Rafael Alberti siempre estuvo ahí

(Texto original publicado en Esquire)

Cuando llegas a una edad determinada, escapar de los problemas se vuelve insoportable. Da igual lo pequeños que sean o la fuerza de voluntad que hayas reunido, siempre encontrarán la manera de tocarte las narices. Parece, incluso, que la única solución sea afrontarlos, porque sabes que son duros de roer y a ti se te está cayendo la dentadura; pero, al mismo tiempo, quieres mandarlo todo al infierno y reírte entre silbidos. En realidad, huir de los problemas es el problema más importante de nuestra época. No por la cobardía y la falta de heroísmo que supone, sino por la vergüenza y los conflictos que genera. Al fin y al cabo, las calamidades nunca llegan solas, y evitarlas del todo se está volviendo una misión imposible.

El destino no se puede cambiar. Si esquivas un contratiempo ahora, ya se encargará otro de chocar contigo en el futuro. Por ejemplo, si has decidido dejar de beber alcohol para llevar una vida sana, ya se encargarán tus amigos de hacerte lidiar con borrachos durante toda la noche. No hay bien que por mal no venga, podríamos decir. Y, si no, deberíamos preguntarle a Rafael Alberti. Sigue leyendo

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El cine que salvó a Sartre

(Texto original publicado en Esquire)

A todos nos corresponde un lugar en el mundo. Un sitio al que acudir cuando nos hayan prohibido el resto, donde las luces se apaguen y no nos lleve demasiado tiempo reencontrarnos. Da igual el que sea, en realidad, siempre que cumpla con los requisitos más profundos del ser humano y consiga hacernos felices; pero es inevitable que, de entre todas las posibilidades, solo podamos quedarnos con una.

Decía el poeta Rainer María Rilke que la verdadera patria del hombre está en la infancia. Es en ella donde aparecen las primeras pasiones, los primeros intereses, las tempranas aficiones que nos encaminarán hacia el futuro. Es en la infancia, a su vez, donde amanece la vocación y el talento de algunos, como fue el caso del propio Rilke, que siempre creyó que su destino sería escribir una gran obra; o el caso del pintor Rafael, que desde pequeño se sintió tan atraído por los colores que la primera vez que vio al Papa en persona no le hizo el más mínimo caso, pues no podía apartar la vista de sus llamativos ropajes. Como estas, otras historias le sucedieron a otros niños ordinarios que, tras el desempeño de sus no menos ordinarias obligaciones, acabarían convirtiéndose en Bach, en Rousseau o en Molière; y sus experiencias, compiladas bajo el título de L’Enfance des hommes illustres, serían las encargadas de acompañar al jovencísimo Jean-Paul Sartre a través de su juventud. Sigue leyendo

Interrogatorios, o cuando Dashiell Hammett y Carlos Barral acabaron en el banquillo

(Texto original publicado en Esquire)

Pocas cosas sientan peor que una mala pregunta. Esas que se formulan con malicia y doble sentido, que no hacen otra cosa que perjudicar y confundir al que escucha. Esas que tienen la intención de fastidiar, para que nos entendamos, y que surgen en el momento menos oportuno, como cuando te has dado de bruces contra el suelo y a alguien se le ocurre cuestionar si te has hecho daño. A nadie le gustan, en realidad; y, si existen, es por el placer que supone dar una buena respuesta.

Da igual quién seas, la cantidad de series policíacas que hayas podido ver, lo confiado que te creas: siempre va a haber alguien que te saque de tus casillas con una pregunta comprometida, como cuando tu jefe te pide los informes atrasados o tu novia deja caer que pronto será vuestro aniversario. Todos somos vulnerables, hasta Dahiell Hammett, padre de la novela negra norteamericana y antiguo detective privado, que sobre el tema tenía que saber un poquito. Su caso, desde luego, fue curioso. Sigue leyendo

Flirteratura o cómo leer más te puede ayudar a ligar mejor

En palabras de Raymond Carver, Chéjov prefería, «como era habitual en él, el flirteo al matrimonio». Era un hombre «lento de acción en materia amorosa», tal y como lo describe en su relato Tres rosas amarillas, pero a su vez un alma frágil y encarecidamente humana. Con su esposa, Olga Knipper, antes de casarse mantuvo una relación de tres años en la que no faltaron las separaciones, los inevitables malentendidos y -sobre todo- las cartas. Tampoco faltaron los cuentos, pues fue en ese intervalo cuando Chéjov publicaría uno de sus relatos más conocidos: La dama del perrito.

