Charlas entre un viejo pub inglés y un periódico estudiantil (un artículo sobre J.R.R. Tolkien y J.M. Barrie)

“Indescriptible, pero nunca lo olvidaré mientras viva” escribió J. R. R. Tolkien en su diario tras ver representado Peter Pan en el teatro de Birmingham (abril, 1910) cuando tenía 18 años.

Hay amistades que nacen a la sombra de una Universidad. Si bien no fue el caso de Barrie Tolkien entre sí, pues distan (aunque no demasiado) en generación y nacionalidad, sí que lo fue entre ellos y otros grupos de escritores:

En 1887, Robert Louis Stevenson fundó el periódico The Student para la Universidad de Edimburgo. Ahora es el noticiero de estudiantes más longevo de Reino Unido, pero por aquel entonces era el lugar de trabajo de tres amigos escoceses. Un estudiante de Ingeniería Náutica que acabó licenciándose en Derecho, un aspirante a médico, y un joven proyecto de literato fueron los miembros más destacados de una redacción que ha pasado a la Historia de la Literatura. R. L. Stevenson, Arthur Conan Doyle, James Mathew Barrie, respectivamente, se conocieron en aquel periódico estudiantil, donde entablaron una relación que, de una manera u otra, determinó sus devenires artísticos. Sigue leyendo

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Autopsia de un Cambio de carrera

“Recuerdo que cuando dejé la universidad dos mujeres solteras me preguntaron qué es lo que iba a ser, y cuando, audazmente, respondí: “Escritor” se llevaron las manos a la cabeza y una exclamó con reproche: “¡Tú, todo un licenciado en letras!” James Mathew Barrie en su obra biográfica Margaret Ogilvy.

Suelo empezar cada post citando a los autores que conozco. Celebro, como las primeras páginas de algunos libros, sus ocurrencias más vívidas, los sentimientos que un día decidieron disfrazar de literatura. Reseño, opino y, a fin de cuentas, trato de revivir la herencia moral y literaria de aquellos a quienes considero ejemplares; basándome en sus experiencias para intentar aclarar o sostener las mías. En este caso, son varias las que quiero subrayar y varios, a su vez, los escritores protagonistas que hicieron carrera en un mundillo para el que no existe una formación especializada.

La revolución industrial se olvidó de ellos. La división del trabajo y el aumento de la productividad atañía a herreros y a fabricantes de alfileres o de betún, no a artistas como tal. Por otro lado, novelistas como Dickens, que sufrió las duras condiciones del trabajo infantil, nunca llegarían a olvidarla. En su autobiográfico David Copperfield (1849), por ejemplo, reproduce las dificultades de una niñez truncada y proletaria, resarcida, finalmente, cuando logra convertirse en escritor. Sigue leyendo