Andrea Abreu: «Intento experimentar con los límites del lenguaje, hacerlo extraño, incómodo, generar un efecto en quien me lee»

Autora de una de las mejores novelas -y de las mayores alegrías- del 2020, Andrea Abreu (Icod de los Vinos, 1995) nos atiende por teléfono desde su casa, convaleciente, con una voz amable, un poco fatigada y, en el fondo, alegre. Acaba de tener un accidente de tráfico del que poco a poco se está recuperando y, a pesar de que todas las partes implicadas en el desarrollo de esta entrevista se encuentran en Tenerife, es mejor no ir a incordiarla y dejarla reposar. Ella está en Icod, como Isora, una de las dos niñas protagonistas de la trama de Panza de burro (Editorial Barrett, 2020); yo, en Santa Cruz, como el primo segundo informático que aparecía en la novela. Sin embargo, ocurre un cambio de planes y parece que se inviertan los papeles: yo comienzo a hablar como si fuera Isora, es decir, curioso, emocionado, impaciente; y ella, como si fuese el primo que tenía todos los juegos de la guenboi descargados en el carrete: dando respuestas envidiables, finas, concretas, resplandecientes. ¡Shit! Si es que tenía toda la razón Carlos Pardo el otro día, cuando escribió en Babelia que en el debut literario de Andrea no se escribe como se habla; pero, de verdad, hablar con ella es igual de emocionante que disfrutar de lo que escribe. (Entrevista completa en Revista Popper)

Natalia Ginzburg: entre un espejo dorado y las pequeñas virtudes, como la nostalgia

Contaba Natalia Ginzburg (Palermo, 1916 – Roma, 1991), allá por la década de los cincuenta, que en la época en que escribía sus cuentos breves, «con la afición a los personajes bien captados y a los detalles minuciosos, en aquella época vi pasar una vez por la calle un carro que llevaba un espejo, un gran espejo con marco dorado». Según ella, «se reflejaba en él el cielo verde del atardecer, y yo me paré a mirarlo mientras pasaba, con una gran felicidad y la sensación de que ocurría algo importante (…). El espejo sobre el carro me pareció que me ofrecía nuevas posibilidades, quizá la facultad de mirar una realidad más gloriosa y brillante, una realidad más feliz, que no exigía minuciosas descripciones y hallazgos astutos, sino que podía realizarse en una imagen resplandeciente». Así es como lo narra en ‘Mi oficio’, al menos, uno de los once relatos autobiográficos que la escritora italiana recoge y nos regala en Las pequeñas virtudes (Acantilado, 2002). Y, más allá de resultar anecdótico, el hecho tiene una importancia capital; no en vano, a partir de ese momento Natalia Ginzburg dejaría de lado su «obstinada y chismosa búsqueda de pulgas», que es como ella misma llamaba a su obsesión por los detalles, a su propia fijación por lo insignificante, y se centraría en escribir como si, en vez de usar una estilográfica, manejase un espejo de mano: algo capaz de reflejar los rostros ajenos y de hacerlos converger, un elemento con el que todos terminamos sintiéndonos plasmados; capaz, más que ningún otro, de convertir algo tan sombrío como «las relaciones humanas» en imágenes resplandecientes que iluminen nuestro deambular. Porque es así como escribe Natalia Ginzburg, «descubriendo que es bonito que un personaje sea miserable y cómico, a fuerza de comicidad y de conmiseración», y esa es, sin duda, la mejor manera de lograrlo: enfrentándolo con su reflejo, siendo consciente de que, si el lector es capaz de sentirse identificado, habrás logrado tu misión; un poco como Valle-Inclán pontificando aquello de que sólo «los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida (…) sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada». Bueno, deformada sí; pero mínimamente compuesta, que es lo que termina dándole a las cosas un poco de color. Ahora bien, cuando se rompen los espejos, saltan las esquirlas y los cristales pueden acabar hundiéndose en la piel.

