Limpiar las calles de Madrid

Dicen por ahí que la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, y su flamante vicepresidente liberal, Ignacio Aguado, quieren ponerse a limpiar las calles de la capital y alejar, así, al dichoso coronavirus del centro; y yo creo que lo dicen, además, en el sentido más camorrista del término. Limpiar, en el fondo, también puede encontrar sinónimos en los conceptos hurtar, robar e, incluso -y sobre todo en Argentina y Uruguay-, asesinar; pero yo no estoy hablando de eso, claro. Al fin y al cabo, lo que pretende hacer Ayuso es, precisamente, prevenir con su clasismo segregador de siempre los hurtos, robos y asesinatos que, afortunadamente, no se cometen en Madrid, pero que ella debe de pensar que realizan los habitantes de Fuenlabrada, Usera, Alcobendas o Carabanchel en sus ratos libres; y quiere hacerlo, encima, poniendo al virus de testigo, de excusa, de antifaz. Porque la limpieza de las calles a la que el gobierno autonómico aspira es ciertamente desproporcionada, y ya se sabe: siempre se termina echando lejía donde uno cree que huele mal, pero hay veces en que es uno mismo quien arrastra el mal olor por todas partes y atufa a los demás.

Que nadie se engañe: lo que quiere Isabel Díaz Ayuso y su Gobierno no es controlar los brotes sureños, sino que éstos brotes se queden en los barrios más pobres y en los municipios del sur y que no salgan de allí, porque, si no, ¿a quién más podría culpar? Inmigrantes, trabajadores esenciales, obreros; en definitiva, la mano de obra de la capital. ¡Se ha olvidado hasta de las mujeres de la limpieza que viven en Puente de Vallecas pero que trabajan en el barrio Salamanca! Y eso que, en teoría, el desaguisado inicial tenía que ver, como decíamos al principio, con limpiar. Pero, como en casi todo, a Isabel Díaz Ayuso le bailan las ideas.

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Fin de fiesta: crónica de una noche larga antes de salir a pasear

Se lo preguntaron a Leiva en una ocasión: «¿Te fuerzas a vivir cosas sólo para poder contarlas?», y él dijo que no, que ya no hacía eso. «Igual en unos años de mi vida anteriores me adelantaba a la experiencia para tener una canción (…). Pero llega un punto en el que no tengo tantas expectativas», sentenció. Quizá, vivir determinadas situaciones para luego poder contarlas como propias sea una cuestión generacional, algo del pasado, de la juventud, como cuando cantaba con Pereza aquello de: «Bebiendo y bailando, / bailando y bailando, va pasando el tiempo. / No hay nada como las noches de verano. / No hay nada como las ganas que te tengo», donde terminaban dejando claro cuáles eran, y quiénes, sus rincones favoritos de Madrid. Por ahora, esos rincones se han limitado a los espacios más cercanos, a los que se encuentran a menos de un kilómetro de distancia del propio domicilio; pero, poco a poco, volveremos a ir conquistando los demás. Así lo he ido haciendo yo, por ejemplo. Ah, y juro que todo lo que cuento en estas líneas ha ocurrido de verdad, aunque sean cosas que, inevitablemente, me haya forzado a vivir. Sigue leyendo