Sobre los malos despertares

(Texto original publicado en Neupic)

No hay despertares buenos o malos: todos son peores. Aunque sean voluntarios a las siete de la tarde de un sábado sin resaca, que es cuando Roberto Bolaño amanecía en su casa de Girona para emprender sus largos paseos rimbaudianos. Despertar es como tener jet lag y el jet lag no es otra cosa que «una máscara de la desaparición», «una sensación de estar y no estar», como diría el autor chileno. Y es que nunca hubo nada heroico en viajar de Barcelona a Buenos Aires, como tampoco lo hubo en levantarse de la cama a destiempo. O peor aún: temprano. Aún así, existen madrugadores que se empeñan en quitarse años de encima e insomnes que sudan su esfuerzo por atraparlos. La división del sueño y su acumulación originaria no ha traído más que problemas y desigualdades.

El promedio en un hombre adulto es dormir alrededor de ocho horas al día. Con sus rituales, sus pastillas, sus diez minutos de conciliación. Sin embargo, el mismo hombre, que es ceremonioso y puritano al acostarse, rompe con todo cuando a la mañana siguiente abre los ojos y no intenta cerrarlos desesperadamente. Desconocemos que el desvelo también tiene sus fases y sus tiempos; y si no son tres (al menos) las veces que uno ha intentado levantarse antes de lograrlo, no habrá merecido la pena el descanso. Sigue leyendo

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Autoentrevista

Contaba Dolly Onetti que su marido, el escritor Juan Carlos Onetti, evadía las entrevistas todo lo que podía, pero que si se entusiasmaba podía llegar a ponerse muy personal en ellas. Había veces -decía- que no sabía quién entrevistaba a quién, pues cuando en medio de un encuentro ella volvía de la cocina con un café o un vaso de vino, a veces se encontraba al periodista mostrándole a su marido las fotos de sus hijos y contándole su propia historia. Es lo que hace la confianza. Sin embargo, las entrevistas no son todas iguales y hay ocasiones en las que entrevistador y entrevistado se conocen de antemano. Hay un libro titulado Autoentrevistas de escritores mexicanos que explora las posibilidades de este género llevadas al límite, en el que «desde la intimidad de quien habla consigo mismo» se persigue la verdad de sus autores. Pues, «¿puede un personaje jugar consigo mismo, mentirse, decirse cosas contradictorias?» Solo hay una manera de averiguarlo: Sigue leyendo

No quiero llamarlo Carpe Diem

Y cada vez que el narrador intentaba, seca ya la fuente de su inspiración, dejar la narración para el día siguiente, y decía: “El resto para la próxima vez”, las tres, al tiempo, decían: “¡Ya es la próxima vez!” Lewis Carroll, A través de la tarde dorada (fragmento de Alicia en el país de las maravillas)

Porque, tal y como escribió Jonathan Nolan en su relato Memento mori«¿Quién quiere ser uno de esos pobres diablos que viven en la seguridad del futuro? (…) Lo único que importa es el momento. Este preciso momento que se repite un millón de veces». Como el tópico literario, la puntualidad -inscrita en un conjunto de circunstancias mayores- es fundamental; si no, podríamos encontrarnos en la tesitura de no vivir a tiempo, de haber llegado tarde a muchas cosas. Por ejemplo a aquel fin de semana de 1939 en el que Onetti, desesperado y sin tabaco, escribió su primera novela, El pozo; a la Tabaquería de Pessoa, a la Derrota de Rafael Cadenas… Tres obras que encumbran los sueños incumplidos y la vida en torno a ellos. Dos poemas y una historia que valen la pena de sus protagonistas, así como sus enseñanzas y desengaños.

En Derrota, la voz poética, que sufre por más de cuarenta y cinco motivos diferentes, acusa que llega tarde a todo; como el Conejo Blanco de Lewis Carroll, pendiente siempre de su reloj de bolsillo… Pero, «¿no es mejor nunca que tarde?» Como sugería Neruda en su Libro de las preguntas. Sigue leyendo