Domingueros

Esta semana, por cuestiones que escapan a mi entendimiento y al continuo marco espacio-temporal en que vivimos, el universo decidió confabularse con Santiago Abascal y sus muchachos y hacer que el domingo, después de tantos años, por fin cayese en sábado. Es, de hecho, uno de los pocos detalles electoralistas que han merecido la pena a lo largo de estos días de cuarentena y confinamiento: ver cómo, con el movimiento limitado y los horarios reducidos, podíamos disfrutar de los planes dominicales un día antes de lo previsto; teniendo, así, la jornada siguiente, enterita, reservada para descansar, y no con el calendario marcado, lleno de compromisos. Fue este sábado, por tanto, de los de comer paella de marisco -no hay plato con un colorido más español, por cierto; ni más dominguero-, de los de ir a misa matutina, desayunar churros con chocolate, ver un telefilme barato a las cuatro de la tarde y salir luego a pasear o a dar una pequeña vuelta con el coche.

Ir recuperando los domingos, a pesar de que en domingos -precisamente- es en lo que se han ido convirtiendo el resto de los días de la semana, sería como ir empezando a recuperar lentamente la normalidad. Paso a paso; o semáforo a semáforo, como dirían los líderes de Vox respecto a las manifestaciones automovilísticas del sábado. En ellas, miles de coches colapsaron las carreteras y autovías, con las ventanillas bajadas para asomar de vez en cuando una bandera de España o el dedo corazón, marcando el ritmo del atasco con el claxon o con sus radiocasetes, como hacían los antiguos esclavos romanos con un tambor en las galeras. Porque, para Vox, todos somos esclavos: del sistema, del Gobierno, de la cuarentena; y ahora, incluso, de nuestro propio coche y de sus respectivos sistemas de ventilación, como el dominguero que se marcha al pueblo durante el fin de semana, en verano, y baja los cristales para saludar a su paso a todos los vecinos de la localidad. Sigue leyendo

Bryce Echenique, pico, pala

Dicen por ahí, los abanderados de la psicología popular, que al inicio de todo noviazgo lo fácil aburre, lo difícil atrae y lo imposible enamora. Seguramente, porque ellos nunca fueron el alma de la fiesta y necesitaban justificar sus decepciones de algún modo; pero, quién sabe: a lo mejor los aburridos siempre hemos sido nosotros. Y ellos, simplemente, se limitaban a decir la verdad.

El lado bueno de los refranes es ese: que son «ambivalentes». Se trata de construcciones tan perfectamente acabadas que «a una sentencia le corresponde su opuesta» y «en eso consiste la sabiduría popular, en no equivocarse nunca», tal y como escribía David Trueba en Tierra de campos (Anagrama, 2017). Allí, su ejemplo era sencillo: pues «lo mismo a quien madruga Dios le ayuda que no por mucho madrugar amanece más temprano». Pero, claro: si hablamos de amor, la cosa se complica. Sigue leyendo