Carlos Tuñón, director teatral: “Al generar experiencias, el espectador aprende algo vital que no podría aprender a distancia”

Se abre el telón. No hay nadie en las butacas; salvo el rey de Dinamarca, que observa la escena distraído, como si él no fuera ya el protagonista de la historia. De hecho, no lo es desde hace tiempo; pero sigue apareciéndose de vez en cuando en los escenarios, para ver qué tal están las cosas. Desgraciadamente, ahora mismo, todo va fatal. Su hermano Claudio, además de asesinarle, le ha robado el trono; su hijo Hamlet vive engañado, al margen de la tragedia, entre la culpa y la rabia. Y, para colmo, el resto de personajes ha dejado de existir, dando paso al público, que interpreta –por grupos- a los más importantes: Ofelia, Horacio, la reina Gertrudis y al propio Claudio; con la ayuda inestimable de los actores de la compañía ‘Los números imaginarios’ y bajo la dirección de Carlos Tuñón (Sevilla, 1985). Esta es, además, la primera experiencia inmersiva de mi vida; y, como tal, mi primera vez como actor. Se cierra el telón y pasamos a otra cosa. Encendemos la grabadora. Dejamos de pensar en el rey de Dinamarca y comienzan las preguntas. Sobre cómo es dirigir una obra como ésta: ‘Hamlet entre todos’, sobre teatro inmersivo, sobre la vida. En esencia, sobre el director de escena Carlos Tuñón, al que llevo debiéndole la publicación de esta entrevista, aproximadamente, un año y medio. Sigue leyendo

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Sobre los malos despertares

(Texto original publicado en Neupic)

No hay despertares buenos o malos: todos son peores. Aunque sean voluntarios a las siete de la tarde de un sábado sin resaca, que es cuando Roberto Bolaño amanecía en su casa de Girona para emprender sus largos paseos rimbaudianos. Despertar es como tener jet lag y el jet lag no es otra cosa que «una máscara de la desaparición», «una sensación de estar y no estar», como diría el autor chileno. Y es que nunca hubo nada heroico en viajar de Barcelona a Buenos Aires, como tampoco lo hubo en levantarse de la cama a destiempo. O peor aún: temprano. Aún así, existen madrugadores que se empeñan en quitarse años de encima e insomnes que sudan su esfuerzo por atraparlos. La división del sueño y su acumulación originaria no ha traído más que problemas y desigualdades.

El promedio en un hombre adulto es dormir alrededor de ocho horas al día. Con sus rituales, sus pastillas, sus diez minutos de conciliación. Sin embargo, el mismo hombre, que es ceremonioso y puritano al acostarse, rompe con todo cuando a la mañana siguiente abre los ojos y no intenta cerrarlos desesperadamente. Desconocemos que el desvelo también tiene sus fases y sus tiempos; y si no son tres (al menos) las veces que uno ha intentado levantarse antes de lograrlo, no habrá merecido la pena el descanso. Sigue leyendo