte Contemporáneo al que, muy aplicadamente, decidí llevar: tres bolígrafos azules, siete hojas de apuntes, una botella de Coca-Cola y una botella de ron. Menos los bolígrafos, todo estaba bien guardado en mi mochila: pues ni tenía la intención de emborracharme ni de copiar de mis esquemas ante la mirada incrédula del profesor. No obstante, eran elementos indispensables para luego, que me habían invitado a un cumpleaños en Guadalajara y a cada cual se le había encomendado la tarea de traer consigo el botellón.

No acostumbro a ir por ahí cargando destilados, pero he de admitir que, de entre todos los lugares a los que podría haber llevado uno, hacerlo -precisamente- frente al resto de mis compañeros de clase durante una prueba final dedicada a las vanguardias no me pareció que estuviera -del todo- fuera de lugar. A fin de cuentas, el medio artístico es un medio autorreferencial y autosignificativo, y toda mi performance etílica, lejos de originar un escándalo -que es lo único que me hubiera hecho sacar la botella de ron de la mochila-, hubiese derivado en una interminable lista de comparaciones, influencias y malentendidos. «Qué, has traído un poco de ron para homenajear el alcoholismo de Pollock, ¿verdad?», «no irás a beberte todo eso tú sólo, ¿no? Que luego te va a dar una resaca de muerte, como las que tenía Francis Bacon», «¿Por qué has comprado Negrita? Si es lo peor. ¿Es una referencia a ‘La tertulia del Café de Pombo’, de José Solana?». ¡Qué va! No lo habría soportado. Sigue leyendo

‘La Resistencia (T3)’: cajas, minimalismo y lecciones trasnochadas de ‘show business’

Hace años, poco después de que el formato televisivo de ‘Deal or No Deal’ llegase a España de la mano de Jesús Vázquez ¡Allá tú!, en 2004, una serie de productores y altos cargos de la televisión pública británica se dieron cuenta de que un programa así -que no había dejado de cosechar éxitos internacionales desde su primera edición- podría funcionar perfectamente en un país como el suyo, tan fiel a los concursos. En esencia, el contenido ya estaba delimitado: una serie de participantes tratarían de ganar, individualmente, el mayor premio posible seleccionando maletines llenos de dinero y negociando con la banca. Así, al menos, es como había funcionado hasta la fecha, desde que el concepto surgiera en los Países Bajos en el año 2000; y nada nos hacía creer que las cosas fuesen a cambiar demasiado. El único problema, si acaso, era encontrar presentador.

Según dicen, los responsables ejecutivos de la cadena Channel 4 sólo barajaron un nombre: Neil Edwards; pero, como el destino es caprichoso, una serie de circunstancias provocaron que esa idea se borrara de la historia para siempre y se materializara, finalmente, en la figura de Noel Edmonds, un humorista carismático y de toda la vida que, unos años antes, había decidido abandonar los medios de comunicación. Cuando lo llamaron, Edmonds ya conocía el programa por su versión francesa; y, sin muchas dudas al respecto, su primera decisión fue rechazarlo, tal y como cuenta en el prólogo de ’Deal or No Deal: The Official Behind The Scenes Guide’ (Ebury Press, 2006). Básicamente, porque no se veía a sí mismo capitaneando una producción de esas características. Era tan frenética y disparatada que no terminaba de pillarla, y sólo después de practicar lo suficiente con el creador del juego, Dick de Rijk, y tras mucho insistir, acabó firmando el contrato de su vida. «A la gente que me dice que no entiende absolutamente nada de lo que ocurre en el concurso les digo que –simplemente- se trata de un programa que consiste en ir abriendo cajas de manera aleatoria», según su propia definición. Y, en cierto sentido, con esa frase terminó de reflejar la realidad del show business televisivo; porque, desde entonces, es en ese modelo en el que ha basado su continuidad: en un abrir y cerrar de cajas. Cuanto más aleatorias, mejor. Sigue leyendo