Besos

Pocas cosas quedan ya -de las de verdad, al menos- que no se haya llevado consigo, aún, el maldito coronavirus. El papel higiénico, la tranquilidad, nuestras cinco o seis piezas de fruta del Mercadona diarias: todo ha sucumbido. Sin embargo, hay otras cosas que, creyéndolas incorruptibles, se colocan ante nosotros y nos dicen: «No sé por qué os sorprendéis tanto, si ya estábamos extintas». Así ocurre con las aspirinas, por ejemplo, que antes tomábamos para cualquier enfermedad y que ahora han sido sustituidas, sin sentimentalismos, por el paracetamol y el ibuprofeno. O con los besos, que en periodos de cuarentena y reclusión domiciliaria están prohibidos, pero que, en realidad, hacía ya tiempo que habían empezado a perder su emoción. Lo dejó escrito Miguel Delibes en ‘Cinco horas con Mario’ (Destino, 1981), refiriéndose a los besos que recibía Carmen Sotillo -la viuda de Mario Díez- en el velorio de su difunto marido: «las dos mujeres cruzaban las cabezas, primero del lado izquierdo, luego, del lado derecho, y besaban, al aire, al vacío, tal vez a algún cabello suelto, de manera que ambas sintieran el efluvio de los besos pero no su calor». Porque así llevamos veinte años por lo menos: sintiendo el efluvio de los besos, pero no su calor.

Para esto, como para todo, hay que tener siempre en cuenta el caso de los niños, que, cuando empiezan a saludarse con dos besos entre sí, al principio les da vergüenza y les entra la timidez. Creen que es cosa de adultos; y, como todos los niños, creen que es algo que hacen sin razón. Luego, cuando crecen, se ven forzados a imitarlos, en una especie de rito adolescente para ser aceptados por la pubertad, pero siguen siendo vergonzosos. Al fin y al cabo, ni siquiera los adultos están cómodos con ello; pero vete tú a decirle a los más jóvenes que dejen de intentar cualquier tipo de contacto personal, aunque éste sea un simple formalismo. Porque, muchas veces, los besos los damos sin pensar, automáticamente; y pierden, así, todo su esplendor. Sigue leyendo

Crónica de un adiós antes de tiempo, y en diferido: Kobe Bryant (1978-2020)

Cuando era pequeño, ver la NBA en directo, en mi casa, era una excepción. Por el contrario, la norma -todos los fines de semana- era madrugar, enfundarse la primera camiseta que cayera del armario, coger una pelota de minibasket y encender la tele del salón sin que mis padres lo notasen. Allí, sentado en el sofá, mientras ellos descansaban del trabajo y del resto de sus obligaciones cotidianas, uno podía ponerse al día de lo que pasaba en las canchas de Estados Unidos y, si tenía suerte, ver la reposición de algún partido importante gracias a la emisión en diferido del programa Generación NBA+, con David Carnicero, Nikola Loncar y Antoni Daimiel. Era un pacto tácito: ellos dormían y yo, mientras tanto, soñaba. Y lo hacía a lo grande: viendo a los Boston Celtics de Paul Pierce, a los Orlando Magic de Dwight Howard, a los Indiana Pacers de Jermaine O’Neal, a LeBron James y, por supuesto, a Kobe Bryant.

Mis primeros recuerdos acerca del baloncesto profesional son -por tanto- así: en diferido. Con doce o trece años ya me había acostumbrado: veía campeonatos que se habían decidido mientras yo estaba en la cama, canastas sobre la bocina que no acabaron en victoria; incluso participé en un concurso para llevarme una equipación del All-Star Game escribiendo un SMS desde el móvil de mi madre -a escondidas- cuyo plazo había terminado la noche anterior. Pero todo lo vivía deslumbrado, como si fuera la primera vez que sucedía. Es decir, con doce o trece años, ¿quién me iba a contar a mí que los finales también llegan? Sigue leyendo

Infiltrados

La mirada de un niño funciona como un par de lentes bifocales. Por un lado, todo es demasiado grande a su alrededor, demasiado nuevo, demasiado grave. Y por el otro, los problemas nunca son tan importantes -ni los miedos tan aterradores- como para terminar haciéndose notar. Viven en perfecta armonía, a medio camino entre la exageración constante y la realidad, pero con ese don del que sólo disfrutamos cuando somos pequeños: la inocencia; que nos permite -sin ir más lejos- acercarnos por primera vez a la vida con el paso decidido, sin complejos y dejándonos llevar. Después, crecemos; y al crecer, pensamos: menos mal que los niños, a pesar de todo, siguen siendo inocentes.

Entiéndanme, no es envidia lo que sentimos los adultos. Es, simplemente, una toma de conciencia; una evidencia más de que, por mucho que lo intentemos, no somos capaces de solucionar nuestros propios contratiempos. Tratamos de ocultarlos -eso sí-, de olvidarlos, de buscar algún remedio original en internet, incluso de multiplicarlos; pero nunca logramos resolverlos del todo. Y mucho menos como entonces: cuando éramos unos críos y teníamos la esperanza de que cualquier cosa -por grave que fuera- se podía remediar, aunque fuese con un poco de imaginación. Sigue leyendo