Alexiévich, Holan y el silencio

En 1948, cuando el Partido Comunista alcanzó el poder en Checoslovaquia, el poeta Vladimír Holan decidió emprender su particular viaje hacia el exilio. Ningún otro destino era posible; al fin y al cabo, cuando prohíben tu obra y te condenan al olvido en tu propio país, la única opción es huir de los demás o hacerlo de ti mismo. Ante este dilema, el artista es el único que puede encontrar una solución prudente y, como tal, Holan prefirió encerrarse en su casa durante quince años a abandonar su patria para siempre. Desde allí se enfrentó al muro de la censura y escribió un total de cinco novelas -que acabaría destruyendo- y diez libros de poemas. Gracias a ellos, se convertiría en “el más importante de los poetas checos” y demostraría que «Todo, hasta el mismo silencio tiene algo que callar», como rezaba uno de sus versos.

La verdad es que hay pocas voces mejores que el silencio. Su musiquilla engancha, se queda detrás de la oreja y reaparece en los momentos más importantes, como cuando estás solo o te gustaría estarlo. Es un eco del pasado, que nos recuerda que en algún momento la vida hará mutis y no podremos evitarlo. La gente está acostumbrada a enmudecer frente al ruido, que no es sino un grito desesperado por la calma; pero ante el silencio no se suele reaccionar, aun escondiendo los secretos que esconde. Sin duda, hay que ser valiente para romperlo. Sigue leyendo

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Hago público

Dime quiénes son tus ídolos y te diré quién eres. O tus enemigos, si prefieres; aunque hay ocasiones en las que diferenciarlos resulta imposible. A mí me ocurre, por ejemplo, con Pedro J. Ramírez. Con el Pedro J. de ahora, digo; ese armador que fue arponero, ese tuitero de entreguerras que agradece suscripciones en vez de ensañarse con el debate sobre el estado de la nación; ese director que ahora gasta menos papel, menos caracteres y menos cumplidos, pero que en otra época se encargó de “Crónica de la semana” para ABC, criticó legislaturas, presidentes y corrupciones; y jamás estuvo amordazado.

El Pedro J. de ahora, repito, no me gusta. Desde que Unidad Editorial -grupo al que pertenece El Mundo- lanzara la plataforma digital Orbyt en 2010, su discurso fue cambiando: se hizo más comercial, menos combativo; ahora que prepara su proyecto en El Español no tiene tiempo sino para una carta a la semana y muchos -pero que muchos- agradecimientos en Twitter. Y este modelo, siento reincidir, a mí no me atrae. O, por lo menos, hasta hace un par de días no me atraía. Sigue leyendo

Vamos por pasos

Siempre quise diferenciar los términos problema y problemática, aunque he de reconocer que hay informaciones que incentivan de una manera especial este propósito. Recuerdo particularmente una de eldiario.es, el 21 de junio del año pasado: Podemos y Syriza acuerdan coordinar acciones en el Parlamento Europeo”. Como titular no sorprendió a nadie, como noticia tampoco; pues todos conocemos las afinidades mediterráneas de ambos partidos, coaligados en contra de la troika y sus medidas de austeridad. Sin embargo, lo que despertó mi interés en aquella publicación fueron las sucesivas comparaciones que surgieron entre Grecia y España. Entendiéndolas equivocadas y ahorrándome matices, llegué a la conclusión de que, si bien es verdad que habían ciertos puntos comunes (como bien era la desafección ciudadana, la mala gestión pública, o la deuda); la situación interna de cada Estado era totalmente distinta en cuanto a magnitud, causas y consecuencias. Concluí, por tanto, que la problemática era común, pero que los problemas particulares, sin embargo, eran diferentes.

Hay que recordar que todo esto pasó en 2014, cuando Tsipras no era más que un candidato. Ahora, en 2015, se enfrenta como Primer Ministro a una legislatura complicada, pues ha sido elegido para corregir los errores griegos. Y son errores de una gran trascendencia. Por eso, y tal y como ha dicho recientemente el prestigioso abogado Antonio Garrigues Walker, comparar España con Grecia es “ofensivo”, y considerar que aquí pueda ocurrir lo mismo que en dicho país “no es serio”. Sigue leyendo

¿Cuándo volvimos a partir el mundo a la mitad?