Sigue leyendo

Vecinos

Vivir en una comunidad de propietarios, aunque sea mediante el pago riguroso de una cuota de alquiler, no difiere demasiado de lo que sería hacerlo, en algunas circunstancias, entre las claustrofóbicas paredes de un ascensor desvencijado, sobre todo si atendemos a la convivencia. Así, las relaciones vecinales responden, como un elevador, a la física de los engranajes y de las poleas, y a veces pueden ir hacia arriba; otras, hacia abajo; y, en una irremediable y angustiosa proporción, obligarnos a quedarnos atrapados, escuchando en bucle las canciones típicas de un trayecto en montacargas y forzándonos a mantener activos los niveles mínimos de interacción.

En ‘Pequeña flor’ (Literatura Random House, 2015), la quinta novela del escritor y guionista argentino Iosi Havilio, sucede que su protagonista, tras sufrir un pequeño percance que le obliga a quedarse trabajando en casa durante un tiempo indefinido, encuentra consuelo y distracción en las visitas periódicas que le empieza a realizar a su vecino, que acaba de mudarse a la urbanización. Como en la vida, los comienzos son prometedores: hay invitaciones a un aperitivo, a café, a whisky, a escuchar una colección de obras maestras del jazz… Pero, cuando todo eso se vuelve repetitivo e insoportable, no tardan en llegar los problemas. Y tampoco sus consecuentes -y desesperadas- soluciones. En este caso, Guillermo -que así es como se llamaba el nuevo propietario- «me hizo escuchar una infinidad de temas, las horas corrieron a un ritmo acelerado. En su momento, sonaba una trompeta melosa y acompasada, Guillermo se puso a bailotear en el centro del living. Me sorprendió su desenfado. Qué tarde se hizo, dije como un autómata pero algo dentro mío ya andaba mal (…). Fue entonces que me agaché, empuñé la pala por el mango extrayéndola limpia de entre las bolsas y en una maniobra continua, atrás, arriba y abajo, la hundí con firmeza en la nuca de Guillermo». Después de una situación así, a todos nos hubiera entrado el pánico y hubiésemos salido huyendo; pero, por suerte, el protagonista de la historia «tenía un poder, un poder absurdo y maravilloso», y logró convertir sus preocupaciones en oportunidad. A fin de cuentas, a los pocos días del asesinato descubrió que su vecino seguía con vida y que, por tanto, tenía entre sus manos el poder de la resurrección, y supo enfocarlo en lo que muchos -estos días- no hubiesen ni dudado: en desahogar con el vecino sus propias frustraciones, como la incapacidad de teletrabajar correctamente o el odio a una canción determinada que suena a todas horas por el patio interior. ¿Cómo? Matándolo una vez a la semana, y viéndolo resucitar, tranquilamente y sin prejuicios, después del horror. Sigue leyendo

Infiltrados

La mirada de un niño funciona como un par de lentes bifocales. Por un lado, todo es demasiado grande a su alrededor, demasiado nuevo, demasiado grave. Y por el otro, los problemas nunca son tan importantes -ni los miedos tan aterradores- como para terminar haciéndose notar. Viven en perfecta armonía, a medio camino entre la exageración constante y la realidad, pero con ese don del que sólo disfrutamos cuando somos pequeños: la inocencia; que nos permite -sin ir más lejos- acercarnos por primera vez a la vida con el paso decidido, sin complejos y dejándonos llevar. Después, crecemos; y al crecer, pensamos: menos mal que los niños, a pesar de todo, siguen siendo inocentes.

