Aplausos

Si mis cálculos no fallan, y tienen ustedes a bien darles crédito, estos días habrán vuelto a la vida, aproximadamente, trescientos mil millones de hadas. No es un dato comparable a la dolorosa cifra de muertos e infectados que estamos acarreando por culpa del perverso coronavirus, lo sé, pero a mí me ayuda a descansar un poco mejor por las noches y a tenerle bastante menos miedo a la oscuridad. Al fin y al cabo, J. M. Barrie nos enseñó que así es como sobreviven estas increíbles criaturas: «Si creéis -les gritó él-, aplaudid: no dejéis que Campanilla se muera. Muchos aplaudieron. Algunos no. Unas cuantas bestezuelas soltaron bufidos. Los aplausos se interrumpieron de repente, como si incontables madres hubieran entrado corriendo en los cuartos de sus hijos para ver qué demonios estaba pasando, pero Campanilla ya estaba salvada (…). No se le pasó por la cabeza dar las gracias a los que creían, pero le habría gustado darles su merecido a los que habían bufado». Y estos días -¡gracias a Dios!- será por aplausos.

En el maravilloso universo de ‘Peter y Wendy’ (Penguin Clásicos, 2018), las hadas suelen nacer a partir de la primera carcajada de los niños y, desde entonces, se encargan de su protección. Ahora entiendo por qué el periodista y novelista tinerfeño Juan Cruz tenía tanta prisa por ver reír a su nieto. Lo deja claro en uno de los capítulos iniciales de ‘El niño descalzo’ (Alfaguara, 2015), donde escribe: «Ver reír. Quería ver reír. ¿Cuánto falta para que ría el niño? Pero yo sabía ya, supe desde muy pronto, que no era tan fácil reír, que no era tan fácil ver reír». A pesar de ello, de las dificultades sobrevenidas que tiene la existencia, uno siempre encuentra motivos para el optimismo y consigue a alguien que, pase lo que pase, lo vaya a cuidar eternamente. Sin duda, ahora mismo, las hadas llevan mascarilla, guantes y bata. Y les ha tocado trabajar a destajo en las UCIs y en el resto de plantas abarrotadas de cualquier hospital. Por ellas aplaudimos. Es más, son ellas quienes deben de tener, en estos momentos, toda nuestra vitalidad. Sigue leyendo

Autopsia de un Cambio de carrera

“Recuerdo que cuando dejé la universidad dos mujeres solteras me preguntaron qué es lo que iba a ser, y cuando, audazmente, respondí: “Escritor” se llevaron las manos a la cabeza y una exclamó con reproche: “¡Tú, todo un licenciado en letras!” James Mathew Barrie en su obra biográfica Margaret Ogilvy.

Suelo empezar cada post citando a los autores que conozco. Celebro, como las primeras páginas de algunos libros, sus ocurrencias más vívidas, los sentimientos que un día decidieron disfrazar de literatura. Reseño, opino y, a fin de cuentas, trato de revivir la herencia moral y literaria de aquellos a quienes considero ejemplares; basándome en sus experiencias para intentar aclarar o sostener las mías. En este caso, son varias las que quiero subrayar y varios, a su vez, los escritores protagonistas que hicieron carrera en un mundillo para el que no existe una formación especializada.

La revolución industrial se olvidó de ellos. La división del trabajo y el aumento de la productividad atañía a herreros y a fabricantes de alfileres o de betún, no a artistas como tal. Por otro lado, novelistas como Dickens, que sufrió las duras condiciones del trabajo infantil, nunca llegarían a olvidarla. En su autobiográfico David Copperfield (1849), por ejemplo, reproduce las dificultades de una niñez truncada y proletaria, resarcida, finalmente, cuando logra convertirse en escritor. Sigue leyendo