Hace unas semanas, el periodista Félix Población escribía para Público.es un breve artículo titulado “Felipe VI no dijo Podemos”, en el que se preguntaba si la ausencia de la primera persona de plural del verbo poder a lo largo del Mensaje de Navidad, suponía un cambio estructural a la hora de confeccionar los discursos políticos de este nuevo año electoral, marcado por la aparición de nuevas fuerzas políticas. Su capacidad de observación, simbólica y detallista, lograba aislar un hecho que ni siquiera llegó a producirse, como era pronunciar la forma verbal “podemos”, del resto del contenido expuesto por Su Majestad el Rey.

Hay otras situaciones, sin embargo, que no pueden aislarse tan fácilmente entre sí. El atentado contra el semanario satírico francés Charlie Hebdo del pasado 7 de enero, por ejemplo, contiene un sinfín de matices ideológicos, religiosos y sociales que, después de la masacre, se muestran inseparables. Sigue leyendo

Un anillo para gobernarlos a todos (conclusiones sobre Juan Carlos Monedero)

El anillo de Juan Carlos Monedero es uno de esos elementos casi mitológicos que conforman la nueva política española. Ni las pajaritas de Sosa Wagner ni el pañuelo palestino de Sánchez Gordillo ni las chaquetas de pana que a veces llevan los progresistas nos habían dado nunca tanta información sobre alguien. Un objeto que se yergue en el corazón de la izquierda (dedo y mano, respectivamente) y que manifiesta ciertas similitudes con el discurso de su dueño, cobra protagonismo en cada gesto del politólogo.

La sortija (evitemos llamarlo joya, que eso es cosa de la casta) es hueca, de procedencia desconocida y poco -o nada- brillante. No habrá pagado por ella más que la parte legítima de su precio y antes de adquirirla lo habrá consultado varias veces con su círculo de confianza; pues ya se sabe que hay decisiones que uno no debe tomar solo. Tal vez la compró en Venezuela, o se la regalaron envuelta en viejos periódicos del ’78 o en páginas obsoletas de la Constitución. Si fue así, a lo mejor ese era el regalo y el anillo solo una excusa. Sigue leyendo

Conversaciones que nunca tuve con Tallón

“Los lectores deberían limitarse a leer a sus autores favoritos, y nunca intentar conocerlos” Juan Tallón, El váter de Onetti.

En cierta ocasión tuve la oportunidad de conocer a Mario Vargas Llosa. Fue en 2008, cuando vino a Tenerife para representar su obra Las mil noches y una noche, y mi inconsciencia literaria me llevó a estrecharle la mano a un desconocido al que, en apariencia, mi madre admiraba. Fue un apretón de manos inercial, preludio de una duda tan existencial como era: ¿y este quién es, mamá? 

Probablemente su respuesta estuvo bien medida, pues ningún testigo intimida más que un escritor, pero cuando este marchó calle abajo y le pregunté -con un poco de mala fe tardía- por qué no se había sacado una foto con él, ya no supo qué contestar. Sigue leyendo

Autopsia de un Cambio de carrera

“Recuerdo que cuando dejé la universidad dos mujeres solteras me preguntaron qué es lo que iba a ser, y cuando, audazmente, respondí: “Escritor” se llevaron las manos a la cabeza y una exclamó con reproche: “¡Tú, todo un licenciado en letras!” James Mathew Barrie en su obra biográfica Margaret Ogilvy.

Suelo empezar cada post citando a los autores que conozco. Celebro, como las primeras páginas de algunos libros, sus ocurrencias más vívidas, los sentimientos que un día decidieron disfrazar de literatura. Reseño, opino y, a fin de cuentas, trato de revivir la herencia moral y literaria de aquellos a quienes considero ejemplares; basándome en sus experiencias para intentar aclarar o sostener las mías. En este caso, son varias las que quiero subrayar y varios, a su vez, los escritores protagonistas que hicieron carrera en un mundillo para el que no existe una formación especializada.

La revolución industrial se olvidó de ellos. La división del trabajo y el aumento de la productividad atañía a herreros y a fabricantes de alfileres o de betún, no a artistas como tal. Por otro lado, novelistas como Dickens, que sufrió las duras condiciones del trabajo infantil, nunca llegarían a olvidarla. En su autobiográfico David Copperfield (1849), por ejemplo, reproduce las dificultades de una niñez truncada y proletaria, resarcida, finalmente, cuando logra convertirse en escritor. Sigue leyendo