Entiéndanme, no es envidia lo que sentimos los adultos. Es, simplemente, una toma de conciencia; una evidencia más de que, por mucho que lo intentemos, no somos capaces de solucionar nuestros propios contratiempos. Tratamos de ocultarlos -eso sí-, de olvidarlos, de buscar algún remedio original en internet, incluso de multiplicarlos; pero nunca logramos resolverlos del todo. Y mucho menos como entonces: cuando éramos unos críos y teníamos la esperanza de que cualquier cosa -por grave que fuera- se podía remediar, aunque fuese con un poco de imaginación. Sigue leyendo

Parecidos razonables

No hay dos parecidos iguales. En ningún lugar. Ni siquiera entre los miembros de una misma familia o entre los pasillos destartalados de un supermercado cualquiera, que es donde uno esperaría encontrarse -de forma repentina- con la versión barata de sí mismo. A veces, ni siquiera hay parecidos. Y suele coincidir con que las tiendas han cerrado y las peluquerías se han ido de vacaciones. Entonces, la cadena de montaje se detiene y hay que esperar a que aparezca una nueva moda en los escaparates, o un nuevo corte de pelo, para que el mundo vuelva a girar.

Ya lo decía el periodista Enric González: cuando uno quiere sentirse como en casa, lo que le hace falta es “un armario lleno de camisas, un cajón desbordante de pañuelos y una barbería disponible”. A menudo, solemos subestimar el papel de estos locales, pero forman parte –indiscutiblemente- de nuestra pequeña historia personal. Sigue leyendo

James Salter y el camino hacia la soledad

En esta vida hay que tener cuidado con la soledad. Pero, sobre todo, hay que tener cuidado con las ganas de estar solo. Podrían volverse en nuestra contra de repente: en cualquier momento, en cualquier lugar, y obligarnos a cambiar el rumbo. Sucede como con las autopistas de peaje: creemos que estamos dispuestos a pagar el precio; pero no. Nadie lo está. A nadie le interesa. Y, al final, tomar atajos siempre sale caro.

Contaba James Salter en sus memorias que, durante uno de los inviernos de su juventud, con trece o catorce años, había conocido a la hija de un oficial de marines con la que se divertía compartiendo trineo y descendiendo a toda velocidad por las calles nevadas y empinadas de Washington. Además del entretenimiento, le gustaba rodearle la cintura con los brazos y, mientras bajaban por las colinas y se chocaban contra los terraplenes, subir las manos como si nada y tocar lo que -para entonces- le estaba prohibido. Como a ella tampoco parecía importarle, Salter le preguntó a su primo si creía que tenía posibilidades de seducirla; y, ante la rotunda afirmación, comenzó a urdir un plan que le permitiría vivir una de sus primeras experiencias amorosas. Su estrategia era sencilla: quedar a solas en la casa de sus tíos con la hija del oficial e intentar conquistarla; pero, como habíamos dicho al principio, forzar la intimidad suele jugar malas pasadas, y las cosas no siempre terminan como uno las había imaginado. En su caso, «pese a los planes que hicimos, no funcionó. Tomamos chocolate en la cocina, pero cuando se enteró de que no había nadie más en la casa, con repentina cautela, huyó». Dejándole con cara de tonto, y enseñándole que triunfar en el amor es mucho más complicado de lo que parece. Sigue leyendo

La raíz de la actualidad: Síndrome de Peter Pan (AUDIO)

(Texto original publicado en OnCEULab)

¿Quién no conoce a Peter Pan? ¿A quién no le hubiera gustado perderse en el País de Nunca Jamás cuando era pequeño? Esta nueva entrega de “La raíz de la actualidad” pretende devolver las ganas de soñar e ilusionarse, como cuando teníamos 10 años, y ensalzar la infancia como una de las mejores etapas de nuestra vida; eso sí, recomendando tener cuidado con quedarse atrapado en ella de por vida. Para ello, entrevistamos a la escritora Silvia Herreros de Tejada, autora del ensayo “Todos crecen menos Peter” y de la novela “La mano izquierda de Peter Pan”, y conversamos con la psicóloga Xoana García, experta en metodología educativa y terapéutica infantil. Además, tenemos textos de J. M. Barrie Gloria Fuertes, los cuales nos ayudarán a despejar la siguiente duda: ¿Es malo seguir siendo un niño para siempre? Sigue leyendo

La raíz de la actualidad: Día Mundial sin Alcohol (AUDIO)

(Texto original publicado en OnCEULab)

En el mundo del arte, el alcohol y la literatura siempre han estado ligados. Autores de la talla de Charles BaudelaireFrancis Scott FitzgeraldCharles Bukowski o Ernest Hemingway demostraron a lo largo de su vida (y de su obra) que la escritura y la bebida funcionaban mejor si las entendíamos como actividades complementarias. Del mismo modo, nosotros, como sociedad, solemos dedicar poco tiempo a reflexionar acerca de los perjuicios del consumo prolongado de alcohol, y disfrutamos inconscientemente de los placeres y sensaciones que nos deja.

