Tener una opinión, aunque sea para un rato

En política, al igual que ocurre en los primeros años de carrera -o tras el séptimo cubata de Brugal-, la memoria tiende a ser escurridiza. Todo el mundo lo sabe: profesores, alumnos, bedeles; incluso los protagonistas del debate electoral, que sólo vienen al examen y aprovechan la ocasión para justificar sus faltas de asistencia con trabajos, cartulinas y adoquines. Todo el mundo lo sabe, repito; y es por eso –estoy seguro- por lo que Bolonia dividió los cursos en semestres y juntó el periodo de evaluación, para que los pobres estudiantes de primero pudieran disfrutar las novatadas, suspender tranquilamente y presentarse a las recuperaciones un par de semanas después, sin correr el riesgo de olvidar todo el temario por culpa de un sistema de convocatorias anuales. Pues bien, en cierto sentido, los votantes somos como esos alumnos recién matriculados e inexpertos. Y, como electores, el único aspecto positivo de acudir a las urnas cada semestre, por culpa de la incapacidad de formar gobierno, es el mismo: recordar mejor lo que nos habían enseñado -y prometido- los candidatos; y, si tal, ponerles un cinco raspado porque no han cambiado demasiado su proyecto. O, directamente, dejarlos catear.

Durante las últimas semanas, en los medios de comunicación han proliferado columnas y artículos relacionados con lo bueno, bonito y barato que resulta –casi siempre- cambiar de opinión, sobre todo en política y en otros asuntos de interés público; pero, hasta ayer, en el debate electoral de Radio Televisión Española (RTVE), no habíamos sido testigos de la situación. Por ejemplo, Albert Rivera, que seis meses antes había negado su apoyo a un gobierno presidido por Pedro Sánchez, dejó claro en su primera intervención que, esta vez, sí estaría dispuesto a pactar con el líder socialista. Un cambio de ruta que no pasó desapercibido en pantalla y que generó algún que otro reproche, especialmente por parte de los candidatos de la derecha, que se lo tomaron como una ofensa personal. «En el amor se traiciona; en política se cambia de idea», tendría que haber dicho Rivera entonces, tal y como argumentaba uno de los personajes de Paolo Sorrentino en ‘Silvio (y los otros)’, la película que el director italiano hizo sobre Berlusconi. Sigue leyendo

¡Por las barbas de Casado!

Cuenta Elvira Lindo en una de sus columnas para ‘Tinto de verano’ (Fulgencio Pimentel, 2016) que, en el mundillo televisivo –donde ella misma trabajó como guionista y actriz en la década de los noventa-, «operarse alguna cosilla aprovechando las vacaciones tenía su aliciente»; sobre todo porque «luego volvía el personal en septiembre y tenía grandes temas de conversación». Que si una se había quitado grasa de las cartucheras, que si otro se había retocado la nariz, que si la reportera de informativos se había agrandado los pechos… ningún cambio pasaba desapercibido en la redacción. Y pobre de aquel que no hubiese sacado tajada de alguna pequeña cirugía; porque, hasta navidades –más o menos-, se quedaba al margen de cualquier tipo de atención.

En política, que es algo que en muchas ocasiones se puede llegar a parecer a una serie de televisión con un guion deficiente y demasiadas temporadas, también ocurre lo mismo. Los líderes de los partidos aprovechan el parón estival para organizar todos los cambios que acometerán en el futuro; o, directamente, son ellos mismos los que se arriesgan a cambiar. Nosotros, los mortales, solíamos darnos cuenta de esas pequeñas metamorfosis en septiembre, cuando reaparecían públicamente y eclipsaban todo lo demás; pero ahora, que en la escena política está tan de moda adelantar –y repetir- acontecimientos, a finales de agosto ya somos plenamente conscientes de esos cambios que, a la vuelta de vacaciones, se irán terminando de instaurar. Y abarcan cualquier cosa. Sigue leyendo