Hemingway, amigo

(Texto original publicado en Highway)

Ya nos pedía perdón Bradley Cooper en su nombre en El lado bueno de las cosas después de tirar un ejemplar de Adiós a las armas por la ventana; que por qué no podía Ernest Hemingway ser un poco más positivo y darle un final feliz a la historia, decía, pero la verdad es que cuesta imaginarse al duro de Hemingway siendo esencialmente positivo, sobrio e insignificante en alguno de sus relatos. Francis Scott Fitzgerald, del que llegó a ser amigo, decía que nunca había creído demasiado en la felicidad. Tampoco en la tristeza. Y aunque sus personajes, marcados por un claro componente autobiográfico, estuvieran destinados a la soledad, también bebían de aquel ateísmo que acabó conformando el dogma de la Generación Perdida. No creer en la felicidad no era otra cosa que posicionarse frente a ella.

Según un prólogo de El gran Gatsby, la principal diferencia entre los personajes de ambos escritores era que «a los de Hemingway les suele ocurrir lo que a él le hubiera gustado que le pasara, y a los de Scott Fitzgerald, por el contrario, lo que a su creador no le hubiera gustado que sucediera». Sin embargo, los protagonistas de Fiesta -la primera novela de Hemingway- podrían suponer una excepción. Sigue leyendo