Firmar libros, hacerte mayor

Da igual lo que digan los manuales de Biología o los catedráticos en Psicología Evolutiva de la Universidad: el ciclo vital es una farsa. Sí, como lo oyen: porque llegar a los ochenta años y haberte limitado –exclusivamente- a nacer, crecer, reproducirte y morir es lo mismo que no haber vivido nada. Se trata de algo demasiado sencillo. Cosa de niños, más bien. Y ahí está el problema principal.

Hasta hace relativamente poco, diferenciar la infancia de la madurez era sencillo. Bastaba con algunas experiencias y un par de cifras: la altura, los años y la posición económica. Pero, claro, los chavales de hoy en día miden más que sus padres, aparentan más edad de la que tienen y cobran lo mismo que sus hermanos; es decir, nada. Así que ahora lo único que queda para marcar cierta distancia intergeneracional son los detalles; y, de entre todos ellos, el que mejor puede adaptarse a las circunstancias es la firma personal.

Desde luego, una rúbrica consolidada puede ayudarnos a crecer correctamente. Ya lo escribió Laura Ferrero en su primera novela, Qué vas a hacer con el resto de tu vida (Alfaguara, 2017): «Mi madre nunca tuvo firma. Contaba que siempre esperó a ser mayor para inventarse una bonita, original, pero que nunca encontró el momento. Así, terminó firmando los documentos y las cartas únicamente con su nombre acompañado de una, dos o incluso tres rayas, dependiendo del día». Y, así, se quedó con un carácter infantil, frágil y huidizo: «Su nombre, subrayado. Tres líneas rectas y paralelas debajo de Adriana. Como si tuviera que apuntarlo para que no se cayera». Sigue leyendo

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Prólogos, dedicatorias y un primer libro en el mercado: #SoyPeriodista (CEU Ediciones, 2019)

Tal y como afirma Pedro Sánchez en el prólogo de Manual de resistencia (Península, 2019), entre los mandatarios europeos «no resulta frecuente (…) publicar sus memorias al acceder al cargo de primer ministro». Por su parte, lo normal es esperar un par de años, hasta haber perdido casi todos los apoyos y tener, así, algo que contarle al público; pero no se crean ustedes que esto sólo ocurre allí.

Normalmente, para que un profesional logre publicar unas memorias, o cualquier otra obra de carácter retrospectivo (e introspectivo), es indispensable haber estado durante una buena temporada en la primera línea de fuego. Ya me entienden: si eres cocinero, haber estado al cargo de un restaurante de renombre; si eres cantante, haber llenado el Bernabéu; si eres periodista, haber llegado a director. «Y, sin embargo, estas memorias concluyen justo cuando fui elegido presidente del Gobierno», nos dice Sánchez; admitiendo su descaro y generando expectación. Y, claro, si Pedro Sánchez pudo hacerlo, ¿a nosotros quién nos lo iba a impedir? Me explico:

Resulta que hace unas semanas salió de imprenta un libro maravilloso. Se llama #SoyPeriodista (CEU Ediciones, 2019) y está escrito a cuatro manos por dos profesores de la Universidad CEU San Pablo de Madrid (Mario Alcudia y Esther Cervera), una ex alumna (Elena Ramos) y un servidor (que todavía sigue estudiando). En él se recogen 16 encuentros con diversos periodistas de la talla de Luis del Olmo, Iñaki Gabilondo, Carlos Alsina o Jorge Bustos; y, a pesar de las diferencias con el contenido –a todas luces recomendable-, también podría aplicársele -en algún sentido- el prólogo de Manual de resistencia. A fin de cuentas, ¿qué clase de persona, sin ser el presidente del Gobierno, tendría la desfachatez de publicar un libro con el título de #SoyPeriodista sin haber, siquiera, terminado la carrera? A priori, a un descerebrado; pero, antes de responder, deberíamos preguntarnos: ¿Qué significa, realmente, ser periodista? Sigue leyendo

Flirteratura o cómo leer más te puede ayudar a ligar mejor

En palabras de Raymond Carver, Chéjov prefería, «como era habitual en él, el flirteo al matrimonio». Era un hombre «lento de acción en materia amorosa», tal y como lo describe en su relato Tres rosas amarillas, pero a su vez un alma frágil y encarecidamente humana. Con su esposa, Olga Knipper, antes de casarse mantuvo una relación de tres años en la que no faltaron las separaciones, los inevitables malentendidos y -sobre todo- las cartas. Tampoco faltaron los cuentos, pues fue en ese intervalo cuando Chéjov publicaría uno de sus relatos más conocidos: La dama del perrito.

Todos los cuentos de Chéjov pretenden aproximarse a la vida real evitando los lugares comunes de la literatura. De este modo, La dama del perrito no corresponde a la típica historia de amor que comienza con un encuentro apasionado, sino más bien lo hace a través de una conversación frívola y azarosa sobre un perrito blanco de Pomerania. «No muerde» dice ella. «¿Le puedo dar un hueso?» contesta él; cuando en realidad lo único que les interesaba a ambos era medirse mutuamente, sopesar su grado de compatibilidad. ¿A quién no le ha pasado esto alguna vez: preguntar por una cosa para saber la verdad sobre algo totalmente diferente y usar las letras como pretexto? Sigue leyendo

Los fantasmas de Bioy Casares

«Qué sabios seríamos si sólo conociéramos bien cinco o seis libros» afirmaba Flaubert. Algo que suscribiría cien años después Nabokov en su Curso de literatura europea, y algo en lo que yo mismo podría creer si no creyese ya en demasiadas cosas. Porque por encima del escritor no están sus personajes, como diría Borges enalteciendo a su preeminente Bernard Shaw. Sin embargo, por encima del lector sí están sus lecturas; y qué sabias son las novelas y los cuentos, que sólo cinco o seis ya bastan para conocerse bien a uno mismo.

Bioy Casares, que en su tierna juventud fue conocido por el plagio de algunas obras de Gyp (seudónimo de la escritora francesa Sibylle Gabrielle Riquetti de Mirabeau) con las que pretendía impresionar a una prima suya de la que estaba enamorado, siempre dijo que de todas sus novelas la que mejor le definía era Dormir al sol, mientras el público prefería La invención de Morel o El sueño de los héroes. De todos estos libros, que corresponden al género fantástico o de peripecias y que por lo tanto «no se proponen como una transcripción de la realidad», solo se pueden extraer lecciones a medias, pero suelen ser tan bellas que hasta el dolor queda excluido a un segundo plano. Sigue leyendo