Aprovechando que el pasado 15 de noviembre se celebraba el Día Mundial Sin Alcohol, hemos decidido ahondar en esta relación tan compleja y encontrar los verdaderos motivos por los que la gente se lanza a beber. Para ello, en este primer podcast de “La raíz de la actualidad“, hemos contactado con el periodista y escritor Carlos Mayoral, que en 2016 escribió su primera novela al respecto, Etílico; y con el profesor F. David Rodríguez García, especialista en neurobioquímica del alcoholismo y autor del libro “Alcohol y cerebro”. Con ellos, además de con las experiencias concretas de alguno de los escritores que antes mencionábamos, pretendemos acercarnos a una conducta aprobada socialmente y reprobada por los expertos; pero, sobre todo, responder a la siguiente cuestión: ¿Beber alcohol tiene algún beneficio?

Sigue leyendo

Rafael Alberti siempre estuvo ahí

(Texto original publicado en Esquire)

Cuando llegas a una edad determinada, escapar de los problemas se vuelve insoportable. Da igual lo pequeños que sean o la fuerza de voluntad que hayas reunido, siempre encontrarán la manera de tocarte las narices. Parece, incluso, que la única solución sea afrontarlos, porque sabes que son duros de roer y a ti se te está cayendo la dentadura; pero, al mismo tiempo, quieres mandarlo todo al infierno y reírte entre silbidos. En realidad, huir de los problemas es el problema más importante de nuestra época. No por la cobardía y la falta de heroísmo que supone, sino por la vergüenza y los conflictos que genera. Al fin y al cabo, las calamidades nunca llegan solas, y evitarlas del todo se está volviendo inabarcable.

El destino no se puede cambiar. Si esquivas un contratiempo ahora, ya se encargará otro de chocar contigo en el futuro. Por ejemplo, si has decidido dejar de beber alcohol para llevar una vida sana, ya se encargarán tus amigos de hacerte lidiar con borrachos durante el resto de la noche. No hay bien que por mal no venga, podríamos decir. Y, si no, deberíamos preguntarle a Rafael Alberti. Sigue leyendo

El cine que salvó a Sartre

(Texto original publicado en Esquire)

A todos nos corresponde un lugar en el mundo. Un sitio al que acudir cuando nos hayan prohibido el resto, donde las luces se apaguen y no nos lleve demasiado tiempo reencontrarnos. Da igual el que sea, en realidad, siempre que cumpla con los requisitos más profundos del ser humano y consiga hacernos felices; pero es inevitable que, de entre todas las posibilidades, solo podamos quedarnos con una.

Decía el poeta Rainer María Rilke que la verdadera patria del hombre está en la infancia. Es en ella donde aparecen las primeras pasiones, los primeros intereses, las tempranas aficiones que nos encaminarán hacia el futuro. Es en la infancia, a su vez, donde amanece la vocación y el talento de algunos, como fue el caso del propio Rilke, que siempre creyó que su destino sería escribir una gran obra; o el caso del pintor Rafael, que desde pequeño se sintió tan atraído por los colores que la primera vez que vio al Papa en persona no le hizo el más mínimo caso, pues no podía apartar la vista de sus llamativos ropajes. Como estas, otras historias le sucedieron a otros niños ordinarios que, tras el desempeño de sus no menos ordinarias obligaciones, acabarían convirtiéndose en Bach, en Rousseau o en Molière; y sus experiencias, compiladas bajo el título de L’Enfance des hommes illustres, serían las encargadas de acompañar al jovencísimo Jean-Paul Sartre a través de su juventud. Sigue leyendo