Pequeña digresión sobre el fracaso

(Texto original publicado en Highway)

Un edificio en obras es desesperante. Algo de lo que salir huyendo porque no puedes leer tranquilamente ni mucho menos recurrir a las cosas que haces cuando no puedes leer, como escribir una autobiografía o componer un disco. Es el mundanal ruido, del que hay que alejarse siempre como del infierno. Son los gritos de tus vecinos mayores, que ya ni siquiera pueden ver la televisión a gusto; y son tus propios gritos rechazando que hacerse adulto sea tan sencillo como esto. Tú pensabas que hacerse adulto era estar solo, como decía Rousseau. Y si tampoco era así, esperabas que por lo menos se convirtiera en otro motivo para la tristeza, porque uno cuando es joven colecciona esos motivos y no programas de infoentretenimiento.

Con dieciséis años no había una nostalgia más grande que la de ir al cine, donde el fracaso acostumbraba a sentarse en el sitio de al lado; ese que te separaba de la chica con la que habías ido a ver una película de Matthew McConaughey. Tú sólo querías hacer manitas con ella y besarla de una vez por todas, pero nunca ocurría nada. Al fin y al cabo qué te iba a suceder a ti, que por aquel entonces ni siquiera aspirabas al éxito. Sigue leyendo

Vamos por pasos

Siempre quise diferenciar los términos problema y problemática, aunque he de reconocer que hay informaciones que incentivan de una manera especial este propósito. Recuerdo particularmente una de eldiario.es, el 21 de junio del año pasado: Podemos y Syriza acuerdan coordinar acciones en el Parlamento Europeo”. Como titular no sorprendió a nadie, como noticia tampoco; pues todos conocemos las afinidades mediterráneas de ambos partidos, coaligados en contra de la troika y sus medidas de austeridad. Sin embargo, lo que despertó mi interés en aquella publicación fueron las sucesivas comparaciones que surgieron entre Grecia y España. Entendiéndolas equivocadas y ahorrándome matices, llegué a la conclusión de que, si bien es verdad que habían ciertos puntos comunes (como bien era la desafección ciudadana, la mala gestión pública, o la deuda); la situación interna de cada Estado era totalmente distinta en cuanto a magnitud, causas y consecuencias. Concluí, por tanto, que la problemática era común, pero que los problemas particulares, sin embargo, eran diferentes.

Hay que recordar que todo esto pasó en 2014, cuando Tsipras no era más que un candidato. Ahora, en 2015, se enfrenta como Primer Ministro a una legislatura complicada, pues ha sido elegido para corregir los errores griegos. Y son errores de una gran trascendencia. Por eso, y tal y como ha dicho recientemente el prestigioso abogado Antonio Garrigues Walker, comparar España con Grecia es “ofensivo”, y considerar que aquí pueda ocurrir lo mismo que en dicho país “no es serio”. Sigue leyendo