El cine que salvó a Sartre

(Texto original publicado en Esquire)

A todos nos corresponde un lugar en el mundo. Un sitio al que acudir cuando nos hayan prohibido el resto, donde las luces se apaguen y no nos lleve demasiado tiempo reencontrarnos. Da igual el que sea, en realidad, siempre que cumpla con los requisitos más profundos del ser humano y consiga hacernos felices; pero es inevitable que, de entre todas las posibilidades, solo podamos quedarnos con una.

Decía el poeta Rainer María Rilke que la verdadera patria del hombre está en la infancia. Es en ella donde aparecen las primeras pasiones, los primeros intereses, las tempranas aficiones que nos encaminarán hacia el futuro. Es en la infancia, a su vez, donde amanece la vocación y el talento de algunos, como fue el caso del propio Rilke, que siempre creyó que su destino sería escribir una gran obra; o el caso del pintor Rafael, que desde pequeño se sintió tan atraído por los colores que la primera vez que vio al Papa en persona no le hizo el más mínimo caso, pues no podía apartar la vista de sus llamativos ropajes. Como estas, otras historias le sucedieron a otros niños ordinarios que, tras el desempeño de sus no menos ordinarias obligaciones, acabarían convirtiéndose en Bach, en Rousseau o en Molière; y sus experiencias, compiladas bajo el título de L’Enfance des hommes illustres, serían las encargadas de acompañar al jovencísimo Jean-Paul Sartre a través de su juventud. Sigue leyendo

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Pequeña digresión sobre el fracaso

(Texto original publicado en Highway)

Un edificio en obras es desesperante. Algo de lo que salir huyendo porque no puedes leer tranquilamente ni mucho menos recurrir a las cosas que haces cuando no puedes leer, como escribir una autobiografía o componer un disco. Es el mundanal ruido, del que hay que alejarse siempre como del infierno. Son los gritos de tus vecinos mayores, que ya ni siquiera pueden ver la televisión a gusto; y son tus propios gritos rechazando que hacerse adulto sea tan sencillo como esto. Tú pensabas que hacerse adulto era estar solo, como decía Rousseau. Y si tampoco era así, esperabas que por lo menos se convirtiera en otro motivo para la tristeza, porque uno cuando es joven colecciona esos motivos y no programas de infoentretenimiento.

Con dieciséis años no había una nostalgia más grande que la de ir al cine, donde el fracaso acostumbraba a sentarse en el sitio de al lado; ese que te separaba de la chica con la que habías ido a ver una película de Matthew McConaughey. Tú sólo querías hacer manitas con ella y besarla de una vez por todas, pero nunca ocurría nada. Al fin y al cabo qué te iba a suceder a ti, que por aquel entonces ni siquiera aspirabas al éxito. Sigue leyendo