Flirteratura o cómo leer más te puede ayudar a ligar mejor

En palabras de Raymond Carver, Chéjov prefería, «como era habitual en él, el flirteo al matrimonio». Era un hombre «lento de acción en materia amorosa», tal y como lo describe en su relato Tres rosas amarillas, pero a su vez un alma frágil y encarecidamente humana. Con su esposa, Olga Knipper, antes de casarse mantuvo una relación de tres años en la que no faltaron las separaciones, los inevitables malentendidos y -sobre todo- las cartas. Tampoco faltaron los cuentos, pues fue en ese intervalo cuando Chéjov publicaría uno de sus relatos más conocidos: La dama del perrito.

Todos los cuentos de Chéjov pretenden aproximarse a la vida real evitando los lugares comunes de la literatura. De este modo, La dama del perrito no corresponde a la típica historia de amor que comienza con un encuentro apasionado, sino más bien lo hace a través de una conversación frívola y azarosa sobre un perrito blanco de Pomerania. «No muerde» dice ella. «¿Le puedo dar un hueso?» contesta él; cuando en realidad lo único que les interesaba a ambos era medirse mutuamente, sopesar su grado de compatibilidad. ¿A quién no le ha pasado esto alguna vez: preguntar por una cosa para saber la verdad sobre algo totalmente diferente y usar las letras como pretexto? Sigue leyendo

Los fantasmas de Bioy Casares

«Qué sabios seríamos si sólo conociéramos bien cinco o seis libros» afirmaba Flaubert. Algo que suscribiría cien años después Nabokov en su Curso de literatura europea, y algo en lo que yo mismo podría creer si no creyese ya en demasiadas cosas. Porque por encima del escritor no están sus personajes, como diría Borges enalteciendo a su preeminente Bernard Shaw. Sin embargo, por encima del lector sí están sus lecturas; y qué sabias son las novelas y los cuentos, que sólo cinco o seis ya bastan para conocerse bien a uno mismo.

Bioy Casares, que en su tierna juventud fue conocido por el plagio de algunas obras de Gyp (seudónimo de la escritora francesa Sibylle Gabrielle Riquetti de Mirabeau) con las que pretendía impresionar a una prima suya de la que estaba enamorado, siempre dijo que de todas sus novelas la que mejor le definía era Dormir al sol, mientras el público prefería La invención de Morel o El sueño de los héroes. De todos estos libros, que corresponden al género fantástico o de peripecias y que por lo tanto «no se proponen como una transcripción de la realidad», solo se pueden extraer lecciones a medias, pero suelen ser tan bellas que hasta el dolor queda excluido a un segundo plano. Sigue leyendo

Autoentrevista

Contaba Dolly Onetti que su marido, el escritor Juan Carlos Onetti, evadía las entrevistas todo lo que podía, pero que si se entusiasmaba podía llegar a ponerse muy personal en ellas. Había veces -decía- que no sabía quién entrevistaba a quién, pues cuando en medio de un encuentro ella volvía de la cocina con un café o un vaso de vino, a veces se encontraba al periodista mostrándole a su marido las fotos de sus hijos y contándole su propia historia. Es lo que hace la confianza. Sin embargo, las entrevistas no son todas iguales y hay ocasiones en las que entrevistador y entrevistado se conocen de antemano. Hay un libro titulado Autoentrevistas de escritores mexicanos que explora las posibilidades de este género llevadas al límite, en el que «desde la intimidad de quien habla consigo mismo» se persigue la verdad de sus autores. Pues, «¿puede un personaje jugar consigo mismo, mentirse, decirse cosas contradictorias?» Solo hay una manera de averiguarlo: Sigue leyendo

Agujetas

En cierta ocasión le preguntaron a Joaquín Sabina si alguna vez en su vida había ido al gimnasio. «¡Yo soy un caballero! ¿Por quién me tomas?» respondió el cantautor ofendido, fingiendo obstinación; no fuera a ser que le comparasen con Haruki Murakami y su afición por los maratones. Él es un caballero y un canalla a partes iguales; Murakami, por otro lado, es tan trivial como sus novelas. En De qué hablo cuando hablo de correr, por ejemplo, el autor japonés nos enseña que cuando te enfrentas a una carrera de 42 kilómetros «el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional». Sin embargo, en el resto de su obra -y en el resto de contextos- justifica lo contrario: que el sufrimiento valdrá la pena, especialmente si se sufre por amor.