Todos los cuentos de Chéjov pretenden aproximarse a la vida real evitando los lugares comunes de la literatura. De este modo, La dama del perrito no corresponde a la típica historia de amor que comienza con un encuentro apasionado, sino más bien lo hace a través de una conversación frívola y azarosa sobre un perrito blanco de Pomerania. «No muerde» dice ella. «¿Le puedo dar un hueso?» contesta él; cuando en realidad lo único que les interesaba a ambos era medirse mutuamente, sopesar su grado de compatibilidad. ¿A quién no le ha pasado esto alguna vez: preguntar por una cosa para saber la verdad sobre algo totalmente diferente y usar las letras como pretexto? Sigue leyendo

Los fantasmas de Bioy Casares

«Qué sabios seríamos si sólo conociéramos bien cinco o seis libros» afirmaba Flaubert. Algo que suscribiría cien años después Nabokov en su Curso de literatura europea, y algo en lo que yo mismo podría creer si no creyese ya en demasiadas cosas. Porque por encima del escritor no están sus personajes, como diría Borges enalteciendo a su preeminente Bernard Shaw. Sin embargo, por encima del lector sí están sus lecturas; y qué sabias son las novelas y los cuentos, que sólo cinco o seis ya bastan para conocerse bien a uno mismo.

Bioy Casares, que en su tierna juventud fue conocido por el plagio de algunas obras de Gyp (seudónimo de la escritora francesa Sibylle Gabrielle Riquetti de Mirabeau) con las que pretendía impresionar a una prima suya de la que estaba enamorado, siempre dijo que de todas sus novelas la que mejor le definía era Dormir al sol, mientras el público prefería La invención de Morel o El sueño de los héroes. De todos estos libros, que corresponden al género fantástico o de peripecias y que por lo tanto «no se proponen como una transcripción de la realidad», solo se pueden extraer lecciones a medias, pero suelen ser tan bellas que hasta el dolor queda excluido a un segundo plano. Sigue leyendo

Autoentrevista

Contaba Dolly Onetti que su marido, el escritor Juan Carlos Onetti, evadía las entrevistas todo lo que podía, pero que si se entusiasmaba podía llegar a ponerse muy personal en ellas. Había veces -decía- que no sabía quién entrevistaba a quién, pues cuando en medio de un encuentro ella volvía de la cocina con un café o un vaso de vino, a veces se encontraba al periodista mostrándole a su marido las fotos de sus hijos y contándole su propia historia. Es lo que hace la confianza. Sin embargo, las entrevistas no son todas iguales y hay ocasiones en las que entrevistador y entrevistado se conocen de antemano. Hay un libro titulado Autoentrevistas de escritores mexicanos que explora las posibilidades de este género llevadas al límite, en el que «desde la intimidad de quien habla consigo mismo» se persigue la verdad de sus autores. Pues, «¿puede un personaje jugar consigo mismo, mentirse, decirse cosas contradictorias?» Solo hay una manera de averiguarlo: Sigue leyendo

Agujetas

En cierta ocasión le preguntaron a Joaquín Sabina si alguna vez en su vida había ido al gimnasio. «¡Yo soy un caballero! ¿Por quién me tomas?» respondió el cantautor ofendido, fingiendo obstinación; no fuera a ser que le comparasen con Haruki Murakami y su afición por los maratones. Él es un caballero y un canalla a partes iguales; Murakami, por otro lado, es tan trivial como sus novelas. En De qué hablo cuando hablo de correr, por ejemplo, el autor japonés nos enseña que cuando te enfrentas a una carrera de 42 kilómetros «el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional». Sin embargo, en el resto de su obra -y en el resto de contextos- justifica lo contrario: que el sufrimiento valdrá la pena, especialmente si se sufre por amor.

Personalmente, jamás he podido terminar un libro suyo, pero lo que sí he conseguido varias veces ha sido terminar un día de gimnasio. Un primer día de gimnasio, para ser exactos. La constancia -que Larra nos recordaba como el «recurso de los feos»– nunca ha sido mi fuerte, y por eso repito las cosas siempre que no me hayan quedado claras. Creo que todo el mundo hace lo mismo, a la gente le gusta volver a probar aquello que le ha gustado sin saber muy bien por qué: un libro, una película, un deporte… pero a la curiosidad también se le cruzan los obstáculos. Sigue leyendo