Personalmente, jamás he podido terminar un libro suyo, pero lo que sí he conseguido varias veces ha sido terminar un día de gimnasio. Un primer día de gimnasio, para ser exactos. La constancia -que Larra nos recordaba como el «recurso de los feos»– nunca ha sido mi fuerte, y por eso repito las cosas siempre que no me hayan quedado claras. Creo que todo el mundo hace lo mismo, a la gente le gusta volver a probar aquello que le ha gustado sin saber muy bien por qué: un libro, una película, un deporte… pero a la curiosidad también se le cruzan los obstáculos. Sigue leyendo

Hemingway, amigo

(Texto original publicado en Highway)

Ya nos pedía perdón Bradley Cooper en su nombre en El lado bueno de las cosas después de tirar un ejemplar de Adiós a las armas por la ventana; que por qué no podía Ernest Hemingway ser un poco más positivo y darle un final feliz a la historia, decía, pero la verdad es que cuesta imaginarse al duro de Hemingway siendo esencialmente positivo, sobrio e insignificante en alguno de sus relatos. Francis Scott Fitzgerald, del que llegó a ser amigo, decía que nunca había creído demasiado en la felicidad. Tampoco en la tristeza. Y aunque sus personajes, marcados por un claro componente autobiográfico, estuvieran destinados a la soledad, también bebían de aquel ateísmo que acabó conformando el dogma de la Generación Perdida. No creer en la felicidad no era otra cosa que posicionarse frente a ella.

Según un prólogo de El gran Gatsby, la principal diferencia entre los personajes de ambos escritores era que «a los de Hemingway les suele ocurrir lo que a él le hubiera gustado que le pasara, y a los de Scott Fitzgerald, por el contrario, lo que a su creador no le hubiera gustado que sucediera». Sin embargo, los protagonistas de Fiesta -la primera novela de Hemingway- podrían suponer una excepción. Sigue leyendo

Charlas entre un viejo pub inglés y un periódico estudiantil (un artículo sobre J.R.R. Tolkien y J.M. Barrie)

“Indescriptible, pero nunca lo olvidaré mientras viva” escribió J. R. R. Tolkien en su diario tras ver representado Peter Pan en el teatro de Birmingham (abril, 1910) cuando tenía 18 años.

Hay amistades que nacen a la sombra de una Universidad. Si bien no fue el caso de Barrie Tolkien entre sí, pues distan (aunque no demasiado) en generación y nacionalidad, sí que lo fue entre ellos y otros grupos de escritores:

En 1887, Robert Louis Stevenson fundó el periódico The Student para la Universidad de Edimburgo. Ahora es el noticiero de estudiantes más longevo de Reino Unido, pero por aquel entonces era el lugar de trabajo de tres amigos escoceses. Un estudiante de Ingeniería Náutica que acabó licenciándose en Derecho, un aspirante a médico, y un joven proyecto de literato fueron los miembros más destacados de una redacción que ha pasado a la Historia de la Literatura. R. L. Stevenson, Arthur Conan Doyle, James Mathew Barrie, respectivamente, se conocieron en aquel periódico estudiantil, donde entablaron una relación que, de una manera u otra, determinó sus devenires artísticos. Sigue leyendo

No quiero llamarlo Carpe Diem

Y cada vez que el narrador intentaba, seca ya la fuente de su inspiración, dejar la narración para el día siguiente, y decía: “El resto para la próxima vez”, las tres, al tiempo, decían: “¡Ya es la próxima vez!” Lewis Carroll, A través de la tarde dorada (fragmento de Alicia en el país de las maravillas)

Porque, tal y como escribió Jonathan Nolan en su relato Memento mori«¿Quién quiere ser uno de esos pobres diablos que viven en la seguridad del futuro? (…) Lo único que importa es el momento. Este preciso momento que se repite un millón de veces». Como el tópico literario, la puntualidad -inscrita en un conjunto de circunstancias mayores- es fundamental; si no, podríamos encontrarnos en la tesitura de no vivir a tiempo, de haber llegado tarde a muchas cosas. Por ejemplo a aquel fin de semana de 1939 en el que Onetti, desesperado y sin tabaco, escribió su primera novela, El pozo; a la Tabaquería de Pessoa, a la Derrota de Rafael Cadenas… Tres obras que encumbran los sueños incumplidos y la vida en torno a ellos. Dos poemas y una historia que valen la pena de sus protagonistas, así como sus enseñanzas y desengaños.

En Derrota, la voz poética, que sufre por más de cuarenta y cinco motivos diferentes, acusa que llega tarde a todo; como el Conejo Blanco de Lewis Carroll, pendiente siempre de su reloj de bolsillo… Pero, «¿no es mejor nunca que tarde?» Como sugería Neruda en su Libro de las preguntas. Sigue leyendo